Del Fito improvisado al Fito descubierto

Abel Ernesto/AIN
Abel Ernesto/AIN

A los amigos de siempre, por soportar mis distensiones escriturales.

Una vez tuve que improvisar una crónica en vivo sobre un concierto de Fito Páez para una clase de radio. En ese entonces no había escuchado sus canciones. Solo su voz de gargareo sostenido. Yo era un espécimen que renegaba de la música. En especial de aquella que legitima como intelectual o cualquier etiqueta parecida. Me burlaba de las intenciones profundas. De los entendidos de la vida, de los extractores de frases sin ideas, de los repetidores de experiencias ajenas, y con un placer tremendo, de los sentimentales que tarareaban canciones con los ojos cerrados y la cabeza bamboleante. Demasiado gimnástico. Rituálico. Litúrgico. Ridículo. Por eso, entre otras cosas, nunca escuché a Fito. Ni a Silvio, ni a Sabina, ni a Nicola, ni a Pablo, ni a Violeta, ni a Varela, ni a los Beattles, ni a Pink Floyd, ni a Queen, ni a Dylan, ni a ABBA, ni a Marley, ni a Santana, ni a Radiohead, ni a Elton, ni a Nirvana, ni a Rosario Flores, ni a Gardel, ni al Buena Vista, ni a Cold Play, ni a Aretha Franklin, ni a Beny Moré. Ni a nadie que pudiera convertirme en una cabeza bamboleante. En esa época era muy intransigente en mis estupideces. Lo peor era que podía esgrimir innumerables razones que las justificaran. Y me divertía. Me divertía porque mortificaba a mis amigos de cabezas bamboleantes, o menos estúpidos, que idolatraban esa música. No para hacerse los intelectuales sino porque de veras, a la manera de sus edades, se identificaban con sus letras o melodías.

Pude haber dicho que mi ignorancia se debió a que no estudié en la Lenin, que en los tecnológicos no se intercambiaban esas artes, que no tuve la influencia suficiente o la angustia necesaria. O cualquier otra excusa. Pero hoy reservo mis razones para otras cosas y menos para justificar estupideces.

Por eso aquel día en la clase de radio, sobre Fito solo conocía que era argentino, medio aquijotado, flaco, peludo –no sabría si también blando por fuera-, y de los imprescindibles en los repertorios de la gente alternativa. El resto lo deduje. Calculé que si vivía en la Argentina debía ser histérico, existencialista, ególatra, o una mezcla de todo. Que si la gente alternativa, o de pretendido desaliño –el desaliño solo podía ser una pretensión-, le escuchaba, Fito tenía que ser otro desaliñado. Aunque con él consideré la posibilidad de que no lo pretendiera y en verdad lo fuera. Me agradaba el tipo. A pesar de mis escepticismos, su nombre y aspecto aquijotado me inspiraban confianza. Y por último, sí venía a Cuba, tenía que simpatizar de alguna forma con el comunismo, que vendría siendo como el desaliño en la política. Ahora no recuerdo bien si en mi improvisación lo puse a cantar en el teatro Carlos Marx por querer conjugar a dos desaliñados o por otro motivo más oculto en mi memoria. De cualquier forma, no tenía suficientes elementos. A no ser un rosario de especulaciones. Y tampoco contaba con mucho tiempo. Todo esto lo pensé sin pensarlo desde lo recóndito de mi subconsciente prejuicioso, en el camino desde mi silla hasta el mismo frente de la clase. Hacia el estrado. O el patíbulo. No tenía miedo escénico ni tuve que imaginarme a mi auditorio desnudo –ante mi grupo nunca sentí vergüenza de nada- pero empecé a creerme de verdad que yo era reportera de un programa nocturno de radio, que estaba justo en la entrada del teatro con micrófono, cables, luces y algarabía, que miles o millones de oyentes estaban pendientes de lo que contara sobre la espectacular aparición del rockero/trovador argentino. Eso sí me sacudió los nervios. Cuando empecé a hablar, ya yo no estaba en la clase.

Mi Fito improvisado arribó al teatro del proletariado conduciendo un descapotable rojo del 57. Un Cheverolet probablemente. –No sé si ese modelo existió en ese año, pero en mi historia sí-. En el cuello traía enredada una bufanda soberana con efectos ondulantes por la agradecida intervención del viento. El mar no puede verse desde aquí pero se siente su presencia en ventoleras invencibles –debí haber dicho, porque la descripción del clima es importante para que la gente se imagine lo que sus ojos no ven-. Le distinguían unas gafas similares a las que utilizan pilotos y nadadores. –Me pregunto si para ver dentro del mar o de las nubes, si para inquirir al sol o a las estrellas-. Los cabellos descoloridos y despeinados. Los rizos le bailaban en la frente. Provocaban a los dedos de sus manos a surcar su cabeza como si no fuera la suya. –No  podría precisar si es que se revuelve el pensamiento o que de pronto no sabe cómo acomodarse las manos cuando no hacen sonar las teclas de un piano-. Saluda. Sonríe. Habla en argentino. Y se apagan las luces.

Ahora yo estoy en el teatro. En el mismo del viejo con barbas desaliñado. ¿De que otra forma pudiera haber escrito su gran novela de la humanidad? Yo no estoy desaliñada. Lo mejor que pude hacer fue quedarme con la ropa de todo el día. Jamás para parecer alternativa. Pasó que no tenía idea de qué ponerme para la ocasión. Combinar las ropas casi siempre me conduce a un estado de frustración mortífero. El buen sentido de mi hermana tampoco estaba para alertarme si me sobrepasaba con los colores. Además, ese día ya me sentía bonita con lo que llevaba puesto y preferí no arriesgarme con otra cosa. Me encanta mi saya de tonos otoñales y a rayas con hilos dorados. Es toda una exclusividad. Mi amiga Paula entenderá por qué.

Allí la gente sí llegó con sus elegancias y blancas dentaduras. O al menos fue lo que me pareció. Quizás las luces desajustaran un poco la comprensión de la imagen. Lo cierto es que fue como una impresión barroca no diferenciada. En conjunto todo mundo mostraba sus linduras y felicidades. Tanto los eventualistas como los aficionados. Yo clasificaba entre los primeros por no clasificar entre los segundos. Hoy soy menos implacable con quienes tararean canciones con los ojos cerrados y la cabeza bamboleante –incluso en ocasiones soy lo que antes burlara- pero mis municiones líricas para el concierto eran limitadas. Deplorables, si fuera más estricta con la realidad. Para sobrevivir esa noche contaba exclusivamente con algunos estribillos lastimosos estropeados frankensténicos de Giros, Mariposa Tecknicolor y Yo vengo a ofrecer mi corazón. Fui más a descubrir a Fito que a consumar el amor por sus canciones. No era tampoco del tipo de eventualista que llegara por la celebridad más que por el artista. Llegué por el arte. Y porque si iba a abjurar de Fito ante mis amigos, tenía que tener razones contundentes.

Mi actitud inicial fue de no debe ser tan fantástico. Los ídolos se construyen con facilidad. A veces basta con carisma, un rostro fotogénico o una belleza fea-rara que los medios hacen el resto. La genialidad sí que no puede fingirse. No tiene manuales ni coreografías. Ninguna es igual a otra. Como único podía perdonar a Fito su fama, y exorcizarme de estupideces pretéritas, era constatando que hubiera un genio tras la bruma de idolatraciones que le asistían. Siempre he tenido cierta hipersensibilidad para notar al tonto detrás de sus ínfulas de genio. Porque el genio lo es y listo. No se esfuerza por demostrarlo, a diferencia del tonto.

El descubrimiento de Fito comenzó en un documental previo al espectáculo, aunque quizá este no sea el mejor sustantivo para nombrar lo que ocurriría después. Cuando anuncian rock uno espera desenfrenos, rebeldías, gritos. Un golpe más que una caricia. Nunca que te anestesien con casi una hora de filmación. El amor después del amor, 20 años. Un viaje a la memoria. El audiovisual no trata sobre Fito Páez y las dos décadas de poesía de su álbum. Al final se trata de ti. De mí. Yo no amaba a Fito pero sí amo a mis amigos que aman a Fito. Y por no se cuál extraña concatenación de símbolos, lo que hice en la mayor parte de las escenas fue añorar. Añorar a los que no estaban ese día conmigo y tenían que estar para yo poder mortificarles. La mitad del sentido de mi existencia. Mis amigos descuidados. Como las muñecas de la infancia que perdían los brazos. O quedaban tuertas. Con las muñecas por compulsión hacia todo lo diferente. Con los amigos por nefelibata. Las nubes. Las musarañas. La luna de valencia. El pescado en tarima. Yo se que ellos me absuelven pero mis recuerdos no. Hay lugares donde debí haber estado. Fotografías en las que faltan mis muecas. Demasiados teacuerdas que me dejan en blanco. La irreversibilidad del tiempo que siempre gasto en lo que después no recuerdo.

A mi lado había una desconocida. Simpática ella. Una aficionada con voz de corista. El asiento que yo había pagado tenía una vista horrible y me agencié otro algo más privilegiado. En la vista horrible quedó David. Y otros amigos nuevos. David está y no está. Hace meses que comencé a despedirme de él. La realidad no es tan real como parece. Para que una estrella sea estrella tiene que tener cinco puntas. Nosotros éramos más que cinco pero juntos emulábamos una estrella. Quizá nos hemos crecido en la distancia sin dejar de serlo.

Fito me hace hablar sobre lo que no quiero hablar.

En el documental aparece con un pulóver azul oscuro que tiene alguno de los próceres latinoamericanos. Creo. Tampoco desde al lado de la corista simpática veo bien. No dice nada trascendental. Fito, no la corista. Son palabras de cualquier día, no preparadas para la cámara. Mejor. Me gustan los documentales que son como cualquier día. Que no se confunda con banalidad. Es peligroso.

“El amor es querer comprender al otro, no juzgarlo”. Dice Fito y me acuerdo de Claudia. Esa es la ecuación para amar a Claudia. Jorge a esta altura seguro ya lo sabe.

De la película no capté mucho. Cuando algo no me evocaba, me ponía a examinar las palabras y movimientos del personaje. Siempre he tenido la duda de si en los guiones con que actúan los argentinos aparecen todas esas interrupciones –o conexiones- lingüísticas con las que hablan. Son más bien sonidos. En las canciones sí que no salen. Las de Fito -las canciones- no las escucho, las escribo en la cabeza porque así puedo descubrirlo mejor. Las melodías pueden ser una trampa.

«Giros… existe un cielo y un estado de coma
cambia el entorno de persona en persona
giros… dar media vuelta y ver que pasa allá afuera
no todo el mundo tiene primaveras.
Flaco dónde estás
estoy imaginándome otro lugar
estoy juntando información
estoy queriendo ser otro, otro tipo
mi necesidad se va modificando con las demás
así mi luna llega a vos
así yo llego a tu luna.
»

Los dedos le arremolinan el pelo. ¿Será que así le salen las ideas? No se queda quieto un minuto. Sus ojos giran por el mundo. Supongo que por eso todo da vueltas como una gran pelota. Pero sí se nota. En la pantalla sí se nota.

Yo lo hubiese filmado con stop motion.

La gente en el teatro tiene ganas de que rueden los créditos. No vinieron a mirar cómo otro público se la pasa fenómeno en un concierto de Fito. Quieren ser el público del concierto de Fito y no espectadores de un audiovisual. A mí no me molesta el preludio porque funciona a mi misión, pero ya necesito pasar a otro nivel. Subo y bajo varias veces desde la tercera o cuarta fila de mi butaca agenciada hasta la oncena de la legal, y viceversa. La aficionada desconocida me reserva el lugar cuando me ausento. Trato de persuadir a David y a Nana para que bajen hasta donde estoy. Leo insiste en quedarse en su fila. Fito vivido sola lo olvidaría luego.

Si David y Nana no hubieran bajado, hubiera terminado subiendo.

En el escenario hay un hombre vestido de gris sentado a un piano que a ratos logra alejar sus manos de su cabeza. Tiene un cuello largo. No, un pescuezo. No, un resorte. Un resorte que le sostiene la cabeza y la hace bambolear frenéticamente cuando se le cuelan las notas por los oídos. Espasmódico. Epiléptico. Maravilloso. Más que un rockero es un músico. ¡Ah!, su entrada escénica fue fluvial. Sin descapotable rojo ni bufanda ondulante. Sí con gafas de nadador o piloto. De piloto, definitivamente. Que de día navega entre las nubes y de noche naufraga en una estrella. Hoy lo improvisaría arribando encima de una avioneta estruendosa y no contaminante.

A ratos me parece un arlequín. De esos de madera con la sonrisa exagerada. No es de los abstraídos en su arte que guardan distancia. Fito se involucra. No tiene público sino cómplices. Sus canciones son también las canciones de cada una de las personas que allí están. Forman parte de sus historias. Incluso a veces las cuentan. Y cuando la gente cuenta sus letras siento que cantan sus vidas.

«Los días en cualquier lugar
perdido en una inmensa ciudad
en una rueda mágica
y el ángel de la soledad
protege lava y cura este mal
él no me abandonará.
Nuestra vida es un lecho de cristal
y esta vida está echa de cristal
nuestra vida es un lecho de cristal
un lecho de cristal para los dos.
»

Mi escepticismo decrépito ha desaparecido. Aunque todavía creo cosas como que hay canciones que si se memorizan pierden su magia. Se desgastan. Dejan de asombrar. Hay canciones de Fito que no voy a memorizar jamás. Las mismas que antes me eran insufribles. Por la misma voz de gargareo sostenido que me irritaba. Que ahora se me asemeja más a una vibración de guitarra subacuática. La imagen no es muy clara. Lo sé. Las palabras pueden ser escurridizas. O traicioneras, según Fito. La culpa la tiene lo que ocurrió en el teatro ese día que aún no consigo nombrar. No fue un concierto ni un espectáculo. Nada de lo que esperábamos. ¿Una ceremonia? ¿Y qué se ceremoniaba?

Atiendo a los labios de la gente que me rodea para intentar entender. Muy pocos se pusieron en pie. Casi todos comparten con alguien lo que viven. ¿Qué les significa Fito? Un beso. Un abrazo. Te miro y dime si no percibes que te quiero. Conmigo estás a salvo. Teacuerdas. Éramos tan jóvenes. Esa canción a mí me la dedicaron. Te voy a extrañar. La vida es bella. Qué bueno tenerte. No te olvido. No hay cordeles que muevan los labios. Hay voluntades propias con motivo de Fito. ¿Una celebración? ¿Qué se celebra? Las miradas inquieren al escenario pero hay quienes se encuentran en otros lugares. Abstraídos, casi hipnotizados. La música se oye como un arrullo.

David me arruina la contemplación. Me dice al oído riendo que hay personas que no se saben bien las letras y nada más alcanzan los finales de las palabras. … vi, …garitas, …tel, …tante mal, …ubí, te vi… Me da risa, como todas las ocurrencias de David.

De alguna manera, el concierto ha dejado de ser de Fito. Es también nuestro. Y yo que no quería dejarme insuflar por mitos de generaciones anteriores. Pero hoy no creo que existan generaciones. Fito Páez también me pertenece. El presente es el mismo para todos. El futuro nos convoca a todos. El arte es lo único que vence al tiempo. Ars longa, vita brevis.

«Todo lo que diga está de más

Las luces siempre encienden en el alma

Y cuando me pierdo en la ciudad

Vos ya sabés comprender

Es solo un rato no más

Tendría que llorar o salir a matar

Te vi, te vi, te vi

Yo no buscaba a nadie y te vi

Yo no buscaba a nadie y te vi.»

Yo buscaba a Fito y terminé encontrándome a mí.

Ha comenzado a cantar con la voz al desnudo. No a capella. Quién dijo que todo está perdido. Yo vengo a ofrecer mi corazón. Es la última canción. Nadie va a atreverse a pedir otra. Hay finales inexorables. Tanta sangre que se llevó el río. Yo vengo a ofrecer mi corazón. Y no acabo de descifrar el nombre. Estoy a punto de dar el mío “al precio de mi propia desaparición”. No será tan fácil ya sé que pasa. No será tan simple como pensaba. La gente abajo se para sobre sus pies. No recuerdo a la de arriba. Fito desciende del escenario. Se acerca a sus cómplices. Como abrir el pecho y sacar el alma. Arroja su voz. Una cuchillada del amor. Exigen silencio. Algunos no se callan. Fitoteamo, grita un hombre desde algún lado. ¡Cállate!, responde un segundo desde otro lado. Puede ser que al amante o a otro que le cuesta el silencio. Luna de los pobres siempre abierta. Yo vengo a ofrecer mi corazón. Nosotros nos queremos. A nuestra manera, nos queremos. Todos intentan callar a todos los que no se quieren callar. Soplan, silban, la lengua, un celular, ¿un celular?, coristas aficionadas. Como un documento inalterable. Yo vengo a ofrecer mi corazón. Shhhhhhhhhhhhhhhhhh…El teatro quiere sentir a Fito que vino hasta La Habana a ofrecer su corazón. Tiene que tratarse entonces de un acto de amor. O un acto de fe, que es lo mismo. No es posible amar sin fe ni tener fe sin amar. Solo quien ama y tiene fe puede ofrecer su corazón. Y uniré las puntas de un mismo lazo. ¿De que otra manera podría moverse el mundo? Y me iré tranquilo me iré despacio. Pero nosotros, los que escuchamos a Fito, que venimos de todas partes y hacia todas partes vamos, ¿nosotros ofrecemos el corazón? No el músculo que se contrae con cada latido sino el canto que nos anima a la vida. Y te daré todo y me darás algo. Algo que me alivie un poco no más. Han sido demasiadas las ofrendas. Corazones que cantan por miles. ¿Suficientes? Cuándo no haya nadie cerca o lejos. Yo vengo a ofrecer mi corazón. Pero duele y a veces tienes que volver a guardarlo, convertirlo en músculo, silenciarlo. Qué kitsch hablar del corazón. Más kitsch que la palabra kitsch. Fito insiste. Cuando los satélites no alcancen. Yo vengo a ofrecer mi corazón. ¿A quién puedo ofrecer mi corazón? Y hablo de países y de esperanzas. Mi corazón solo no basta. Fito sin nosotros en el teatro no hubiera consagrado un acto de amor. Conmigo sola tampoco. Bueno, quizá en un universo paralelo. Hablo por la vida hablo por la nada. Un corazón solamente canta cuando se ofrece a otro, porque se ofrece a otro. Incluso si ese otro no es precisamente un músculo sino un canto. Hablo de cambiar esta nuestra casa. De cambiarla por cambiar no más. Pero que late, aunque algunos pretendan que no y quieran silenciar sus latidos. Late. Quién dijo que todo está perdido. Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Fue por Fito pero nunca se trató de Fito.

Supongo que ese es el tipo de cosas que inspiran los genios.

El corazón, los corazones.

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