Uno, dos y tres, Beyoncé

A Lío, porque al fin, y porque tenemos pendiente una noche con Juana Bacallao

 

Beyoncé Knowles estuvo tres días trastornando La Habana. El primer tres de abril de la nueva era maya, la superstar estadounidense aterrizó en la isla para celebrar su quinto aniversario de boda con el consagrado rapero y productor Jay-Z. Entre las cientos de metrópolis que despilfarran sus luces por el planeta, la pareja eligió las luminosidades furtivas –no ordinarias- de la capital cubana. Sin embargo, el gran Jay-Z no produjo resonancias. No alcanzó a ser más que el esposo de. Uno más en el séquito compuesto por escoltas, madres-suegras del matrimonio y un guía de turismo de origen cubano. Su aparición tuvo en el sentir popular un impacto equivalente al que tendría un grillo sin noche en una pradera. ¿Hay grillos en las praderas? El caso es que, aunque las sinfonías del cantante son más versátiles que las de cualquier grillo, si anda La Habana junto con Beyoncé, o si Beyoncé anda La Habana junto con él, la música de una y otro quedará relegada a un segundo plano. Y hasta medio desenfocado. La ciudad no acogió a una cantante célebre sino a una celebridad que canta. La industria de la música suele ejercer tales hechizos sobre la gente con sus abracadabras. Convertir el arte en espectáculo. La belleza en sex symbol. El talento en imagen, o mejor, en un American Idol. Y con tanta parafernalia, cualquiera creería que Beyoncé no sabe cantar.

En La Habana, epicentro de farándulas, las canciones y videoclips de Beyoncé siempre han merecido un lugar destacado en los repertorios de cualquier fiesta que se respete. Primero como parte de Destiny’s Child y luego en solitario con clásicos como Crazy in Love; Baby Boy; Irreplaceble; Beautiful Liar, feat Shakira –aunque muchos lo vivieron como un versus danzario, un reto de caderas donde la estadounidense noqueó a la colombiana (según revelan serias investigaciones de aquellos días)-; If I Were a Boy; Single Ladies (Put a Ring on it); entre otros temas que propiciaron que Beyoncé fuera sentida mucho más cercana, como de la familia, cuando decidió visitar nuestro país. ¿Habrá pensado que aquí pasaría desapercibida?

A pesar de la maldita circunstancia del agua por todas partes, en la mesa del café o en cualquier sitio, aquí nos las arreglamos siempre para mantenernos al tanto de lo que ocurre en el mundo. De lo que nos interesa, claro. Desde tecnología, cine, música, política, moda, videojuegos y deportes extremos hasta enredos monárquicos. Cada quien se agencia el consumo de informaciones que demanda por distintas vías. Porque no nos gusta quedarnos atrás. Aunque el cable de fibra óptica aún no abre nuestras cotidianidades al universo de la triple doble uve, los cubanos con curiosidad crónica ingenian sus propios mecanismos y recovecos para acceder a los contenidos que circulan en las redes. Prevalece también el principio de la solidaridad. Cierta conciencia comunicativa de compartir las informaciones en cuanto se conocen. Como si no tuviera gracia saber las cosas si no es para contárselas a los demás. Por eso a veces cuando el Estelar de las 8:00pm comienza, los televidentes hace horas que conocen el final de la película que recién les van a transmitir.

Lo de Beyoncé yo lo supe por Facebook. Que hoy puede competir en inmediatez con cualquier agencia de prensa. “Beyoncé está en La Habana”. Posteó alguien. Luego le siguieron publicaciones de fotografías que fueron trazando su itinerario por las calles, barrios y lugares que seguramente se moría de amor y de ganas por andar. No debió haber visto sábanas blancas colgando en los balcones. Hace rato que no me fijo si en los balcones se siguen colgando sábanas. Si las sábanas aún son blancas. Pero los ojos de la vieja Habana no abandonaron a Beyoncé un instante. Ojos de todos los tamaños, colores, edades y sexos volaron desde distintos rincones para posarse en la monumental cantante y compositora.

Ella llevaba los ojos encima con una gracia natural de flor. Silvestre. Miles de abejas le rondaban por la intensidad de su polen. El Caribe genera fragancias exóticas. Indescriptibles y únicas. A lo mejor vino aquí en busca de mieles. Somos una isla de miel. De flores y abejas.

¿Y por qué se alojó en El Saratoga? Yo ella me hubiera quedado en El Nacional. El Saratoga tiene la entrada en la misma calle. ¿No sabes dónde queda? Sí, tienes que estar cansada de verlo, es ese que está por el Capitolio, en… las afueras efectivamente la aguardaban multitudes. Tuvo que ir la policía y todo para allá, como dos mil personas… ¿Tantas?

Los cubanos hemos agudizado el sentido del momento histórico. Tan importante como los otros cinco, o seis, o menos, según. No nos perdemos un acontecimiento. Mostramos igual disposición para un velorio que para una fiesta. Que para una movilización, que para una marcha, que para un concierto, que para una homilía. Peregrinamos con la Virgen de la Caridad del Cobre, participamos en el Festival de Cine Latinoamericano, cantamos con Zucchero, aplaudimos con Ratzinger. ¿Los sermones se aplauden? (Es que en ese lugar siempre se hicieron cosas de aplaudir). Más que la afición, la religiosidad o el compromiso, lo nuestro es juntarnos para el suceso histórico. O hacer juntos suceder la historia.

En París, hace un lustro, cuando Beyoncé y Jay-Z juraron amarse hasta que la muerte los separara, no se originó un revuelo popular tan espontáneo como en La Habana. En la ciudad de l’amour, además, Beyoncé debió haber ondeado su larga melena estrictamente laceada.

El afro style que exhibió la artista supuso un shock tremendo para un amplio sector del público cubano. Aquí su cabello ocupa un sitio privilegiado en cierta simbología estilística femenina. Puede ser, de pronto, hasta un elogio. Que le digan a una mujer en el espejo, recién desenrolada y desatorniquetada, algo así como te quedó Beyoncé, supone un reconocimiento sublime de su arreglado. (En Cuba, no se si igual en otros países, el pelo “se arregla”). Por eso Beyoncé tuvo que haber defraudado a no pocas y pocos seguidores al quebrantar uno de sus más grandes mitos. Quienes esperaban examinar de cerca la autenticidad de su melena –o la resistencia de su keratina a la humedad tropical- descubrieron una serpiente enroscada adornando su cabeza. Tersas trenzas pintadas de café destacaban los prominentes rasgos de la morena. Su frente y pómulos parecían de cera. Una odalisca otomana. Una guerrera amazona. Más próxima al África Oriental que a cualquier canon cultural de Occidente. No podría precisar si el look fue a propósito de Cuba, mas allende alertas de posible cliché, se avenía mejor con nosotros por su originalidad.

Pero así hubiera venido con una calvicie lustrada, a Beyoncé la iban a recibir con el mismo entusiasmo. Aparte del interés ingénito por los acontecimientos –el chisme en muchas ocasiones expresa la preocupación por el bienestar del otro-, cubanas y cubanos hacemos un pueblo hospitalario. La isla es la metáfora del gran hogar. Con derrumbes, parques, reparaciones, microbrigadas, adoquines, edificios apuntalados, demoliciones, casas coloniales, lleguipones, permutas de 1×2 y 2×1, bohíos, compra y ventas, ciudadelas, barbacoas, construcciones en azoteas y estáticas milagrosas. Pero en la diversidad de techos bajo los cuales se sueña –de cierta manera Cuba es para cada quien el techo que tiene sobre su cabeza-, en la diversidad de sueños que los techos median, aún es posible percibir que existe un cielo igual para todos. Por orgullo de quienes somos bajo el cielo, es que se acoge bajo cualquier techo a quienes visitan Cuba. La solidaridad se nos mezcla con la necesidad de mostrarnos. A Beyoncé no solo fuimos a verla. Fuimos también a que nos viera. Mira Beyoncé, somos Cuba. Te acompañamos a que pasees por nosotros mismos. Nota en cada cara el techo de donde cada persona viene. Nota el cielo.

Enfrento ahora una tentación terrible por armar una conga que no ocurrió (o al menos no lo dicen las noticias). Las calles de La Habana no son para procesiones. Cuando hay más de cien cubanos caminando juntos, si no se debe a un muerto –aunque depende de la vida que haya vivido el muerto-, en algún momento se empieza una conga. Uno dos y tres, uno dos y tres, qué paso más chévere, qué paso más chévere, el de mi conga es. Uno dos y tres, uno dos y tres, qué paso más chévere, qué paso más chévere, el de mi conga es. Si Beyoncé se hubiera soltado la serpiente y hubiera participado en una conga, no hubiera requerido tantos guardaespaldas. La conga es como el cielo. Quizá lo que secretamente anhelaba la gente, era avanzar en conga por Obispo y no por Amargura. Par de días más en La Habana, y aseguro que hubiera ocurrido.

Prensa Latina reportó que con La Colmenita, la compañía de teatro infantil que dirige Alberto Cremata, la archifamosa estadounidense dejó sus 17 premios Grammy en el asiento para bailar guaguancó y aprender a marcar la clave cubana con los simpáticos artistas. Aunque aquello no lo vi, me lo puedo imaginar. Los niños nunca obedecen a criterios de etiqueta. Deben haber actuado La Cenicienta según los Beatles con el mismo desenfado con que la han interpretado para tantos públicos del mundo. Sin categorías ni diferenciación. Beyoncé en la colmena debió ser igual que la madre o la vecina de cualquiera de ellos que asiste a sus funciones. Las superestrellas eran las abejas y los demás personajes de la obra. Por un rato, la pareja de músicos no fue el centro del show. Queríamos hacerle este regalo, que tuvieran paz y disfrutaran del talento infantil. Declaró Cremata. Mientras, sus invitados expresaron que había sido un espectáculo hermoso e impresionante.

Y para alejar cualquier duda que aún merodee, acerca del poder de Cuba para desatar rigideces, en el caralibro publicaron una foto de Beyoncé besando la mano de la diva nonagenaria Juana Bacallao, en El Gato Tuerto. Me contó una amiga que le contó su hermano que estuvo ahí –por si acaso a mí no me crean-, que la Bacallao no sabía que Beyoncé era Beyoncé, la llamó señorita Bizcocho, y le dijo que se había buscado un esposo muy feo y el vestido no le quedaba bien. Pero luego, la excelsa cabaretera cubana tuvo el gesto de compartir su escenario con la norteamericana de 32 años para que bailara y cantara. Cierto o no que Juana desconocía la identidad de Beyoncé, se le agradece a la extraordinaria señora por ser como es ante cualquiera sin amilanarse jamás.

Yo estoy convencida de que después de conocer a Juana Bacallao y rumbear con La Colmenita –incluso lo sospecho desde el pollo con miel, los frijoles negros y el daiquiri en el solar de La Guarida- la Knowles estaba lista para despedirse de Cuba con una gran conga improvisada. Daba igual La caminadora de Los Zafiros o La conga de Juana de Kelvis Ochoa o Micaela (Añoranza por la conga) de Sur Caribe. Con cualquier tema hubiera sido un cierre de altura. O incluso solo con ritmo y sin letra.

Ahí sí Beyoncé hasta nos daba un concierto en La Habana. Un concierto, no un espectáculo. Aunque sí un concierto espectacular. Sin pirotecnia ni muchos efectos. Nada que nos distraiga de su música. Con el afro style o como más cómoda se sienta. Sin renunciar a su sensualidad pero sin ser sex symbol. Quienes fueran a escucharla –aparte de aquello del sentido del momento histórico o del acontecimiento- irían por la autosuficiencia de su voz. Sin pensar en pósters, anuncios o videoclips. Cuando hay demasiadas luces sobre el-la artista, su arte termina ensombrecido. ¿Para quiénes compone y canta Beyoncé? La música se ama sin condiciones. Yo no amo la música pero amo otras cosas y todos los amores son iguales aunque no sean los mismos. La música es en sí la única condición. La imagen se gasta, perece.

Antes de escribir esto, yo iba a decir que Beyoncé no sabía cantar, porque la había visto sin haberla oído, como tanta gente. Pero la escuché en Listen por vez primera, me estremecí, paralicé y hasta amé la música. Ahí radica toda su belleza. El resto es accesorio. Lástima que una conga no baste para cambiar el mundo.

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8 comentarios sobre “Uno, dos y tres, Beyoncé

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  1. Coño, de tanto y tanto que se publicó sobre Beyoncé esto es lo que más me ha gustado, y mira que entré por una leve curiosidad que acabó entendiendo un montón de cosas con ese párrafo final en el que está todo. Gracias M., gracias de verdad por este post. Besos,
    R

  2. Mónica,
    Casi nadie me conoce pero, si piensas bien, recordarás -aunque sea- mi nombre. Este post es como tú: desenfadado y sincero.
    Cuando hablas de los “desartoniqueteados” y “desenrolados” no puedo evitar pensar en ti preparándote para cantar en una “gala” de Fin de Año, con el pañuela en la cabeza hasta el último segundo para que el torniquete haga bien su efecto.
    Gracias por escribir como escribes y hablar de las esencias y no de cosas superfluas.
    Te iba a regalar un secreto que creía no conocías, pero me acabo de dar cuenta de que tú sabes quién es el “guía de turismo de origen cubano”!!!

    1. Estimado Mario, un placer recibirte por aquí. Gracias por la lectura y el comentario.
      Tenía escrita una respuesta mejor para ti, pero se me borró en algo que apreté. Lo usual.
      Confío en que la gala continúe en los recuerdos clasificados.
      Para próximas visitas de estrellas del arte, no me sorprendería encontrar como guía al pariente del dueño de la casa de los mejores espaguetis del mundo.

  3. Monica si me permites lo pongo en galfisa porque si, porque eres la continuidad simplemente que soñe. Clara, y franca. Gracias de esta “profe”.

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