La devoración de los paisajes de la razón mediante una ensalada de apio cometida por Eliseo Subiela

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ADVERTENCIA

La siguiente historia no es apta para quienes no hayan visto la película Paisajes devorados. Que esta no me da ganas de arruinársela a nadie.

Mi segunda historia iba a ser otra. Es otra: La libertad en seis actos y un coro griego. Aunque es probable que necesite siete para solucionar el conflicto. O para enclaustrarlo definitivamente. Según mi ánimo. El coro también podría no resultar. Las historias son impredecibles. La persona que las escribe es una mera facilitadora. Marioneta de imaginaciones. Malabarista de palabras. Una voluntad poseída por las extrañas fuerzas de la escritura. Ignorante del orden de los acontecimientos. Persecutor de finales y fugitivo de comienzos. A veces me da por creer que existe un mundo donde regimientos de cuentadores procrean las historias que luego se escriben. El escritor no sería más que un transmisor. El reflejo del reflejo de otra imagen que no es la suya. Cegado por el patetismo de creer que su reflejo pertenece a su imagen. O peor, que es la imagen misma.

Quizá por eso me inquieten tanto los espejos.

El caso es que uno nunca puede saber con certeza lo que va a pasar en una historia hasta que no termina de escribirla, sea por el curso natural de la escritura o agotamiento espiritual del escribiente. La curiosidad es uno de los motivos más poderosos para arrojarse a contar. Necesidad incontrolable de conocer lo que ocurrirá en la página siguiente. Por eso quien consiga revelar un final antes de haberlo escrito, no es más que un mercenario de historias o un dictador de personajes. No hay remedio. Ni siquiera los que presumen con lo de “basado en hechos reales” pueden descifrar un final con absoluta infalibilidad. Un final es mucho más que Edipo se arranque los ojos con sus propias manos o que Julieta se clave un puñal junto a su Romeo envenado. Sin la bendita visión del ciego, sin el secreto del sacerdote rezagado, Edipo y Julieta no hubieran sido más que dos comediantes impuestos a sus tragedias o dos trágicos impuestos a sus comedias.

Pero lo que quería explicar antes de perpetrar tan brutal descarrilamiento, era por qué escribí la tercera historia primero que la segunda.

Retorno a los raíles iniciales.

La causa fue otra historia. Una de Eliseo Subiela. Paisajes devorados. Los sentidos de la locura o los sinsentidos de la razón. Con Fernando Birri como Rémoro Barroso. La realidad caleidoscópica. Un caleidoscopio que mira dentro del ojo que mira dentro del mundo. Con Rémoro Barroso como Mario Gerding. Dos hombres y una mujer que estudian cine y quieren hacer un documental sobre un supuesto director de cine refugiado en un manicomio. No, disculpen, era un monasterio. Un sombrero con barbas de sabio, el aleteo transversal de una paloma, un traje largo con rayas celestes, el gabán pintado de noches, revelaciones a cambio de chupetines, ropas olientes en un tren a prueba de cuerdos, sabor a menta y canela. Con Mario Gerding como Fernando Birri. Lo que conocemos como objetividad no es otra cosa que la subjetivación arbitraria de quienes ejercen algún tipo de poder. La existencia domesticada. Rebelarse contra toda domesticación. Filmar con una cámara fotográfica digital. Cagarse en los 35 milímetros. De otra forma Subiela hubiera negado a Rémoro-Fernando-Mario. Practicar la libertad. Lo más difícil, lo imprescindible, que no te puede enseñar academia alguna ni erudito alguno. Atreverse a ser: afirma Subiela en la libertad en seis o siete actos y un coro o ningún coro griego. Allí también aparece. Pero del resto de sus decires tendrán que enterarse en otro momento. Ahora es el turno del sombrero con barbas de sabio.

Vengan muchachos vengan que la locura es contagiosa. Dice Rémoro.  

Y como uno tendría que estar muy demente para rechazar semejante invitación, decidí, en una demostración elefántica de lucidez, aceptar. También porque desde el concierto de Fito yo andaba con el corazón desprendido de su órbita. Como colgándome del pecho. Pendulante. Desprevenido. Oh Villena querido vas a tener que disculparme, pero te aseguro que si hubieras estado en el teatro cuando Fito ofreció su corazón, no habrías salido en defensa del miocardio inocente. Se te hubiese liberado de la celda ósea de la jaula torácica. Se te hubiese quedado desprevenido como a mí. Y si luego te llegabas al Chaplin al encuentro con Rémoro, ibas a arrojar tu miocardio acorazonado por los aires, junto con otros igual de desprevenidos. Y nunca más le llamarías músculo hueco ni víscera miserable. Tenías que haber estado Rubén. Tú y Fito. Tenían que haber estado. Sentados juntos. En los asientos siguientes al de Subiela.

¿Pero y Manolo? Me falta Manolo. Subiela, por favor, hágale un lado a Manolo. No, no importa que tenga que darle su asiento. Que Fito y Rubén se corran. Permítame contarle que Manolo es el más ilustre en todo el Chaplin. Este cine es su monasterio. No, despreocúpese, que cuando la película empieza apaga su walkman y detiene la hélice de su gorra. Ahora, que no vuele, no se lo puedo garantizar. Por suerte eso no supone un problema para usted. En lo que sí sería irreductible es en que no supiera volar. Pero en eso Manolo es formidable. Va a ver que sí Subiela, que Manolo le va a agradar. Y usted también a él, usted también a él.

A quienes sí no encuentro en la sala son a los defensores de “elbuenjuiciouniversal”. Como si tal cosa de veras existiera. Juicio, bueno, y además, universal. El triunfo de la homogenización. Abolida la diferencia. Por el bien de la unidad. Sublime. ¿Pero qué sería del mundo si todos los pinceles pintaran de verde? ¿Entre qué y qué sería la unidad? ¿Entre verde y verde? ¡Qué aburrido! La unidad verdadera es lo que ocurre entre diversos, cuando un color se armoniza con otro en pos de un fin común. ¿Qué sería de los girasoles de Vincent si su paleta solo hubiera contenido el amarillo? ¿Habría pintado girasoles si esa fuera la única, la misma, la misma flor sobre el planeta? ¿Se habría mutilado una oreja por una mujer idéntica a millones de mujeres? ¿Qué hace irremplazable a cada ser humano? ¿Por quién perdería una oreja si todos fuéramos la copia de la copia de la copia de la copia de la copia?

Para poder ser, dejen de ser lo que creen que son.

¡Exacto Mario Barroso! Dejar de ser para poder ser.

La primera cosa que deben hacer para entender el camino de la liberación es olvidarse de ser quienes el estado les dice que son.

Mejor atiendo otra vez a la pantalla. A la que se adhirió a mis memorias. Hay imágenes que el tiempo no ensombrece. Que se te clavan en la mirada como alfileres. La imagen espectral del sombrero con barbas pertenece a esa categoría. No necesita guirnaldas para atraparte. Territorio libre de trampas. La magia sin el espectáculo. Toda su grandeza proviene de su simplicidad. No hay frente a nosotros nada que no hayamos visto antes. Sin embargo, cada elemento compositivo nos resulta extraordinario. Deben ser las colocaciones. Otra persona, ante un manicomio, hubiera apelado al tormento, la bulla, la desesperación. Hubiera metido la mano en su morral de estereotipos bien lustrados y complacido las expectativas de la audience. Pero Subiela, ante un manicomio, apela a la paz, la calma, la distancia. El verdadero manicomio es el mundo que está afuera de las paredes blancas. Eso sí que está de locos. La realidad en su vorágine que no da tregua para detenernos un instante. Un instante siquiera para mirar y pensar en la locura que nos consume a todos. El tipo de locura que no permite detenerse para preguntarse hacia dónde va la gente o por qué vuelan las mariposas. Que no permite detenerse para reír o llorar. Conmoverse, conmocionarse, sorprenderse. Sentir.

Miren si la realidad va a ser esto. ¿Por qué? ¿Quién lo dice? ¿Unos cuantos médicos pelotudos? No señores, no no no…  

Subiela no encierra a sus personajes en manicomios, los salva, los libera en monasterios.

La frontera no es entre locura y cordura. Es entre sueño y realidad.

Rémoro simboliza la rebelión contra la racionalidad dominante. La subversión de la lógica. O quizás del absurdo. ¿Quién pudiera llamarse cuerdo? ¿Quién pudiera atreverse a la locura? No fingirla con rimbombancias de mal gusto. La locura se vive sin glorias. Se padece en silencio. ¿Quién pudiera soñar la realidad? ¿Quién pudiera realizar un sueño que se resiste a ser real? La frontera es también entre quienes perciben lo evidente y entre quienes imaginan lo inexistente, entre quienes se conforman con el hoy y quienes inventan el mañana, entre lo que es y lo que pude ser. Si decimos que todo es posible, también lo imposible es posible. ¿Pero quién puede, honestamente, dictaminar lo imposible?

Uno cree que de un loco no hay nada que aprender. En el mejor de los casos, los locos dan gracia. Los farsantes, bueno, esos dan lástima. Pero las personas locas, esas que han terminado por crearse su propio mundo para curarse de la realidad, esconden algo en la abstracción de su mirada que me desconcierta. Que me obliga a estar atenta de cada palabra que pronuncian. En ocasiones estoy segura de que conocen el misterio de la vida y la muerte, que por haberlo descubierto fue que les coronaron la locura, para que si intentaban contarlo, el resto de la humanidad no le creyera, y así el misterio permaneciera a salvo.

¿Nunca pensaron que en realidad la vida es una representación del cine y no al revés?

(…)

Todos vivimos dentro de películas que nos hacemos. Nos inventamos una vida y la vivimos igual que si fuera una película.

Mario Gerding sin dudas descubrió el misterio y por eso se convirtió en Rémoro Barroso. Los estudiantes de cine que le visitaban tuvieron que darse cuenta. Lo que él revelaba acerca del cine y la vida no eran ideas de alguien que no sabe lo que dice. Las palabras de Rémoro les dejaban desarmados. A mí también me dejaron desarmada. Me sentí insignificante y me alegré de mi insignificancia. La película es una lección, una epifanía, una comunión. Y para quienes pretendan ser artistas del séptimo de los artes, debería funcionar como si fuera Biblia, pero sin asumirla como sagrada porque entonces la traicionarían. En sus 75 minutos se encuentra todo lo que necesita saberse para contar historias en el lenguaje del cine.

El cine es un vía cruxi, es un cansancio infinito, y también, otras cosas más. Muchas otras cosas más. Es pesadilla, es sueño, y es una ensalada de apio.

Con Paisajes devorados Subiela filmó su testamento cinematográfico. Su testamento humano. Su propia Rayuela.

–          Hagan un cine que sirva. No importa si van millones a ver la película que ustedes han hecho. O si le gusta o no a un par de críticos esnobs. Tienen que hacer un cine que sirva.

–          Que sirva para qué.

–          Que sirva para entender la vida… O para soportar no entenderla.

Viste Ale, nunca podremos hacer una película como Paisajes devorados. Para eso tendríamos que ser Subiela. La única forma de hacer una película como esa, es no hacer bajo ninguna circunstancia una película como esa. Ser tú Alejandro, ser yo Mónica. Solo entonces, si nos atrevemos, podremos hacer una película como esa.

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