Emergencia

Era una de esas tardes de domingo en las que dan ganas de quedarse en casa. La pereza se enfunda en los domingos como se deslizan los segundos en el embrión de un minuto, los minutos en el embrión de una hora, las horas en el embrión de un día. La eterna inmutabilidad del tiempo. Pero en nada de eso estaba pensando entonces. El domingo es para tirarse al abandono y olvidarse de la pedantería del tiempo. Y todo hubiera seguido el curso del hábito, si no hubiese sido por una fiebre intempestiva.

Advierto que soy antihospitales. Considero que ese temor de la gente vieja, ese siniestro entras pero no sabes si sales, es tremendamente cierto. Si se dice, por algo debe ser. Me falta edad para asumirlo, pero en algunas cosas más vale ser precoz. Además, es muy sabido que la fiebre es una reacción defensiva del organismo ante una infección, indicio de que por allá dentro el sistema inmune anda haciendo su trabajo, aunque sea domingo, y no hay infección que un ciclo de antibióticos no solucione. Eso me lo enseñó un amigo que se automedica. Por supuesto, siempre toma la dosis exacta. Y yo también.

De cualquier manera, me insistieron tanto para ir al médico que para complacer terminé yendo. Ve mejor a un hospital porque en el policlínico no hacen análisis de urgencia. Y en una hora, como a las seis de la tarde, ya estaba en la sala de espera de un cuerpo de guardia.

Pregunté por el último, como se acostumbra, pero no me respondió. El último se había ido, al igual que el penúltimo. (A lo mejor hablaron, se cayeron bien y fueron a dar una vuelta). Yo me quedé detrás de la señora de la blusa amarilla que iba delante de la penúltima persona. No se si era grave lo que tenía, pero estaba acompañada de dos hombres. La señora, no la penúltima persona. Quizás, a alguien más le pasa lo que a mí, que cuando me encuentro en un hospital siento ganas de saber qué enfermedad tiene el otro, la otra y el otro. La salud es una embustera. Quien más bien se ve, a veces es quien peor está. De niña, yo siempre esperaba que mi mamá supiera qué tenía cada paciente, y como si no bastara, le pedía que me explicara en qué consistía. Me frustraba mucho cuando no conseguía ofrecerme respuestas complejas. A esa altura de la vida, uno cree que los padres deben saberlo todo. Hubo una época en que quise ser médico, específicamente forense, para enterarme de qué moría cada muerto que entrara a la morgue, y porque así no había probabilidad de que un error mío matara a nadie. Esa idea me atormentaba. Sin embargo, el destino quiso que terminara estudiando periodismo, y ya me ven aquí, graduada, más grande que antes, aunque a menor altura. La estatura de la infancia es inalcanzable.

Así que, delante de mí –bueno ya me senté- había un señor mayor acompañado de otro menos mayor, o joven, podría decirse, al que le afectaba algo en los pulmones porque tenía una tos mandada del mismo infierno. Para toser, el señor mayor se levantaba con todos sus años, caminaba parsimoniosamente hasta el servicio sanitario (año y baño producen una cacofonía horrible), y desde la privacidad se podían escuchar sin interferencias los rugidos de su garganta, sus expectoraciones, sus desgarros. Luego, retornaba a su asiento. Aunque creo que mejor les voy a decir la verdad. Ese recorrido, solo lo realizó una vez. Durante mi estancia allí, la tos no volvió a ser tan agresiva como para levantarse, y cuando necesitaba escupir –para qué andarse con finezas- lo hacía en el piso, entre sus piernas, donde mismo estaba sentado, a menos de dos metros de mí, delante de la silla que en una hora ocuparía otro ser. Tenía un pañuelo en su mano, seguro cualquiera pudo ofrecerle una jabita, de haberla pedido, o un trozo de papel. Pero ná… ¿Pa’ qué? Si total…

Me acordé entonces del psicólogo Calviño -tan especializado en los traumas de nuestra sociedad- y de su programa de la ciudadanía, y me pregunté si debía actuar ciudadanamente, inquirirle, llamar a alguien, decir algo. Compañero, por favor, no escupa en el suelo que esto es un hospital, hay personas enfermas, el aire acondicionado, el contagio. Miré a la gente cercana, como buscando apoyo, por si alguien más padecía la misma indignación. Hice oír algunos comentarios acerca de la higiene. Esto es un desastre. Parece un hospital de guerra. Cuánto abandono. Y no recuerdo qué más. Sin embargo, a nadie parecía molestar lo mismo que a mí, o por lo menos, todos disimulaban su molestia bastante bien. No me sentí con el ánimo de crear pleitos, me cuestioné el derecho al pleito, o su sentido, y marché con mi fiebre hacia el confinamiento en un libro.

En ese instante minúsculo -el instante en que se decide hacer, o no, lo que se valora correcto siempre es minúsculo- decidí contenerme, no tanto por cansancio como por una especie de neurastenia. No es saludable vivir peleando con el mundo a todas horas. Es fatigante. Porque más que pugilistas moralizantes, lo que necesita La Habana con urgencia son litros de educación en vena. Por eso prefiero aplicar, sin rimbombancias, la fórmula freiriana de la pedagogía del ejemplo, o al menos no hacer lo que critico. No es una brigada de regañadores ambulantes lo que nos va a enseñar a convivir en armonía y respeto. Es la educación, la reivindicación social y económica de la profesión del maestro, la dignificación de las escuelas, la transformación del sistema de enseñanza, de sus verdades y metodologías, lo único que va a exorcizar la indisciplina, o mejor, inculcar nuevos valores en nuestra identidad cultural.

Pero, de vez en cuando, sucede algo que te hace bullir la sangre en la cabeza, y hay que echar la bronca, civilizada y lúcidamente, en lo que se resuelve lo de educar. Excepto, por supuesto, cuando te ataca la neurastenia. Trastorno neurótico caracterizado por un cansancio inexplicable que aparece después de realizar un esfuerzo mental o físico. Suele tener como consecuencia una disminución en la eficiencia para realizar o resolver tareas cotidianas y, si se mantiene el trastorno durante un tiempo prolongado, puede llegar a causar trastornos depresivos o de ansiedad. Según ilustra ese oráculo del mundo moderno, más conocido por Wikipedia. Ahora, dígame usted Calviño, si no podríamos diagnosticar a esta ciudad tropical como neurasténica. Nuestra euforia desembocó en letanía, como un disco gramofónico que se detuvo abruptamente, mientras reproducía la Marcha triunfal de la Aída. Tana tatán tantán, tana tatán tantán, tana tatán tantán, tana tatán tantán, tana tatán tantán… Es muy normal querer interrumpir su aletargamiento, con una buena zarandeada o un beso, pues aguja, lo que se dice aguja, no hay ninguna visible que se pueda levantar.

Si tan solo supiera dónde besar a La Habana.

En la tarde del domingo pasado, sin embargo, hubiera sido imposible. Para besar o zarandear hay que tener ganas. Yo, sentada en un descontinuada fila de asientos de plástico negro, elegí la distensión del trastorno neurótico. Una pausa breve y discreta. Eso también hace falta. Y leer. Leer ayuda a organizar el pensamiento, encontrar conexiones entre las ideas, reconocer las equivocaciones, los excesos. Igual, a ratos, hay que salirse de la lectura y observar. Observar es otra manera de leer, de leer la realidad.

Aquella sala del hospital estaba recién reparada. Las luces blancas del techo alumbraban sin parpadeos. El piso todavía mostraba salpicaduras de cemento. La climatización funcionaba. Había frío. Aunque la puerta nunca se cerraba. ¿Había puertas? Tampoco se fumaba dentro. Algunas personas encendían su cigarrito antes de salir y otras entraban botando humo por la boca, pero nada del otro mundo, minuciosidades, no más.

De pronto, una mujer entró corriendo descalza y pidiendo ayuda. Necesitaba rápido un camillero. Todos la miramos. Volvió a salir, probablemente rumbo a la ambulancia. Adentro un hombre desdentado muy viejo permanecía encogido sobre una camilla. Al lado, había otra vacía. Pasó como un minuto, puede que menos o más, y el camillero apareció. Agarró la camilla vacía, no con la prisa que, a mi juicio, correspondería a la alarma de la mujer, pero quién sabe si son meras impresiones mías. Lo cierto es que yo nunca he trabajado en un hospital y no podría determinar la velocidad apropiada para socorrer a una persona herida. Entre Doctor House, ER (Sala de Emergencia) y Grey’s Anatomy, ya es muy difícil saber cómo se supone que debe ser la atención médica. Es muy fácil confundirse. ¿No les pasa? Bueno, de acuerdo, admito que la comparación no es proporcional. Quedémonos entonces con Sala de Emergencia, que tiene el hospital más pobre, el que conoce de carencias y pasa trabajo. El bloqueo no es ninguna bobería. Pero no obstante a eso y muy a pesar de todo, sospecho que hay pequeños detalles que no tienen que ver ni con tecnología ni con infraestructura. (Es apenas una sospecha).

Sobre la mujer que entró corriendo descalza, por si hay alguien que padece de la misma curiosidad que yo, le cuento que traía a una señora con la nariz sangrante. No pude enterarme cómo fue. La pobre estaba consciente, pero muy nerviosa. He percibido que quienes sufren algún accidente, doméstico o de tránsito, siempre creen que van a morir. Ahí es cuando irrumpe un médico o médica, en toda su humanidad, y le habla, le inspira confianza, le asegura que está en las mejores manos, que harán lo posible para que se recupere, que todo va a salir bien. Es decir, le transmite esperanza. En un enfermo o herido la esperanza es indispensable.

Pero nadie es perfecto y de los buenos quedan pocos. (Eso asegura la gente por la calle, no es que tenga que ver con lo que escribo, solo se me ocurrió de repente).

Por fortuna, siempre tenemos a la familia. A los pocos minutos de que la mujer descalza se internara en alguna parte, un niño como de ocho años, presumiblemente su hijo, entró con unos zapatos en la mano y se paró expectante delante de nosotros. Por ahí. Dijo alguien indicándole. Detrás de él, dos mujeres más aparecieron preguntando por la señora herida.

Un blues empezó a sonar. Seguro que desde una radio. Rondaban las siete de la noche. Imprecisable el minuto. La tarde caía pretenciosamente y la suavidad de la luz inundaba el salón. Entonces, ella apareció de la nada. (Claro que no de la nada, es una licencia poética). Ella, la encargada de la limpieza. Demasiado mayor para la saludable inmundicia de nosotros los enfermos. Portaba unos guantes rosados que me inundaron de calma. No era una improvisada. Primero, barrió unos cuantos pellys y papeles. Después, del carrito azul rodante de sus utensilios extrajo una frazada, bastante nueva y limpia -no se asusten por anticipado-, la colocó en un trapeador sui géneris, que imitaba el bambú, o ve a saber si era de bambú (no conozco mucho de maderas), y empezó a danzar un vals precioso por donde no molestara a nadie. El ADN del señor muy mayor que tenía una tos mandada del mismo infierno, desapareció en un santiamén con un sencillo desplazamiento de la frazada. Se trataba de una experta, sin dudas. En el suelo no quedaron evidencias. Me pregunto cuánto tiempo duraría así.

Todavía no me habían atendido, cuando pusieron Aquarela do Brasil. Había una consulta. Un médico. Una silla. La consulta de al lado era para hospitalizados, pero no tenía demanda. Antes de que llegara mi turno, un hombre con espejuelos negros que salió de la nada, y no es una licencia poética, me dijo que iba delante de mí. ¿Se acuerdan que había marcado detrás de la mujer de la blusa amarilla? Yo también me acordaba y se lo dije, pero no me hizo caso. Aseguró que ese turno era el suyo. Tal vez era la última persona que no se entendió con la penúltima, o viceversa, y regresó. Lo dejé pasar. Ya yo sabía lo que me iban a decir.

En efecto. Di Aaaaaa. La garganta. Agua con sal. Antibióticos. Dipirona. Cinco minutos. El médico arriba de la mesa, yo en la única silla, y en la camilla una muchacha que le esperaba. Eran de otro país, de uno donde no se habla español. No se cuál. Gracias doctor.

Los amigos siempre tienen la razón. La mayoría de las veces, se va al hospital a que el médico confirme lo que ya se sabe. Y el resto, el resto, por lo general, a que confirme el siniestro temor de la gente vieja.

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Un comentario sobre “Emergencia

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  1. Una vez monté en el carro a un señor con un ataque de epilepsia a solicitud de un policía. Cuando llegué al hospital, un camillero -con toda su santa calma- dijo: Ah, sí, ese ha estado aquí otras veces. Y como quien lo deja en el carro trató de irse pero mi humanidad no llegaba a tanto y le insistí para que lo bajara.
    Y sí, al médico voy porque no puedo firmar yo las recetas.

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