Penélope va a la escuela

Mi sobrina Penélope comenzó la primaria el lunes pasado. En noviembre ya cumple cinco años en el mundo. Terrible cómo pasa el tiempo. Recuerdo cuando la vi por primera vez en una foto de ultrasonido. La agarraron desprevenida y la imagen no le hizo fe. Hubiera podido ser considerada una criatura alienígena. Pero como el amor trastorna todo, o bien elige lo subliminal, a su familia nos pareció hermosísima. Un primor. Los ojos del corazón confieren belleza a lo que aman. No como requerimiento del amor sino como consecuencia.

Yo, de cualquier manera, fui creando conexiones con Penélope desde que estaba más cercana a los anfibios que al Homo sapiens. Nos comunicábamos a través del ombligo de mi hermana. La ciencia asegura que un bebé en vientre no solo puede escuchar sino también entender (o algo similar). El caso es que hacía toc-toc con un dedo y la llamaba. Entonces le decía cualquier cosa que se me ocurriera. Que teníamos muchas ganas de conocerla, que le íbamos a cuidar y le enseñaríamos a cuidarse, que iba a tener un fenómeno de tía, que las Penélopes no estaban predestinadas a la espera, que el afuera desconocido era subjetivamente maravilloso, que aprendería pronto a ser feliz, y otras verdades por el estilo que valoraba imprescindibles.  

Su nacimiento trascendió como uno de los sucesos más impresionantes de mi adulta existencia. Antes claro que había presenciado otros, pero este fue especialmente distinto. Haber sido testigo de la expansión progresiva de mi sobrina en la barriga de su madre, concedió al momento de su arribo al mundo connotaciones mágicas. La naturalidad del surgimiento de la vida no disminuye su esencia extraordinaria. Lo simple definiendo lo complejo, lo complejo definiendo lo simple. Un ser independiente que se desprende de la unión de dos seres independientes. Aunque, para ella, todo no haya sido más que un llanto muy intenso, por culpa de alguien que, en su primer minuto de existencia, le pega de súbito en una nalga: el primer aviso de que la vida no será fácil. 

Cuatro años después y un poco más, Penélope ya entiende lo suficiente como para empezar la escuela. En esa institución se supone que deberá valerse por sí misma. Asumirá responsabilidades, conocerá un nuevo tipo de autoridad, se portará mal bien y otra vez mal, confiará un secreto y lo contarán, contará un secreto que le confíen, se reirá de un niño con apellido extraño, se reirán de ella por sus botas ortopédicas, se agarrará a los pelos con otra niña, compartirá la merienda con la niña que le haló el pelo, se hará buena amiga de la niña a quien haló el pelo, caerá corriendo y volverá a correr, ganará una cicatriz para toda la vida, le gustará alguien y no querrá que lo sepan, se fijará en un examen, hablará en clases, dibujará corazones en las libretas, hará cosas que no le gustan para que la acepten, conocerá la relación entre el sexo y su nacimiento, contraerá prejuicios que perderá con los años, soñará un futuro o varios, mentirá por miedo… En fin, vivirá, y de paso, estudiará los números, las letras, la naturaleza y demás etcéteras necesarios.

Yo, en mis 25 años, no he tenido una etapa académica que supere en intensidad la primaria. Se debe a una mezcla de razones, algunas inconfesables. Hay quien me dice que porque fui una niña malcriada, que creció sin disciplina y con pocos límites. Pero yo prefiero recordarme como una niña feliz. El paradigma de hija que ninguna madre ni ningún padre asumiría, pero feliz. Ni siquiera yo misma me quisiera como hija. Me falta paciencia para conmigo. Por suerte, no fui mi propia hija sino la hija de mi madre y un poco bastante la de mi hermana. Entonces, mi felicidad. Mi felicidad consistía en la convicción profunda de que al mundo uno venía a divertirse y hacer todo lo que se sintiera y cuanto por la cabeza cruzara. La escuela no era más que ese universo fabuloso donde ir a jugar hasta bien tarde, donde explorar rincones, vigilar bicharracos en aguas sucias, saltar de la plazoleta, moverme a escondidas aunque no hiciera falta, espiar la oficina de la dirección, y saltar un muro y fugarme de vez en cuando en busca de un durofrío de fresa. La escuela era cualquier cosa que yo quisiera menos lo que debía ser. Una clase era una tertulia, sin importar junto a quien me sentara ni si me sentaban sola ni si me paraban frente a la pared; las libretas, un peso que restaba lugar a lo substancial en mi mochila, con demasiadas páginas en blanco -arrancaba más de las que utilizaba para copiar-; y las tareas, un exceso de mis profesoras, una flagrante violación de mi tiempo. Era todo lo opuesto a lo estimable como buen ejemplo. Y si bien esa infancia ha tenido un costo alto en muchos sentidos, estoy segura de que a ese desorden que fui -bien amada, a pesar- debo, y deberé, cada palabra que yo sea.                    

Penélope por suerte no salió al desastre de la tía. Le aseguró con alivio mi hermana a su madre en una conversación telefónica donde le contó del primer día de su nieta. Regresó con el uniforme impecable. ¡Si ves la blusa! Vaya que se la podría poner mañana si quisiera. Y peinadita, peinadita. Como yo la dejé, así la recogí. Y mi madre. Menos mal hija. ¿Y comió? Y mi hermana. Sí, se comió las croquetas que llevó en un cacharito con los chícharos y el arroz que le dieron en la escuela. Y los chicharros se los comió sin colar, porque me dijo que todos los niños se los comían así. Y yo por otro teléfono. Que haga las tareas, que si no se acostumbra, después no hay quien le haga abrir una libreta. Y mi hermana. Sí, ya la hizo. Le mandaron a colorear una hoja de azul. Ya hoy en el aula hasta le dieron una estrellita roja por colorear bien en un solo sentido, porque como ya eso lo sabía del círculo. Y yo. ¿Entonces le gustó la escuela? Sí, sí, le encantó. Dice que tiene que llegar temprano para que no le pongan una jicotea y parece que se porta bien en el aula.

Al día siguiente, ya llegó a la casa con una pregunta. Quería que le explicaran el significado de héroe. Los héroes son los que dieron la vida por los ideales y lucharon porque tuvieras una escuela linda. Le dijo mi hermana muy didáctica. ¿Entonces por qué mi escuela no es linda?

Que nada, que los niños tienen cada cosa. Pero no es que la escuela sea fea. Solo que no es de las reciben visitas protocolares y hay algunos detalles que deberían arreglarse. Afortunadamente, el aula de Penélope es de madres preocupadas –las mujeres prevalecen en la preocupación por los asuntos escolares- y el fin de semana antes de que iniciara el curso pintaron las paredes, mitad amarillo y mitad azul, y ya hasta acordaron realizar una colecta para comprar un ventilador, porque los dos del techo que hay no compensan la falta de ventanas ni disminuyen el calor.

La maestra también es muy preocupada. Desde el primer día tenía el aula totalmente dispuesta para recibir a sus estudiantes. En la esquina de cada puesto había colocado tempera, lápices de colorear, crayolas, un cuaderno y otros materiales para utilizar allí. En las paredes colgaban los símbolos patrios y láminas ornamentales. Y en la cara de la maestra se asomaba una sonrisa y un rigor tradicional que me inspiró confianza. Es de las que se implica con distancia. Supe que no puede pedir nada para la escuela porque la amonestarían directo en su salario. Cualquier contribución para la higiene y embellecimiento del local y sus entornos debe surgir como iniciativa de las familias interesadas. Aparte del catre, un cojín y una tapa para colocar en la taza del servicio sanitario, no se requiere nada más.              

Mi hermana, por su parte, tuvo una iniciativa y compró una zapatilla para la pila del baño que desbordaba el agua y pretendían clausurarla. Consideró que por dos pesos cubanos que cuesta una zapatilla nueva, no hacía falta tomar una medida tan drástica. No sé si ya la habrán puesto. Tengo que averiguar.

Y, por supuesto, el baño no huele bien. Aunque eso no es algo nuevo bajo este sol. Toda mi generación estudió en escuelas con baños que huelen feo y aquí estamos, o allá están, pero el caso es que estamos. Uno se adapta y se inventa sus estrategias para superar las dificultades. En mi época de primaria nos colocábamos la pañoleta en la nariz, olíamos la manga de la blusa, aguantábamos la respiración o el olfato se volvía más tolerante. También había quien enfermaba de los riñones.

El comedor era otra aventura, aunque para mí fue más del tipo observación no participante, porque yo no comía ni en mi casa. Recuerdo sí unas frituras que me encantaban, pintarme los labios con remolacha y jugar con el agua de los frijoles sin cuajar. Ahora cocinan mejor. La situación económica del país es otra y ninguna primaria será igual a una de los noventa en su esplendor. (Esperemos que no). En cualquier circunstancia, el estómago se acostumbra o se implementan formas primitivas de intercambio. La merienda que más le gusta a un niño es siempre la que trae otro. Por ahí empezamos a incorporar el hábito de compartir, o no, y tenemos los primeros acercamientos a las ciencias químicas con la experimentación en la mezcla de refresquitos de preparar. Quien no ha pasado por eso, no sabe lo que es la vida, diría un gran teórico social.    

Porque en la primaria tienes dos opciones: o te adaptas o te adaptas. Así que mi sobrina  Penélope se adaptó. Para esta fecha, ya tiene actitud de veterana. Incluso trasladó para allá su cesto de juguetes, todos sus juguetes, o una buena parte, y no de los rotos ni viejos. Confieso que me sorprendió. Dice que porque en la casa no juega, que mejor están en el aula, que ahí tiene con quien jugar. Imagino que ella sabrá lo que hace. Hay que dejarla que se desarrolle.

Y pensar que días antes de comenzar el curso, no quería saber nada de la escuela. Estaba muy reticente porque no sabía como iba a escribir lo que le dictara la maestra. Los niños cada vez tienen preocupaciones más existenciales. La lunática de Dora y el tal Diego traumatizan a cualquiera. Por eso preescolar es hoy un lugar distinto. A esa edad mi mayor inquietud era encontrar niñas que quisieran jugar conmigo. Pero también Penélope es diferente. Tiene una madurez tan portentosa para su edad, que incluso le causa tristeza a su abuela. Entiende lo que no debería entender. Lo percibe todo. O si se prefiere, no se le va una. Reconoce el enojo, el engaño, la honestidad, lo justo. Es muy revelador ver cómo se conforma su moral, cómo se define, cómo se enfrenta a la vida. ¿Y dónde aprendiste eso? El proceso de aprendizaje es más misterioso de lo que sospechamos. Ya mi sobrina defiende sus derechos y se enfrenta a los adultos. Casi nunca se amilana. Y en esos momentos en que alguien la mortifica, como para retarla o por pura pesadez, y ella responde y se defiende como puede, trato de no intervenir. Necesita aprender a resolver sus problemas para ser independiente. Es difícil controlarse, porque cuando se ama a alguien uno quiere proteger a esa persona del mínimo daño, pero a largo plazo eso causa un daño mayor.

Hay veces que sí la ayudo a ayudarse. Por ejemplo, aún no comprende la importancia del esfuerzo y la perseverancia para lograr hacer algo. Se frustra muy rápido y su orgullo le impide insistir. Dice entonces que es una inútil y una buena para nada -¿ven que tengo razón con lo de Dora?-. Cuando le enseñamos a hacer las letras y no logra reproducirlas bien, se molesta. Es zurda y encima escribe al revés, como los árabes. Entonces le digo que para escribir bien hace falta práctica, que tiene que hacer muchas veces los mismos trazos, que requiere tiempo y esfuerzo, que su nombre no le saldrá bien al primer intento, y lo que crea le pueda servir. Aunque considerando que hay quienes nunca aprenden a lidiar con el fracaso, que mi sobrina de cuatro años aún no lo haga, no es nada grave. Lo importante es expresarle confianza.

A mi juicio, hay dos cosas que son vitales para un ser humano que se inicia en la vida: el amor y la fe. Saberse amado –dígase recibir afectos y cuidados (jamás sobreprotección)- y que quienes te amen, de una u otra manera, crean en tus capacidades intelectuales, físicas y espirituales. Yo creo en ti es una frase indispensable para un niño, y también para quienes lo son menos. Todos los sueños, siempre que no impliquen el mal de nadie, merecen respeto. No importa si es cuidando flores en los jardines, apagando fuegos, arreglando uñas, explorando el cosmos, bailando rumba, montando bicicleta, pintando paisajes o arreglando zapatos. Ya la vida es un trayecto lo bastante tempestuoso como para que encima las personas que te quieren le den picotazos a tus alas.

Nadie sabe lo que cuesta tener un sueño y atreverse a realizarlo, como quien tiene el sueño y se atreve a realizarlo. Quien no vaya a dar ánimos para descubrir la trigésima dimensión, mejor que se aparte. ¿Que acaso no comprende lo difícil que puede ser creer en la existencia de la trigésima dimensión? El coraje para soñar es de lo más tambaleante que hay. Lo permean las dudas. El no se si podré. Y nunca se tiene la seguridad absoluta de poder alcanzar algo. Simplemente uno se arroja en una lucha incesante entre las dudas, la fe, el coraje y la pasión por el sueño. Lo inadmisible no es el fracaso, sino cuestionarse un hubiera podido cuando es demasiado tarde. La persona fracasada no es la que fracasa mil veces en el intento por, sino la que naufraga en el fracaso o renuncia antes de fracasar. Hay que morirse en el intento.

Si en el mundo nos amáramos más liberadoramente, a nosotros y a los demás, si diéramos un yo creo en ti al menos una vez al año, yo creo en ti al amigo, yo creo en ti a la hija, yo creo en ti a la madre, yo creo en ti al estudiante, más sueños serían verdad aunque no fueran reales y más personas serían felices. Este es un mundo donde prevalece la infelicidad. O una visión distorsionada de la felicidad como acumulación de lo caducable. Se celebra más fácil un par de zapatos nuevos, que la valentía demostrada por alguien que se lanza a soñar. Hay demasiados egos e inseguridades que nos impiden alentar a quien decide salirse de lo establecido como normal para buscar su felicidad. Además, cuando no se cree ni en uno mismo, es muy difícil creer en los otros.

Las amigas y amigos que creen en mí yo los conseguí en la primaria. Y me han salido bastante buenos porque me han durado hasta hoy. Tenemos nuestros remiendos y algunos hilos sueltos, pero ahí vamos con lo esencial. También resolví otros por la universidad, que para haberme costado apenas cinco años, han salido tan buenos como los viejos. Desde luego, creo en todos. Y se que si mañana despierto con la idea de ser marinera, me dirán que el mar es algo maravilloso para navegar y veremos juntos la saga de Piratas del Caribe. Para mí, eso es lo que define la amistad.

Un amigo es ese alguien que cree en ti, que te va a apoyar a un teatro si decides incursionar en la danza o te regala unos pinceles si de repente te sientes una Khalo en potencia, que fundaría un movimiento internacional contra quien te lastime, que se olvida de su propio dolor para ocuparse del tuyo, que te regaña sin juzgarte, que te acompaña en los errores con consciencia de que estás errando, que te anima a saltar o a salir volando. Y si después resulta que el mar te causó nauseas y no llegaste adonde esperabas, que te confundes bailando en un escenario, que no te queda pared donde colgar tus pinturas ni a quien más regalárselas o que te estrellas en pleno vuelo o a mitad del salto, te sacarán a pasear para hacer unas cuantas ridiculeces, quejarse contigo de la vida y animarte para el próximo intento.

De mi primaria, los mejores recuerdos se sustentan en lo afectivo. Son destellos imprecisos. Una serie de instantes dispersos, más vulnerables a la invención que al olvido. En ninguno estoy sola, o será que uno se reencuentra en la memoria como necesita en el presente. El pasado es con lo único que contamos para abordar el presente. Es nuestra historia. Las personas actúan primordialmente desde la experiencia. Aun cuando hacen eso de escuchar el corazón o seguir su intuición, es partiendo de lo que consideran que demanda ser registrado, de lo que les falta, de lo que temen no ser. Lo demás, lo que no se siente lo suficiente, va y viene como el oleaje. Mi mayor expectativa con Penélope, no puede entonces ser otra que esa, que encuentre amigas y amigos que valgan para construir una buena historia, del tipo que nunca te deja sola.      

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6 comentarios en “Penélope va a la escuela

  1. Me he tardado en leer este post, pero parece que mi subconsciente sabe lo que hace. En otro momento me hubiera encantado, pero ahora me devolvio algo muy importante.
    Esos recuerdos de Solidaridad con Chile (que pudieran ser Tio Ho, o Martires de no se donde) son el ingrediente principal de un ajiaco que nos mantiene a todos luchando por alcanzar la luna, o cosas igual de desconcertantes.
    Yo recuerdo que a mi no me correspondia Solidaridad con Chile. Mis padres recien se habian divorciado y segun el “orden” me tocaba ir a Tio Ho, una primaria como cualquier otra. Pero mi madre tiene visiones, poderes, entrannas de madre que le dicen cosas, (las mismas que usa para saber, sin ninguna otra fuente de informacion, cuando yo estoy enferma, o en problemas, aun cuando vivo pais por medio) y esas le hablaron sobre la seleccion de mi escuela primaria. De no haberle hablado las entrannas, yo habria ido a Tio Ho, y habria conocido a otras Monicas, otras Claudias, otras otras…. La vida quiso que conociera los amgios que todavia tengo; la vida al parecer sabia que los iba a necesitar mas que cualquier otra cosa.
    Y es asi. La vida sabe lo que te va a poner encima mientras dure tu respiracion, asi que por piedad, o para hacer mas justo el combate, te va tambien armando de defensas. Unas que ella misma escoge, pues sabe estaran a la altura de la batalla.
    A Peny le deseo lo que me desearon a mi en su momento. Que esta sea una de las etapas mas felices de su vida. Si tal como parece, heredo algo de la tia, de seguro lo sera.
    La primaria no fue la etapa mas linda de mi vida, pero tiene un lugar primordial en mi memoria, por todas las pequennas partes de mi que se formaron en esa epoca. Pequennos pedacitos de Claudia que se fueron dibujando y definiendo, con timidez, pero con decision.
    A veces parece imposible que hayan transcurrido 20 anios, otras veces parece que 20 anios es muy poco. La relatividad…
    Peny, diviertete todo lo que el corazon te permita. Disfruta con los juguetes y los nuevos amigos. Se princesa, mataperra, aplicada… se todo! Pero sobre todas las cosas Peny, si encuentras una ninna de pelo rizado, flaquita, que parece un poco fuera de lo normal y hace y dice cosas a veces raras, !agarrala fuerte de la mano y nuna, pero nunca, la dejes ir! Yo lo hice, y creo que gracias a ello estoy viva.
    Besotes grandotes,
    Tia Clau

  2. Yo estudié en Solidaridad con Chile una parte de mi primaria, en otros tiempos: Silvio tenía a su hija Violeta allí y un día cantó PIONEROS en el patio de la escuela.. y convertimos esa canción en nuestro himno (al menos mis amigos de esos años y yo).
    En estos días he tenido pérdidas de cosas materiales que han tomado una dimensión importante porque he tenido los mejores abrazos de amigas y amigos cercanos. Y sí, construyo historias con amigos que valen mucho, que me dejan sola, sólo cuando lo necesito.
    Excelente texto, muchas gracias. Seguiré atenta.

    1. Sí, eso suena al tipo de cosas que hacen las amigas y los amigos. Te dejan estar sola cuando hace falta, te acompañan de mil maneras cuando les necesitas, y cuando crees que no les necesitas y dices que quieres estar sola, pero en verdad no es así, no te hacen caso de lo que dices y se quedan contigo. Gracias por leer.

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