El mundo con espejuelos

No creí que fuera para tanto. Si decidí examinar mi vista en aquel armatoste con rasgos soviéticos, fue porque la sublevación de las letras iba in crescendo y con algo debía contenerla. Cada vez les costaba más permanecer tranquilas sobre las hojas. Apenas se dejaban leer. Parecían prófugas de mis ojos. Se arrojaban en estampida por los renglones, trepaban por encima de las otras, se atropellaban sin un mínimo de decencia, lanzaban destellos alucinantes y hasta se disolvían en su propia tinta. En fin, que se habían sublevado sin que pudiera evitarlo.

Sí, claro, me habían advertido sobre los riesgos de leer con poca iluminación, en vehículos en movimiento, o caminando (lo de leer caminando, reconozco, puede incluso resultar una petulancia), pero hay libros y ganas que cuando se juntan son incontrolables. Mi última vez caminando fue Desde los blancos manicomios, de Margarita Mateo. Si lo leen entenderán por qué. Es un estimulante para el sentido del humor con salpicaduras de tragedia. Con ese tipo de libros, y con otros tipos que estimulan otros sentidos, no hay quien se permita la prudencia. Porque tampoco es un mal que se sienta de una vez. Porque una vez siempre se entiende como una vez. Y no es hasta que la vista comienza a exigirte una ayuda extra, que caes en la cuenta de que una vez ha sido demasiadas veces una vez.

¿Qué letras ves ahí?, me preguntaron con el ojo izquierdo tapado. ¿Cuáles letras?, respondí. Allí donde miraba, solo divisaba una mancha blanca sin contornos. Son fijos los que llevas, sentenció. El análisis pormenorizado había revelado que la causa principal de la sublevación de las letras radicaba en defectos de refracción en los órganos de la vista. Miopía y astigmatismo. Con una afectación superior en el derecho. Lo cual confieso que me preocupó profundamente, porque solo soy capaz de guiñar el ojo izquierdo. ¿Se vale hacer guiños también con espejuelos?

La experiencia no es menospreciable. Cualquiera creería simple cargar sobre el tabique una armadura con cristales graduados que se agarra de las orejas. Cuestión de colocarla en la cara, como si la completaran. Sin embargo, no se reduce a eso. Cuando te has perdido precisiones de la realidad por insuficiencias en tu capacidad visual, descubrir la existencia de esas pérdidas por la revelación de precisiones antes no contempladas, adquiere una importancia tremenda. Es como mirar una película en alta definición. Los colores se intensifican, las formas se enfatizan, los contrastes se fortalecen. Las imágenes se proyectan sin inhibiciones.

Un telón urdido con filamentos de polvo se desvaneció en un gesto.

La sublevación no era más que pura niebla.

          ¿Y es normal ver las cosas más grandes?

          Las cosas no son más grandes, son así como las ves ahora. Yo soy más alto de lo que creías.

Al principio se camina a tientas, como si en lugar de ver mejor, te hubieran vendado los ojos, volteado varias veces y empujado a jugar. Sientes que vas a caerte. Dentro de la cabeza se te hacen nudos que poco a poco se van apretando. Sospechas que pudieron equivocarse con la graduación. Te los quitas en ocasiones para consentirte. Todo proceso de adaptación a lo distinto implica resistencias. No reprimirlas puede ayudar, o al menos de eso me convenzo para mejor.

No se si eran ideas mías, pero la gente en la calle me miraba más que antes. En algún momento hasta pensé que sabían que mis espejuelos recién comenzaban a acomodarse en mi cara, que los extraños me conocían de tiempo, que intentaban acostumbrase a verme con espejuelos puestos. Incluso me dio vergüenza, una especie de descenso en mi autoestima. ¿Me verían fea y era por eso que me miraban? ¿O acaso era yo quien les llamaba la mirada como para preguntar qué tal me quedan? ¿Les daría gracia? Bueno, la gracia al menos es algo.  

Mi madre me dijo que parecía una intelectual, como queriendo halagarme. Pero las madres siempre ven a sus hijos o hijas desde la distorsión incorregible de sus afectos. De cualquier manera, a mí lo de intelectual me provoca convulsiones epistemológicas, al igual que cualquier palabra que catalogue, que agremie. Los gremios –quizás son las élites- me provocan claustrofobia. Establecen parámetros conductuales, estéticos, aparenciales, discursivos, sexuales. Tienden a eso, al cliché. Un compendio de manierismos vacuos. La intelectualidad la habitan tantos presuntuosos proclives a la autoproclamación, tantos alter egos de otros alter egos, tantos espejos idénticos dentro de dos espejos idénticos, tantos libros perpetrados a medias, tantos pensamientos incestuosos y umbilicales, que a veces cuesta demasiado discernir lo original. Lo humano antes que intelectual. Porque lo original suele salirse. Mezclarse con otras realidades, reconocerse en otros espejos, embarrarse de vida. El verdadero intelectual se multiplica. Se pierde en la rumba de un carnaval cuando arrancan los tambores con la misma pasión con que se pierde en Carpentier. Su conocimiento no lo aparta de nada, lo acerca a todo. Sabe que los gusanos que limpiarán sus huesos no usarán bufandas ni leerán en francés.

No obstante, a mi madre no la agobio con mis reservas hacia el intelectualismo, debe ser –y no hacia lo intelectual-. Le sonrío y ya me siento bonita otra vez. No se si por sonreír o porque la opinión que más me importa en el mundo es la suya, aunque sus afectos la medien.

Mis maneras de ser bonita siempre han sido muy mías. Incorporo algunos criterios convencionales, pero procuro aportaciones propias. Admito que tengo cierta propensión al ridículo y la extravagancia no deliberada. La infancia fue mi etapa de gloria, como intuyo será también mi vejez. Ahora me conduzco con más moderación, no se si por timidez o precaución. Mis espejuelos, por tanto, son bastante sencillos. Lo único que tienen de singular son unos ribetes de colores al final de las patas. Me gusta combinar lo sencillo con algo singular.

Una flor ya podría comenzar a parecer demasiado, cierto, pero no quiero renunciar a las flores en el pelo. Me cuesta un poco de trabajo ubicarla. No acabo de descifrar si es mejor el tallo por encima de la pata o por debajo, se me cae con facilidad o sobresale más de lo debido, y la flaquencia de mi cara se pronuncia. Quién sabe si tanto adorno no sea para esconderme.

De cierta manera, los espejuelos ofrecen a los ojos un lugar donde esconderse.

A veces creo que no son para mirar, sino para espiar el mundo.

Al séptimo día, ya siento que se me han injertado. Que nos pertenecemos. Que nos domesticamos. Me encanta que se empañen los cristales con café humeante, en los instantes en que lo apetezco cerca de la boca, antes de beberlo. Detesto que me falte más nariz y que se me resbalen cuando bajo la cabeza. (Estoy considerando si colocarle unos cordeles por seguridad).

Ah, y ya tuve mi primer acto heroico en una parada de noche, cuando a un niño se le desparramaron por el suelo como cien bolas (puede ser que menos) y le ayudé a recuperarlas de entre las hendijas de la acera mientras la guagua apuraba.

¿No es como para querer a mis espejuelos? Calman sublevaciones y te convierten en heroína. Si se entienden con las flores, y la miopía no arrecia, les prometo lealtad.     

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Un comentario en “El mundo con espejuelos

  1. Mónica como he disfrutado el mundo con espejuelos, será porque me toca muy de cerca. Desde mis cinco años siempre fue mi gran tesoro, hasta que por la miopía incontrolable y creciente y más aun por las burlas del recreo los cambié por los lentes a los diez, pero los guarde´ siempre con recelo , asi que quiérelos mucho jaj, luego volví reiteradas veces a ellos eran el refugio de alivio de mi vista y de mis ojos apretados por el cristal del lente.

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