Sé feliz

A yo.

Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida.

Henrik Ibsen.

No hay tempestad más insoportable que una calma excesiva. Ni peor ruido que el silencio prolongado. Ni sabor más desagradable que el de las palabras que se rancian en la mente: puede tardar meses en desaparecer y hasta permanecer por siempre. Dicen los viejos que uno no se arrepiente de las cosas que hizo sino de las que dejó de hacer. Supongo que esa sabiduría sirva también para lo que se dice y escribe. No me imagino meciéndome en un sillón con la mirada vuelta al pasado y comenzando a recontar mi existencia con la frase y si hubiera… Prefiero el remordimiento a la incertidumbre. Lo único que no podría perdonarme sería no haber vivido. No sobrevivido. No revoloteado. No cumplido años. No apagado velas cada séptimo día de junio. No acumulado el tiempo. No fosilizado semillas. Vivido con la intensidad que merece una vida en un mundo que para girar se alimenta con millones de muertes. Mirar hacia atrás y desbordarme los ojos con la satisfacción de un campo de girasoles resplandecientes. Ser feliz será mi mayor rebelión. Una decisión irrevocable. Mi mejor tributo a quienes no les permitieron serlo. Ser silvestre no me apetece. Porque no creo que la felicidad lo sea. ¿Y de qué otra cosa podría tratarse si no?

Paula me adelantó que en una entrevista que hiciera al argentino Atilio Boron, en el encuentro este recién celebrado Por el equilibrio del mundo, él le explicó que la producción de pensamiento político en América Latina ha funcionado con la misma dramaturgia de la mítica caja de Pandora, pues al abrirse desató las negaciones de la realidad conocida, mediante las teorías acerca de la dominación –colonialismo, neoliberalismo, enajenación cultural, alienación, explotación capitalista, fetichismo, estatalización, patriarcado, exclusión social- y olvidó liberar la esperanza, la afirmación de lo desconocido posible, la epistemología utópica, que se expresaría en las teorías acerca de la liberación de la especie humana y la naturaleza.

En distintos espacios de discusión, (trans)formación y creación política con intenciones emancipatorias, hay una serie de constantes que casi siempre se repiten. La asociación inconsciente de la lucha con el sufrimiento; del compromiso con el sacrificio; de la construcción social con la crítica que no crece hacia propuesta; del ser con el no ser; del mundo mejor con el futuro, más que con el presente cotidiano; de la revolución con lo social, y no también con lo individual, íntimo, subjetivo, subconsciente; del poder con el gobierno, y no tanto con la sociedad civil. Los discursos a veces pueden escucharse estupendos. Transitar de Marx a Gramsci y de Gramsci a los zapatistas para retornar a Marx. Enarbolar terminologías enrevesadas y demostrar una gran capacidad analítica. Pero la práctica suele ser mucho más elocuente, al igual que esas frases fugaces y traicioneras que emergen en discusiones apasionadas desnudando las concepciones interiorizadas, más que las aprendidas. Hay que cumplir, hay que esforzarse, hay que comprometerse. Y cien otros “hay que”, que me parecen demasiado imperativos como para que quepan en proyectos con pretensiones liberadoras.

En dos ocasiones diferentes, a dos personas diferentes, por motivos diferentes, escribí que el compromiso no puede ser obligación. El compromiso, con la realidad de un país o un proceso específico, tiene que sentirse, como el amor. Nadie puede exigir a otro que le ame porque el amor nunca es impositivo. Surge con la naturalidad de un amanecer. Por una serie de estímulos o inspiraciones que se reciben del ser amado, pero no porque lo ordenara. Que en el corazón no manda nadie, ni siquiera uno mismo, es una verdad tan vieja como la humanidad. Puedo jurar amor eterno a alguien mil veces, que si no lo siento, mis juramentos serán como cascarones vacíos. Por eso para comprometerse con una causa, entregarle vida, tiempo y esfuerzos, tienes que enamorarte de ella. Hacer de la entrega deseo, placer, lealtad, constancia. El más comprometido no siempre es quien aparece en todas las reuniones, ni el más voluntarioso, ni el más puntual. Por lo general ese es el más obediente, disciplinado, o quizás, el más necesitado de reconocimiento. Porque no todos amamos igual. Existen tantas maneras de amar y expresar ese amor, tantas maneras de comprometerse, como subjetividades. Que no amen como yo no significa que amen menos. O que yo ame mejor. Significa que aman distinto.

Hay límites, desde luego. No recurramos a los extremos ni a las excepciones que nos alejan de la verdad. Si bien en las militancias abundan personas entusiastas, simpatizantes y curiosas, con cierta fobia a las responsabilidades, que no están enamoradas de la causa pero le cae bien –y no por eso son menos importantes-, ello no puede convertirse en un argumento para juzgar como tales a quienes no encajen en el prototipo de lo que yo estime una persona comprometida. Es necesario buscar un equilibrio. Y no uno en nuestra propia visión de mundo sino en conjunto con todas las otras visiones, que por más espinosas que nos resulten, deben contar en la construcción de cualquier mundo que se quiera inclusivo. Me cae bien, también ha sido el principio de grandes romances. Incluso, de historias de amor.

Pero existe un problema. Nadie se enamora de lo feo, aburrido, monótono, desagraciado, doloroso. Nadie puede amar lo que implique su infelicidad o malestar. Hay personas con vocación de mártir, hasta medio sadomasoquistas, que se regodean en el sufrimiento y en eso encuentran el sentido de su existencia. Así de terrible y triste. Sin embargo, la mayoría de nosotros los humanos anhelamos ser felices. Y no hay nada de perverso, egoísta o vergonzoso en ese anhelo de bienestar. Se trata de un derecho elemental. Ni más ni menos. Lo que confunde es que históricamente quienes han dominado a mujeres y hombres han deformado el concepto de felicidad en sus múltiples dimensiones, al utilizarlo como una estratagema en provecho de sus intereses particulares y en detrimento de una mayoría.

En la edad media la iglesia católica, aprovechándose de la ignorancia descomunal de sus feligreses analfabetos, aseguraba que la felicidad se encontraba después de la muerte en las tranquilas explanadas del paraíso. Y sin muchas dilaciones, con el mismo latín que absolvía los pecados, indicaba que para ser recibido por San Pedro había que comportarse como buen cristiano y contribuir con el diezmo a las misiones eclesiales cada vez que correspondiera. De lo contrario, te aguardaban en el infierno las llamas del malvado de Lucifer. Con el miedo de los mortales se levantaron catedrales y se tejieron con hilos de seda las vestimentas de los obispos. El Jesús humano crucificado con clavos en dos tablones de madera se fundió en oro con pedrería preciosa para adornar los cuellos de las autoridades. La culpa y la inclemencia prevalecieron sobre el perdón. El deseo era pecado. La desnudez, ultraje. La virginidad, pureza. Sonreír, blasfemia. El placer, herejía. La seriedad, el pudor, el recato, virtudes. Hasta lo más íntimo y recóndito del ser humano fue invadido por esa visión santoral y blanquecina de la vida. Y fue tan eficaz, que hasta alcanzó para fundar un estado independiente.

Por su parte, las monarquías no se quedaron atrás en su talento fabulador. Para lograr la intimidación transfigurada en respeto y la sumisión de los súbditos, se procuraban la bendición de la iglesia y combinaban la represión continua de poblaciones con la promoción de la idea de que sus castillos eran las sedes diplomáticas de Dios en la tierra, y sus majestades, enviados directos de la jurisdicción celestial. Cruz, corona y espada simbolizaban la tríada del poder occidental. Así consiguieron conquistar territorios por todo el mundo, someter culturas y vivir en la abundancia durante siglos, en lo que la plebe moría de hambre y las legiones de oprimidos aumentaba. Tuvo que padecerse bastante miseria, antes de que se organizara una rebelión contra los cetros reales, que culminara con la sorpresa de evidenciar que los monarcas jamás tuvieron sangre azul.

Luego vino el capitalismo. Discípulo abnegado que con astucia superó la artrosis de sus maestros. Mantuvo la lógica social de unos pocos que son felices al precio de la felicidad de muchos, pero sofisticó los mecanismos de control y convencimiento sobre su verdad. Prometió a los muchos que cualquiera podía convertirse en un señor o señora de los pocos, que bastaba con proponérselo.

No hay diferenciación. Todos somos iguales y sangramos del mismo color. Igualdad de oportunidades. Todo es posible. El sueño americano. El éxito, la fama y 15 minutos en un canal nacional de televisión. No seas un perdedor. Triunfa. El cielo es el límite.

El capitalismo creó una ilusión y con esa ilusión se ha re-creado a sí mismo. Ocupó lo más importante del mundo para un ser humano: el sentido de la vida. La felicidad. Claro, no la usurpó de una vez. La cultura no funciona con raptos, rompimientos, fracturas. Fue un proceso. Que tuvo y sigue teniendo sus puntos de clímax, pero solo porque le anteceden una serie de conflictos que los desatan. La felicidad capitalista se fue imponiendo sin que se sintiera como imposición. Fue seduciendo, persuadiendo, consensuando. Arroja bombas y balas cuando hace falta disipar las dudas de los más reticentes, pero sin descuidar lo argumentativo. La violencia sin razones no convence. A eso es lo que algunos le llaman violencia simbólica. Tan sutil como hacer que los personajes negativos en series y películas sean rusos ex soviéticos o musulmanes.

Con el mismo ritmo imperturbable de un reloj y con la precisión de un segundo, la felicidad de oropel funcional al sistema del capital se convierte en el sentido de vida de millones de personas. Su lógica es complejamente simple. Mientras más poder acumules, mayor será tu felicidad. Ya no requieres un título nobiliario. Cualquiera puede reinar. Lo que te corona y legitima es la cantidad de ceros en tu cuenta bancaria. No se trata de liberarse sino de que el dominado se convierta en dominador. Nadie es imprescindible. Lo único imprescindible es ese sentido de la felicidad, es decir, que siempre exista un sujeto o grupo de sujetos que sueñe con poder-dominar.

Ni siquiera va a perturbarte la consciencia. Como mismo antes hiciera el catolicismo, que se inmiscuía hasta en cómo la gente practicaba su sexualidad, el capitalismo también ha penetrado cada espacio de nuestra moralidad. Hasta las profundidades del subconsciente. Aunque no, y sí, como una epidemia o un monstruo de infinitas cabezas como aseguran sus críticos. Esa imagen dificulta entender cómo puede meterse en uno. No es el sistema diabólico ante el cual somos criaturas indefensas. El capitalismo es uno mismo. Es cómo puedes ver el mundo, sentir, pensar, relacionarte, hacer el amor, aprender, trabajar. Cómo vives y quieres vivir, quién quieres ser y qué quieres hacer. Puede ser cada uno de los movimientos, decisiones, sensaciones, deseos, ideas o miedos orientados hacia esa necesidad-derecho biológico y espiritual de ser feliz. Por lo general, no son actitudes y comportamientos racionalizados como capitalistas sino naturalizados y normalizados.

Es moral y políticamente correcto soñar con poseer millones de dólares. ¿Quién no lo hace? ¿Por qué no, si mi talento o buena suerte lo permiten? Me indigno y compadezco por la cifra descabellada de niños que mueren de hambre que transmite una cara bonita por el noticiero, culpo a los gobiernos de incompetentes y hasta dono parte de mis ingresos a organizaciones no gubernamentales. Pero no creo que tenga que ver conmigo. No me siento responsable. El capitalismo, como una voz en la consciencia, me exime aseverando que está bien ser así porque no hay otra manera posible de ser. Que debo preocuparme por mi bienestar, como mismo hacen mis semejantes. Con sentir un poco de pena por los infelices del mundo, quedo limpia de culpas. El imperio del individualismo.

Ahora, estamos de acuerdo en que no podemos salvar de la muerte al raquítico y desfalleciente niño africano de la fotografía, amenazado de cerca por la rapacidad de un buitre. El alcance de mi voluntad es restringido. Sin embargo, mi voluntad sí alcanza a mi propia realidad, al sentido que le doy a mi vida. Ahí es impostergable comenzar por reconocer que siete mil millones de habitantes no pueden vivir como reinas y reyes. Las capacidades del planeta sucumbirían de tanta “felicidad”. Exterminar en plan holocausto no es una alternativa. Nos transformaríamos en bestias y la idea es hacernos cada vez más humanos. Además, nuestras mentes pueden generar soluciones más creativas y originales. Mudarse de galaxia tampoco supondría una opción. Primero, porque no hemos encontrado otro planeta tan hospitalario con nuestra especie y los otros animales como el que tenemos. Segundo, porque habría que construir demasiadas naves para transportarnos a todos –ya dijimos no al holocausto-. Y tercero, porque la Tierra todavía nos sirve, aunque nosotros no le sirvamos en la misma proporción. Nos resta aprender a convivir en armonía y fraternalmente como buenos prójimos. Subvertir el sentido capitalista de la felicidad como acumulación de poder. Exorcizarlo incluso. Responsabilizarnos por el bienestar de cada ser humanos nacido y por nacer, asumiendo un paradigma de felicidad sustentable, que no impida a una sola persona la vida en felicidad. Oponer la solidaridad al cómodo individualismo. Buscar, más que límites, equilibrios.

Ante esta propuesta, hay quienes reaccionan arguyendo que ello iría contra natura. Que el mejoramiento progresivo es un instinto humano básico. El motor de las civilizaciones, la ciencia, el mundo. Mujeres y hombres siempre quieren llegar más lejos. Jugar con los márgenes de lo posible. Desafiarse. Sin embargo, la felicidad no es incompatible con ese principio. Ser feliz no es conformarse con lo ya alcanzado. No contradice la superación del ser. La diferencia radica en que la felicidad capitalista incentiva una superación en esencia destructiva, que implica el fin de la humanidad o la hecatombe del planeta. O ambos. Una felicidad que subyuga tanto a dominados como a dominadores. A los primeros, los muchos, porque son excluidos y se les niega la posibilidad de vivir y ser felices para que pocos lo sean. A los segundos, porque les vuelve dependientes al consumo de una serie de bagatelas y tarecos industriales y, por tanto, a acumular capital para adquirirlos. Se confunde el deseo de superación con la adicción al poder. Vivir se convierte en trabajar para pagar las facturas, el ocio y los alimentos para seguir trabajando. Así hasta envejecer y morir. Algunos teóricos catalogan esto como alienación, fenómeno que provoca la frustración de los apocalípticos al no encontrarle una salida radical al ciclo descrito.

Mientras, la otra felicidad, o sencillamente la felicidad, se basa también en la superación del ser humano, pero en un sentido espiritual y no material. La espiritualidad no se subordina a la compra desmesurada de objetos perecederos ni al metabolismo del mercado. El ser es independiente de sujeciones externas. La espiritualidad es autosuficiente. La felicidad libera y no domina. El bienestar se encuentra en uno mismo y se alcanza en la medida en que consigamos vivir con dignidad y amarnos y amar a otros en la misma magnitud. Sin dudas, existen condicionantes sociales de diverso tipo, pero el determinante definitivo de la felicidad de una persona es la persona misma. Por eso en contextos de dominación, hostiles a cualquier motivo para sonreír, en esos en lo que se roba a mujeres y hombres su libertad, que es robarles su decoro o dignidad –en palabras martianas-, es posible sentir la resistencia de las personas a que la felicidad languidezca, en la medida en que asumen la rebeldía como una filosofía de vida indispensable para reconquistar el derecho arrebatado a la dignidad, a ser feliz.

El brasileño Frei Betto, teólogo y educador popular, asegura en un escrito que el arte de la verdadera felicidad consiste en canalizar el deseo hacia dentro de sí, y a partir de la subjetividad impregnada de valores, imprimir sentido a la existencia. De ese modo se consigue ser feliz incluso cuando hay sufrimiento. 

Se trata de una aventura espiritual. Ser capaz de descubrir las varias capas que encubren nuestro ego.

Sin embargo, al sumergirnos en las oscuras sendas de la vida interior, guiados por la fe, o por la meditación, tropezamos en nuestras propias emociones, en especial en aquellas que atraen a nuestra razón: somos ofensivos con quienes amamos; rudos con quien nos trata con delicadeza; egoístas con quien es generoso; y prepotentes con quien nos acoge con solícita gratitud.

Si logramos penetrar más hondo, además de la razón egótica y de los sentimientos posesivos, entonces nos aproximamos a la fuente de la felicidad escondida detrás del ego. Al recorrer las veredas abisales que nos conducen a ella, los momentos de alegría se transforman en estado de espíritu. Igual que en el amor.

La recuperación y reinvención del concepto de felicidad es hoy una misión estratégica en los discursos y prácticas emancipadoras. Porque supone recuperar y reinventar el sentido de la vida humana, destruyendo así el implantado por el capitalismo. Pero esa destrucción cosmogónica no se logra exclusivamente con crítica. La destrucción más efectiva es la que ocurre con la construcción de algo nuevo. La crítica sin propuesta genera vacíos que con gran agilidad vuelve a ocupar el sistema de dominación. Evadir la felicidad porque el término forme parte del andamiaje de argucias del capital para sustentarse, significa evadir la posibilidad más radical de transformación. La historia nos advierte que no importa cuantas veces ocupemos el poder del estado y sus instituciones. Si no creamos una cultura, un sentido de vida genuinamente liberador, que con el tiempo permita la misma abolición de la estructura estatal, pues como ya nos dijera Marx el estado es otro aparato de dominación, nunca nos acercaremos a esa sociedad utópica donde lo que impere sea la dignidad plena de todas y todos. Y el capitalismo continuará siendo la utopía por excelencia.

Pepe Mujica, el presidente de Uruguay, en la reciente cumbre de la CELAC, planteaba la felicidad como un problema político, en oposición a los modelos desarrollistas de país.

No venimos al planeta para desarrollarnos solamente, así, en general. Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida. Esto es lo elemental.

Por ello digo, en mi humilde manera de pensar, que el problema que tenemos es de carácter político. Los viejos pensadores –Epicúreo, Séneca y también los Aymaras- definían: “pobre no es el que tiene poco sino el que necesita infinitamente mucho”.
Y desea más y más.


Sé que algunas cosas de las que estoy diciendo rechinan. Pero tenemos que darnos cuenta de que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es la causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado. Y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir.

Estas cosas que digo son muy elementales: el desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Tiene que ser a favor de la felicidad humana; del amor a la tierra, del cuidado a los hijos, junto a los amigos. Y tener, sí, lo elemental. Precisamente, porque es el tesoro más importante que tenemos. Cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente se llama felicidad humana.

Plantearse hoy la felicidad, es liberar la esperanza. El pesimismo –como concluyera Frei Betto- hay que guardarlo para tiempos mejores. No representa una banalidad, y mucho menos, que olvidamos a los caídos. Nuestros muertos y desaparecidos no van a dolernos más, ni a obtener justicia, ni a descansar en paz, porque seamos infelices. La vida se ofrenda a una lucha para que quienes vengan detrás vivan felices y no tengan también que morir por otros. Renunciar a la felicidad sería el peor agravio que podamos hacer a quienes murieron por nosotros. En cambio, apropiárnosla y vivirla en sus múltiples bellezas, es dar sentido al mundo que tanto queremos crear. Un mundo que comienza a existir en el instante justo en que lo imaginas y crees posible. No después.

Desde la primaria, vengo repitiendo que los niños nacieron para ser felices y he terminado por convencerme de que es cierto. Y como uno cuando se vuelve adulto no deja de haber nacido, aunque se sea menos niña o niño que antes, la teoría de Martí también debe de aplicarse a esta etapa, así como a las posteriores, mientras no se deje de haber nacido. ¿A qué otra cosa más importante, podríamos venir al mundo?

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