En busca de coordenadas para asaltar cuarteles

                           Hay en esos momentos en que nada asusta, ni la sangre, ni las ráfagas de ametralladora, ni el humo, ni la peste a carne quemada, a carne rota y sucia, ni el olor a sangre caliente, ni el olor a sangre coagulada, ni la sangre en las manos, ni la carne en pedazos deshaciéndose en las manos, ni el quejido del que va a morir. Ni el silencio aterrador que hay en los ojos de los que han muerto. Ni las bocas semiabiertas donde parece que hay una palabra que de ser dicha nos va a helar el alma.

Hay ese momento en que todo puede ser hermoso y heroico. Ese momento en que la vida por lo mucho que importa y por lo muy importante que es reta y vence a la muerte. Y una siente cómo las manos se agarran a un cuerpo herido que no es el cuerpo que amamos, que puede ser el cuerpo de uno de los que veníamos a combatir, pero es un cuerpo que se desangra, y una lo levanta y lo arrastra entre las balas y entre los gritos y entre el humo y la sangre. Y en ese momento una puede arriesgarlo todo por conservar lo que de verdad importa, que es la pasión que nos trajo al Moncada, y que tiene sus nombres, que tiene su mirada, que tiene sus manos acogedoras y fuertes, que tiene su verdad en las palabras y que puede llamarse Abel, Renato, Boris, Mario o tener cualquier otro nombre, pero siempre en ese momento y en los que van a seguir puede llamarse Cuba.

Y hay ese otro momento en que ni la tortura, ni la humillación, ni la amenaza pueden contra esa pasión que nos trajo al Moncada.

Haydée Santamaría, 1962.

Hay de esos muertos inquietos que no dejan descansar a los vivos. Gente que invoca, silba, canta, inquiere. Gente que no enmudece ni acata. Gente que todo desde el altermundo de la presunta nada. Sombras instantáneas, informes, que rehúyen de los ojos. Esas brisas impredecibles que vienen, van y vienen, sin alterar espacios. Lo que se sospecha. Quizás, premoniciones. La muerte es un regimiento de luciérnagas inasibles, que alumbran con cada persona que se apaga, que se apagan con cada persona que alumbra. Miro ahora sus cuerpos vacíos de vida, ingrávidos, indefensos, torcidos. Parecen catedrales profanadas, que conservan, no obstante, la santidad de la liturgia. Siento el impulso de acomodarlos, de desdolerlos, de deshacerles en un abrazo la rigidez del espanto. No se bien qué busco entre tanto mártir. Miro porque alguien detuvo el tiempo en fotografías para que fueran miradas, porque alguien les levantó un podio en la historia al decidir publicarlas, porque me hablan y quiero entender sus palabras.

También, preguntarles. ¿Cómo fue que supieron exponerse al plomo y morirse por una causa? De alguna manera, mi vida debe a sus muertes. Existo porque dejaron de existir. Sin embargo, yo no se si soy el futuro por el que empeñaron su presente. No se si yo estaría en una de esas imágenes que miro, de haber nacido 85 años antes. ¿Me entienden? No se si me hubiera rebelado acaso, o si hubiera permanecido así, sin buscarme líos, sin meterme en nada, bajando la cabeza, asintiendo, apartando la vista, intentando salvarme en la ignorancia cómplice, como si el no saber fuera indulto.

Les digo esto porque ustedes también me miran, no para que sienta culpa por sus muertes, sino responsabilidad por mi vida.

Pero hagamos algo. Cambiemos de época. En vez de ir yo a la de ustedes, vengan ustedes a la mía. Porque en verdad, lo que necesito saber es cuál Moncada asaltarían hoy. El enemigo no es tan evidente. No hay tiranía, desapariciones, ni tortura. La revolución popular tomó el poder del estado, aunque el estado, como estado al fin, a veces se ocupe más de su sobrevivencia mastodóntica que de cuestiones revolucionarias –o peor, se pretenda la revolución misma-. Es cierto que en nuestra adolescencia política, por asumir paradigmas extraños, acusábamos de desafectos a quienes expresaban inconformidades, y en cierto lapso medieval, hasta nos transmutamos en parias –nos redimió a tiempo Cintio Vitier y otros-. Pero ya no. Esos son errores del pasado, inherentes a cualquier proceso de crecimiento.

Ahora estamos en un segundo renacimiento. Estamos cambiando la mentalidad, intentando reconciliar lo individual con lo social, sin que se nos individualice la sociedad. A cubanas y cubanos se nos exhorta a ejercer la crítica, involucrarnos y discutir el proyecto socialista de nación. Nuestro destino. A los periodistas, se les exige superar la autocensura, extirparse la mediocridad, tomar iniciativas, aflorar el estilo, contar verdades verdaderas, comprometerse con su sociedad. Es decir, se les (nos) exige hacer periodismo. Inclusive, a los jóvenes, les (nos) han asegurado la transferencia –paulatina- de las principales responsabilidades para dirigir la patria. 

Y he aquí que, por partida doble, a tanta insistencia para que opinemos, me encuentro hablando con ustedes. Más por edad, que por oficio, porque de periodista solo tengo un título de licenciatura, que sirve para abrir o forzar cerraduras burocráticas, pero que no te hace. Como tampoco te hace una tarjetica con foto. Ustedes deben saber. Ustedes aquel día fueron a hacer su ser en el hacer. En la acción dejaron la vida. Así yo quisiera que, algún día, mi palabra me hiciera. No a priori. La escritura no debe ser promesa sino relato. El verbo necesita sembrarse en la vida. Que me hiciera, o más bien me definiera, conforme yo la defino con lo que me traigo de lo vivido. Por eso les hablo sin encorsetarme, como tanto piden, y les tengo confianza. Se que ustedes me harían la misma pregunta que les hago hoy, si estuvieran en mi lugar y yo en el de ustedes. A lo mejor, ni siquiera me preguntaran. Preguntar tanto qué es lo que corresponde hacerse, qué es lo políticamente correcto e incorrecto, qué debemos decir, dónde y cómo, sospecho que son traumas más propios de nuestra generación. Nos entumece la permisología.   

Por ejemplo, si ustedes fueran a hacer un asalto simbólico a un cuartel, digamos filmar un documental en una comunidad de tránsito –entiéndase albergue-, no importa si pertenecen a una institución legitimada, si lo van a difundir por un medio nacional o si tienen exclusivas tarjeticas con foto. Cuando lleguen al sitio, van a tener que enfrentarse a personas que, aunque no son sus enemigos y supuestamente están del mismo bando, no van a querer que asalten su Moncada. Las propias personas dentro del Moncada, es decir, los albergados, quieren que les asalten con la cámara –hoy son otras las armas-, y ustedes son personas lo que decimos confiables, y que, además, intentan cumplir un deber social, profesional, histórico. Sin embargo, una fortaleza invisible de temores, desconfianzas, arbitrariedades, abusos de poder, con tentáculos bien tangibles, les va a impedir su derecho a hacer revolución, a hacerse, y van a apelar, puede ser que hasta con convencimiento, que con ello defienden la revolución, aunque profundas marcas de dentadura sobre un buró evidencien lo contrario.

¿Perciben la complejidad? Entonces, hay un punto en que uno no distingue cuál es la revolución, si la que uno quiere hacer, o si la que hacen los otros que impiden hacer la tuya. Si la que se abre o la que se cierra (¿y cómo puede estar todo dentro de la revolución, cuando hay tanta mentalidad funcionaria custodiando la entrada, situándonos en un afuera más grave que cualquier en contra?). Si vale más la expuesta en una tribuna o la expuesta en un juego de dominó. Si los alegatos de “somos un país bajo asedio” y “no podemos darle razones al enemigo”, sirven para proteger un país o un cargo administrativo. Si no daña más encubrir las equivocaciones -como si la gente al final no fuera a enterarse de lo que le importa-, que discutirlas públicamente –como si el enemigo al final no fuera a hablar mal de nosotros-. Si los periodistas, aspirantes y consagrados, somos tan ineptos que no podemos sino defender nuestra verdad desde la omisión de lo injusto, dígase desde la mentira. Si no debemos alegrarnos porque el enemigo hable mal de nosotros -pues ello autentifica la posición política asumida ante los problemas de la humanidad- y preocuparnos si le resultáramos indiferentes o simpáticos.

Como notarán, son muchas las incertidumbres que me causan mi contexto. Y no puedo evitar reaccionar. De tanto escuchar que ser culto, o culta, es el único modo de ser libre, lo he terminado creyendo. Dice Alfredo Guevara que nuestro enemigo, no el de la intelectualidad sino el de la revolución, es la ignorancia. La ignorancia es la mejor aliada de quienes practican la dominación de las personas. Es un apotegma tan viejo como el mito de las cavernas de Platón. Incluso más. Por eso la creación de cultura, en su sentido complejo, ha sido el centro siempre de las revoluciones liberadoras. Por eso aquí, desde el inicio, alfabetizamos, socializamos el consumo y producción de arte, incrementamos la publicación de libros, fundamos un nuevo cine. Por eso desarrollamos un movimiento artístico e intelectual humanista, involucrado con la realidad nacional, latinoamericana, mundial, que sin presumir de ilustrado promovió el librepensamiento.

Porque la libertad no se determina por la cantidad de conocimiento enciclopédico acumulado sino por la capacidad para pensar, aprender, cuestionar, decidir nuestra vida, discernir entre bien y mal. Supone alcanzar esa mayoría de edad que describiera Kant en el siglo XVIII al definir qué era la ilustración; superar la condición infantilesca en que se depende para actuar del consentimiento de razones autorizadas por el poder hegemónico; abolir el paternalismo que acomoda a muchos en el obedecimiento estéril, no por convicción sino por hábito; abominar la mediocracia que enaltece la mansedumbre y condecora a adocenados; crear, en resumen, un sistema social independiente, apuntalado en una cultura –valores, prácticas, tradiciones, lenguaje, educación- de la dignidad, que se reproduzca orgánicamente por la participación consciente de mujeres y hombres que no dependan de decretos ni del mortal de turno en el gobierno para concebir su futuro.

Depositarios del alma de las naciones, los Pueblos son entidades espirituales inconfundibles con los partidos. No basta ser multitud para ser Pueblo: no lo sería la unanimidad de los serviles. Advertía el argentino José Ingeniero en El hombre mediocre, obra pública desde 1913, una especie de brújula moral para proyectos sociales emancipadores.

Más o menos eso es lo que se aprende cuando se conjura la historia. No la laminaria, cronológica, factual, científica. La historia desde sus hacedores antagónicos, desde el testimonio carnal, desde el miedo, la duda, el conflicto. ¿Cómo no pensar si me educo en el pensar? La historia te desembruja cuando, de pronto, surge un burubú confusionista que quiere convertir la revolución en un country club, casi privatizarla, y reservar el derecho de admisión, que en el caso, sería reservar el derecho a participar en su construcción, a contarle al mundo su cuento humano –no el fantástico disneylandiano- a denunciar cuando actuamos mal, a disentir ciudadanamente con sus dirigentes políticos, ministeriales, populares, gubernamentales. Desde su escenario -tienen que situarse en el escenario porque desde un palco jamás se verá lo mismo-, uno descubre que no tiene que esperar por una invitación oficial ni un permiso emborronado de cuños para intervenir, pues por legado, a uno le toca definir la trama y el género, quien se sienta en el palco y hasta si se construyen o no palcos.        

El Asalto al Moncada puede entenderse desde una sucesión rectilínea de acontecimientos o desde una dialéctica de la rebeldía, como mismo la revolución puede entenderse lograda hoy desde el contexto de 1953, o en desarrollo desde el contexto del 2013. Pero si la historia no sirve para enfrentar los desafíos del presente, se vuelve un amasijo de efemérides conmemorativas y la rebeldía termina perdiéndose en ofrendas florales a las estatuas. Lo que nos une al pasado, lo que propicia la continuidad histórica, lo que honra las vidas a que se debe la propia, es la asunción de una actitud rebelde ante la época. No ser libres significa burlarse de quienes supieron morirse -también sobrevivir- por tu libertad.

La juventud revolucionaria no puede ser entonces un rebaño de ovejas dóciles que aceptan cualquier designio con tal de pastar en paz. ¿Cómo es posible asumir una ideología sin cuestionarla antes, sin cuestionarla todo el tiempo? Nada se defiende si no se asume, nada se asume si no se conoce, nada se conoce si no se analiza y discute. Me angustian los jóvenes dirigentes que se preocupan más por responder a las expectativas de quienes ayer fungieron como jóvenes dirigentes, que a las expectativas de los jóvenes de hoy. No se trata de un cambio generacional, si la generación que dirige reproduce una mentalidad obsoleta, que no dialoga con las exigencias de su contexto. Es preferible que nos represente el Club de los 120, antes que un joven estratosférico. La lucidez no es privativa de una edad. Necesitamos ser una juventud que sepa asaltar cuarteles, una juventud que sepa decidir, una dirigencia que sepa que dirigir es potenciar la capacidad de decisión popular y no disminuirla.   

¿Y qué juventud queremos? ¿Queremos, acaso, una juventud que simplemente se concrete a oír y repetir? ¡No! Queremos una juventud que piense. ¿Una juventud, acaso, que sea revolucionaria por imitarnos a nosotros? ¡No!, sino una juventud que aprenda por sí misma a ser revolucionaria, una juventud que se convenza a sí misma, una juventud que desarrolle plenamente su pensamiento.

(…)

No decimos que el ejemplo no valga; el ejemplo influye, el ejemplo vale, pero aun más que la influencia del ejemplo, vale la propia convicción, vale el pensamiento propio.

Dicho por Fidel en 1962, en la escalinata de la Universidad de La Habana, en el aniversario de otro asalto igual de memorable, el de 1957, al Palacio Presidencial. Una exhortación que si se lanza en algún que otro espacio, sin especificar el autor, no pocos podrían estimar como sediciosa. 

Lo difícil de determinar las coordenadas de nuestros propios cuarteles es que los cuarteles se encuentran en nosotros mismos. Para asaltar afuera hay que asaltarse adentro, no antes ni después sino simultáneamente, porque si no asaltas afuera tampoco asaltas dentro. El ser se constituye en su hacer. Decía Carlos Marx que las personas piensan como viven y alertaba Gabriel Marcel que quien no vive como piensa, termina pensando como vive. Si la revolución no se revoluciona, se niega como revolución. No puede ser lo que no hace. Se volvería un remanente, un organismo fósil, un recuerdo languideciente. Su esencia es el movimiento. Si no avanza en el camino, el camino retrocede hasta desaparecer. No hay conservación posible ni permanencia. Los derechos alcanzados no pueden refrigerarse en una nevera. La vida es sensible al tiempo.

No puedo precisar qué Moncada asaltarían hoy ustedes, ya no los hacen como antes, de confrontaciones antagónicas, ahora son más bien de contradicciones. El enemigo son concepciones de la vida heredadas del viejo mundo, que se camufla en el nuevo que se quiere. Lo que sí podría afirmar, así radicalmente, es que ustedes no serían de los que se entierran astillas de madera entre los dientes, que buscarían, que se harían asaltantes de todos los días, que de alguna manera, si no estuvieran en las fotos, sabrían honrar, más con acciones que con flores, las vidas de quienes sí estuvieran.  

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: