Trance

Los diccionarios mamotréticos deben permanecer abiertos. Como si sus tapas fueran de piedra. Porque sus tapas caen como piedras, duelen como piedras, resisten como piedras. Lo ubicas sobre una silla o mesa –nunca en el suelo porque las palabras podrían escurrirse- y le pasas sus hojas hacia delante, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás. Lo, convengamos, porque la poligamia en esta lid es improcedente. Incluso mortífera. Las búsquedas son precisas. Deambular podría implicar la pérdida irreversible del ritmo escritural. Habrá siempre palabras que emitan sus cantos de sirena, te sonrían, detengan, volteen, embelesen. Palabras confabuladas con otras para que te deslices por un espiral semántico, que nunca sabrás donde empieza o termina. En el mismo punto, como un círculo. Empieza y termina en el mismo punto. El problema, imposible, es saber cuál. Lo complicado, también, es detener el deslizamiento antes de que el ritmo que dejaste pendiente desfallezca por tu ausencia. Tú le oxigenas, eres su sangre, vitalidad. Un texto anémico es de lo peor que hay. Pero las palabras dentro de un diccionario no son más que una telaraña gigantesca donde el arácnido voraz es uno mismo. Generan tu propia devoración. Eso cuando un texto aguarda. Hay momentos sí en que las palabras dentro de un diccionario conforman un bulevar versátil, por el que vas caminando y agarrando cualquier cachivache que te sugiera belleza. Entonces no tomas las que necesitas sino las que te gustan, con la esperanza de que algún día se vuelvan necesarias. El placer incomparable de un significado distinto. La sonoridad silábica. Las olvidadas por la contemporaneidad, sin que aún sepan a rancio. El olor empalagoso del papel amarillo. Tus manos son de viento. Las hojas son de alas. Tus ojos son de vuelo. Hasta el hallazgo. Te precipitas hacia la presa con la rapacidad de un águila. Hay palabras que te sacuden, que te pegan un corrientazo, que te alcanzan hasta las vértebras. Y hueles otra vez el amarillo. Tu boca se hace saliva aunque no vayas a comerte la presa. De mis últimas cazas de bulevar, y no de telaraña, me fui con alífero, prestidigitador, cambalache, y otras que me reservo por tácitas razones. Aún no he conseguido usarlas, pero les tengo paciencia. Ya les tocará su turno de arrojarse al blanco vacío. Se, sabemos, que no pueden ser forzadas. Porque siempre se trató de música. La armonía de un texto es sagrada. No se oye, se siente. Más cuando falta, que cuando existe. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra palabra? La diferencia es la armonía. Hay editores que no entienden de armonías y van por los escritos cambiando palabras sin pensar en su relación con las otras. Es posible que uno en este afán termine por volverse esteta. Pero ya sabemos que, en estas cosas de la escritura, no es raro que una palabra llame a otra solo por lo bien que suenan juntas, sacrificándose así muchas veces el respeto a la levedad, la ética a la estética, si caben en un discurso como este tan solemnes conceptos, y encima de eso sin provecho para nadie. Por esas y por otras es que, casi sin darnos cuenta, vamos consiguiendo tantos enemigos. Explica Saramago sin venir al caso en un relato suyo sobre un elefante. Ahora digo elefante porque me gusta elefante. Este es el tipo de impertinencias que un editor aboliría. Uno malo, demos créditos al que no corrigió a Saramago. Nunca entendí eso de la oreja peluda. Los géneros me parecen arbitrariedades académicas. Suceden a la escritura y quieren luego venir a regularla. Inventa otros géneros si no explican un texto, pero no niegues un texto porque no te quepa en ningún género. No es por incapacidad para transitar dentro de esquemas que provoco desbordamientos sino por diversión, o quién sabe si por fobia a los estrechamientos. ¿Qué hace a un texto literario? Una pregunta que sostiene cinco años de estudios universitarios y hasta una vida. Hay preguntas así de tremendas. El primer paso en falso es creer que vas a encontrarle una respuesta. Vas a sentir cuando es literario y nada más. Nunca responderás la pregunta. Un texto que te la responda no es literario. Pero yo lo que quería decir es que me he dado cuenta de que hay cosas que escribo sin saber que son, que no se siquiera si las escribo yo, y que el nombre que más se les ajusta, después de tanto bulevar y telaraña, es el de cuasimodo. Quién me hubiera dicho que cargar mi mamotreto rojo en mi mochila de tercer grado sobre mis hombros escuálidos iba a desembocar en esto. Lucía me lo hubiera prohibido. ¿Y por qué traes ese que pesa tanto? Es que este es el que más tiene. Y hasta las ilustra. Las palabras. Entonces no sabía para qué. Ahora no se si lo valgan. Terminaría en la oración pasada, pero me falta decir que los ritmos pueden coagularse. Ritmo coagulado. Coagulación del ritmo. Autopsia del texto no permitida por familiares cercanos al occiso. Mi epitafio deberá ser el silencio.

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