Más de mil palabras para una imagen

Imagen

   No confío en las imágenes que dicen más que mil palabras. Casi siempre entrampan a los ojos. La fascinación virtual distrae de lo que no fascina. Lo muy evidente puede ser la táctica más eficaz para ocultar lo otro. Lo ausente. Las mil palabras. El mejor escondite para una verdad siempre será en lo obvio. Que se contonea por delante de uno, tropieza con nosotros en el corretaje por descubrirle, nos saluda con sonrisas de compasión, y hasta le aceptamos un café con las piernas cruzadas. Me acuerdo de las tardes púrpuras con Ángel y su exasperante búsqueda de la flor de siete colores. La moraleja debió haber sido que lo trascendental es el camino y no el fin. Cuanto se aprenda durante una travesía. Pero a esa edad a mí me pareció una soberana estupidez que Ángel tuviera que voltear el mundo para terminar en el principio. Pienso que porque comenzaba a crecer y suponía que ya era hora de ser implacable y considerar estúpidas ciertas cosas infantiles. Cada crecimiento implica una renegación. Hasta alcanzar las horas de la indulgencia. Cuando entendemos que no se trata de renegar, solo porque ya habremos renegado de todo. Así se me ocurre que vive la gente. Buscando lo que siempre ha tenido demasiado cerca como para notarlo. Escurriéndose el café de las piernas antes de beberlo todo, para alejarse con prisa en busca de lo mismo que despide.

Las mil y más palabras de la imagen que me sirve de motivo para escribir, no las escucho en la zona circunferencial que acecha la mirilla del arma. Ni en la inquietante calma con que un niño ignora su condición de presa. Ni en la letalidad del vértice. Ni en la fragilidad de la vida. Ni en el rigor de la trayectoria de un proyectil predispuesto a su destino. Ni tampoco en la impotencia que provoca la probabilidad del crimen. Las palabras las escucho contenidas en la pupila que apunta. La perspectiva desde la cual observamos la foto. En lo que condujo a una persona a balancearse en la tensa cuerda entre el bien y el mal. A jugar con la realidad. Con lo que podría provocar su divina intervención. Generar el caos o un nuevo tipo de orden. Por un ligero movimiento, que apenas requiere esfuerzo muscular, decides drásticamente el instante siguiente de otro ser humano. Acariciar el poder sobre la vida y la muerte que te concede un arma de fuego. La ventaja. La superioridad. Andas por el mismo suelo pero a mayor altura. Sientes la vulnerabilidad de la existencia. Nada te detiene. Estás a solas contigo mismo. Sin pudores sociales que te reprendan. Las circunstancias justifican el acto. En la guerra todo vale. Tu consciencia sabrá luego elaborar las excusas que te librarán de pesadillas. Dios perdona, si eres creyente. El infierno es un mito, si eres ateo. Tu existencia se reduce a ese minuto en que por fin vas a ser quien te enseñaron a ser. Eres escenario, uniforme, fusil, entrenamiento. Y hay un objetivo a la vista. Ya tu mente se hizo la pregunta. ¿Y si disparas? Ya en tu mente disparaste. Un estallido. Segundos. No pestañeas. El cuerpo cae. Fue simple. Cargar, apuntar, disparar. Tan fácil. No porque seas una persona malvada. ¿Qué es el mal? Sino porque puedes. Nada  lo impide. Al contrario. Todo invita a presionar el mecanismo. Dispara dice el lugar. Dispara dice el ingenuo. Dispara dice la bala. Dispara dice la historia. Dispara dice tu instinto. Dispara dice tu mente. Dispara porque estás ahí para disparar. Dispara porque te programaron. Dispara porque puedes. Dispara.

Las sensibilidades ofendidas por la fotografía del soldado israelí Mor Ostrovski apuntando a un menor palestino, también imaginaron el disparo. Por eso el estupor. El escándalo. No ven una mirilla eligiendo un blanco. Ven un criminal y su víctima. ¡Bestia! Qué cosa tan tremenda la guerra. Es apenas un niño. No sospecha el peligro a su espalda. Flagrante abuso. Horror. Exclaman con la mirada. Niegan con la cabeza. Indignan sus respiraciones. Desde la comodidad de su oficina, o casa, y con la cándida civilidad de sus prendas, nosotros los impolutos juzgamos. Es un incidente grave que no está acorde con el espíritu y los valores de las fuerzas armadas. Aclara el Ministerio de Defensa de Israel. La foto es inhumana y de mal gusto. Reacciona el portal palestino Electronic Intifada. Mal, mal, mal. De pronto, Mor Ostrovski no está solo. El mundo lo observa. Conoce sus impulsos. Le increpa. El suceso pudo haber sido uno de tantos si no hubiera quedado atrapado en la inmanencia de una fotografía. Si las tecnologías no volvieran público lo privado. Si las imágenes no tendieran a la grandilocuencia. Pero es muy tarde. Con su habitual ternura pictórica, Instagram nos muestra un cuasi crimen que no se debe ignorar. Esos tonos son de fotos de afuera. Es lo que sabe la gente aquí de Instagram. La gente de todas partes quizá no asocia lugares con colores. Instagram no discrimina. No se si Mor Ostrovski la coloca en su perfil por la suavidad de los tonos. No se con qué fin pudo haberla tomado. No se si tomó la foto de un hecho no consumado o si escenificó la no consumación de un hecho para tomar una foto. ¿Será un artista?

Mor Ostrovski se ha retractado. Asegura que la imagen no es suya sino que la encontró por Internet y la publicó. Supongo que por lo mismo que uno publica tantas otras cosas en una red social. Podemos creerle. Ante la vigilancia social, Mor Ostrovski necesita que le crean. Él no es ningún monstruo. No soy ningún monstruo. Sus superiores debieron aleccionarle. Soldado, no se viene a la guerra a sacar fotografías. Si quería ser artista, debió pensarlo antes. El daño colateral funciona por lo impreciso de la colateralidad. No se coloque usted mismo la soga al cuello, porque la opinión internacional no soportará la tentación de ahorcarlo. La saqué de Internet. No soy yo quien apunta a la inocencia. Falso. Dicen en silencio los defensores de las causas justas. Hay otras fotos en su cuenta donde aparece posando junto a armamento pesado. Por supuesto, pienso yo. Y si trabajara en un zoológico aparecería alimentando a una jirafa o bañando a un elefante.

Pedro, un amigo de mi hermana, al año de irse le envió una foto en Irak encima de un tanque. Se había alistado en las tropas de Tío Sam. Quería el dinero para pagarse los estudios en la universidad. O para cualquier otra cosa, como la mayoría. Pedro no fue por vocación para matar o morir. Donde se encontraba era un sitio seguro, que no atacaban los árabes, según explicaba en el correo. Siempre estuvo loco, aseguró mi hermana tratando de explicarse aquello. Había también un retrato suyo sosteniendo una bala del tamaño de mi anular, o más grande, y con una sonrisa como si aquello fuera un trofeo. Pero lo que más me impresionó de las fotos fue el sol de Irak. Parecía una toronja gigantesca detrás de una cortina de fuego. Con una luz impropia para una tierra invadida. No me alarmó ni el tanque, ni la bala, ni su pantalón arena de camuflaje, ni la identificación metálica en su cuello, ni siquiera la idea de que un cubano se incorporara a una guerra ajena para estudiar. Lo verdaderamente anacrónico era la refulgencia del sol. Porque Pedro era justo tan loco, como los otros millones de jóvenes que aman, desaman y vuelven a amar.

Lo único que nos diferencia a nosotros de Mor Ostrovski son las circunstancias. Cuando le señalamos apostólicamente con el dedo, nos señalamos también a nosotros mismos. El ser humano es tan susceptible al bien como al mal. Basta propiciar las condiciones. Los testimonios de los sobrevivientes al holocausto fascista del siglo XX impactan por lo lejos que sitúan el umbral de la crueldad. Por lo paradójico de que en una época de esplendor de las ciencias, la humanidad se ensombreciera coleccionando atrocidades. La razón demostraba tener idéntico potencial creador que destructivo. Como mismo descifrara el enigma para burlar la gravedad, era capaz de idear sofisticados métodos de exterminio. Sin embargo, no podemos entender –jamás justificar- el sistema ideológico que sostuvo los campos de concentración y otras políticas genocidas si no es desde su contexto. Desde el presente solo podríamos sobrecogernos. Eludir que en una guerra las fronteras entre bien y mal son extraordinariamente sutiles. Confusas, flexibles, relativas. Que es cuestión de dar un paso a la vez. Ninguna persona se pervierte en un día. Y ocurre similar en el mundo de lo cotidiano donde tomamos café, aunque con la peculiaridad de que en aquel donde impera la beligerancia, casi todo empuja a transitar en la dirección opuesta hacia lo que estimamos como bien. Hacia esas realidades que, petrificadas por la fotografía y difundidas por la Web, tanto nos estremecen en la seguridad de nuestros asientos. La mente humana no surtirá flores donde envenene la pólvora. Un acto de bondad en tiempos fértiles para odiar, sin dudas sí sería una sorpresa. Que Mor Ostrovski se asome al lado oscuro de su alma apuntando a un niño palestino con su rifle, es tan natural en sus circunstancias, como puede ser en las nuestras encender la televisión en la mañana.

No importa cuantos protocolos intenten regular las maneras con que una nación invade y otra resiste. Las maneras con que las personas, a fin de cuentas, mejor o peor, acaban con sus vidas. Mucho menos importan los informes de los observadores internacionales de turno. Si preparas a hombre o mujer para matar, le uniformas, entregas un fusil, distingues un enemigo y envías a territorio hostil, no esperes que se le ocurra efectuar un performance pacifista. Para todo soldado, disparar un arma terminará por volverse una actividad de rutina. La mayoría tendrá conflictos con su consciencia. Algunos sabrán resolverlos y perdonarse. Otros aprenderán a sobrevivir con ellos. Otros prescindirán definitivamente de sentimientos fraternales. Y otros acabarán por olvidarse de sí mismos.

Mor Ostrovski revela la historia probable de cualquier persona inmersa en fauces bélicas. Un mundo distinto al real conocido. Con sus propias reglas. O sin reglas, según. Donde una idea macabra puede colarse en la cabeza más sana y santa. La imagen en cuestión no es una imagen nueva. En este instante, en algún lugar, debe estar repitiéndose. Sin que nuestros pudores puedan enterarse. Sin aflicción social alguna. Lo insólito, es que esta consiguió escapar de la mortal fugacidad para decirnos algo.

Anuncios

2 comentarios sobre “Más de mil palabras para una imagen

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: