Alicia, la televisión, el escaparate y la danza

Lo que me gusta de la Televisión Cubana es que me devuelve la sensación de cuando me paraba frente al escaparate de mi madre a la edad en que la inocencia aumenta la posibilidad de lo imposible.

(Aquella serie de puertas grandes. Madera falsa. Algunas desprendidas amenazantes. Los espejos son los ojos espiadores del diablo. Yo espío el infierno. La cerradura. El bendito descuido de esa mujer extraña que me expulsó del vientre. La curiosidad o el hambre de mundo. Da igual. Yo horas y horas abriendo los mismos cofres. Una caja de música. La bailarina atrófica. Navidades capitalistas en galletas enlatadas o galletas navideñas en latas capitalistas. El óxido que protege. Me enrojezco las manos. Piezas incomprensibles de todos incomprensibles. Fotografías colgantes postales botones. El carné de una joven pelonegrolargo. Un corset con encajes -¡horror! ella usaba esas cosas-. Me disfrazo de mi madre. Me algodono el tamaño de los senos. Y ajá: un creyón mágico con estuche tornasol. Fua fua fua fua fua fua. ¡Mónica no tanto que después no se te cae! Estornudo el olor de lo guardado. El olor material de la memoria. Me perfumo con vicio hasta repugnar el viento. Desordeno revuelco extirpo ultrajo. Unos aretes carnavalescos arracimados. Me embolsillo en secreto algo bonito. Merecido tesoro de la aventura. ¿En qué andarás tan callada? Ay mira este polvo rancio qué desperdicio. Ya no registres que es mala costumbre. Reciba de mí con afecto esta carta. Nunca hago caso. Y la verdad no quiero marcharme. No quiero marcharme no. No quiero marcharme. Me abrazo al reguero del sublime escaparate. Universo inexpugnable de la inventura. Viejo decrépito destartalado. Un buen mi lugar mejor donde vivir. Por tantas cosas que hay para buscar.)

Y me pasa así con nuestra televisión, en ocasiones, cuando retransmite sus propias retransmisiones. Aunque claro, a la televisión no me iría a vivir, porque a diferencia del escaparate de mi madre, en la televisión no hay mucho para buscar. Sin embargo, hace pocas noches, en un zapping amateur, quizás menos, me tropecé con los pies de Alicia. Fue en ese programa de la Danza Eterna, del Canal Educativo –uno, dos o uno, no recuerdo- que conmemoraba su décimo aniversario al aire retransmitiendo fragmentos de entrevistas con bailarines y bailarinas de Cuba, graficadas algunas con interpretaciones loables.

Veamos qué trae este escaparate: Bárbara García, Lázaro Carreño, Fernando Alonso, Alicia Alonso.

Alicia.

Alicia contando una anécdota de una vez que participó en una película y, por temor a que se lastimara, no le permitieron que bajara la mano tanto como hubiera querido mientras retrocedía en punta dando saltos minúsculos con una pierna alzada en arabesque (es decir, hacia atrás) formando un ángulo de 120 grados (aproximadamente). Una proeza correspondiente a la coreografía del Lago de los cisnes, al acto tercero, donde interviene la tempestuosa Odile -que es el cisne negro, no por plumaje sino por alma, aunque el vestuario es negro- para celebrar por anticipado el triunfo probable de su maldad. Ocurre en uno de los tan esperados y emocionantes pampán, pampán, pampán, pampampampampampán, pampampampampampán… de la composición de Tchaikovsky, en que la protagonista se recuerda por siempre como cisne o se olvida pronto como mosca.

Pero no nos angustiemos. El aparato de los hermanos Lumière compensa a quienes nacimos tarde para ver a Alicia conmocionando auditorios y constatar no solo que podía acariciar el escenario mientras retrocedía en punta dando saltos minúsculos con una pierna alzada en arabesque formando un ángulo de 120 grados, sino también, lo más esencial, que sabía bailar, corazonar la técnica con arte, insuflar de vida la obra del carpintero.

El conductor ha anunciado una sorpresa. Aquí en el programa. ¿Exclusivo? Una grabación del Lago de los cisnes, de 1967, recuperada por gente desvivida por la danza, en la que aparece la Prima ballerina assoluta en el rol de Odile. Silencio conductor.

Aparecen las imágenes blanquinegras. Una nariz inconfundible. Única. Filosa. Geométrica. Un sonrisa como el mar extensa. Los ojos como dos trazos de pincel raudo. Una belleza metamorfósica, tan creíble en el sensual ímpetu de Carmen como en la candidez y fragilidad de Giselle. En el cisne negro, interioriza y representa el mal. Incluso, asusta un poco la desfiguración de su expresividad. Es fácil creer que tiene un alma enlodada. El movimiento de sus brazos parece generar maleficios. Es mordaz, despiadada, vil. Quiere condenar a Odette a la soledad del lago, al hechizo de Rothbart. No busca el amor de Sigfrido sino su destrucción. La impecabilidad de su ejecución confirma sus macabros propósitos. Cualquier imprecisión la deslegitimaría.

Para Alicia no hay peligro. Su virtuosismo asegura la verosimilitud del personaje. Hace que parezca tan fácil retroceder con la pierna alzada, girar atorbellinada en diagonal, desplazarse alígera por las tablas con los pies subyugados por las zapatillas… Como un pez cautivo que liberan en el agua. No hay contracciones musculares, esfuerzos, dolores. Alicia se libera en el escenario. La danza es su estado natural. El mundo es su cautiverio. Nada hubiera podido alejarla de sus aguas. Si no lo consiguió la pérdida prematura de su visión, ninguna otra cosa lo iba a hacer. Cuando se ama algo de veras, no hay obstáculo que impida la consumación. Pudo haber desistido sin remordimientos y confortarse hasta su muerte con la idea de que para bailar es determinante ver. Pero con una testarudez afortunada, o con su eterno amor a la danza, Alicia aprendió a ver con los oídos. Escribió su propia historia. No le venció la tentación por la tragedia. Ni Giselle, ni Carmen ni Odette. Su sino fue ser Alicia.

Y no es grande solamente porque nadie volverá jamás a bailar como ella. Es grande porque mereció la grandeza al superar su talento con esfuerzo. En el talento no hay mérito alguno. El talento es azaroso, apenas una casualidad, la manifestación del caos, una estrella que se mueve en el espacio. Si no lo fecunda el esfuerzo, sus expresiones serán distróficas, aunque muchos las aprecien de formidables. La pereza convierte el talento en una parodia de lo que nunca será. Pero, de vez en cuando, ocurren personas así como Alicia Alonso, capaces de demostrar que la danza puede ser la vida y la vida cualquier otra cosa. Quizás, un escaparate. Que la vida no es más que lo que se ama.

Siempre he creído que la isla tiene unas entrañas prodigiosas.

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