Yellow ribbon

No consigo salir tranquila de mi casa si no alcanzo la certeza suficiente de que no olvido lo necesario. La certeza absoluta en relación a mí, a los demás, al mundo y a cualquier cosa, nunca podré tenerla. La verdad es demasiado casta. Solo admite aproximaciones. Nosotros somos demasiado impuros, o si se quiere, subjetivos. Sin embargo, necesito la máxima certeza que pueda permitirme. Aplica en todo, y si no fuera así, ya no tuviera casa, ni mis vecinos de abajo, ni mis vecinos de arriba. Me cuesta salir, dejar un lugar, con la sensación de que olvido algo, de que algo me falta.

Cinco minutos, en ocasiones hasta diez, si no me concentro, me bastan para salir tranquila, para que mis pies avancen con mi cabeza. De lo contrario, mi cabeza se queda en el lugar donde cree haber dejado algo importante. Y todos sabemos lo necesaria que es la cabeza para andar por la vida. Así que necesito deambular, dar vueltas en círculo, revisar lo mismo varias veces, hacer algunas repeticiones, nombrar las cosas, para poder estar segura.

Empiezo por mí. Ajustador ya. Desodorante. El Pelo. Me cepillé los dientes. Los zapatos. La cartera. Memoria flash. Celular. Agua. Sombrilla. Sigo por las plantas. Nos despedimos y busco si hay algún bicho amenazante, alguna hoja nueva, alguna hoja seca. Sigo por las ventanas, las persianas. Sigo por la cocina. Uno, dos tres, cuatro. Ninguna llave del gas abierta. La tostadora apagada. El refrigerador cerrado. Sigo por los cuartos. La plancha desconectada. El baño, las pilas del agua, la lavadora. Me tomo uno o dos minutos quieta. Observo todo. Siento el orden. Agarro las llaves y salgo. La puerta abajo, luego la reja. Abro la puerta, no abre. Abro la reja, no abre. Digo cerrada, porque recuerdo mejor las palabras que las imágenes, y bajo las escaleras. Cierro la última reja y veo si recuerdo que cerré bien mi casa. La mayoría de las veces vuelvo a subir, para volver a asegurarme.

Para quien piense que es excesivo, me avisa y le cuento la cantidad de cosas que he dejado olvidadas en mi vida o que hecho al revés, por despistada que soy, por no tener la cabeza en el mismo lugar en que se encuentran mis pies. Digamos que se trata de precauciones. Una táctica para compensar mi incapacidad para prestar atención a lo que debo y no a lo que se me ocurre.

Sin embargo, hoy, a pesar de todos mis cuidados, me fui con la sensación de que olvidaba algo. Y en cuanto llegué a la esquina, lo supe. Me faltaba mi yellow ribbon. Todo el mundo tenía la suya, o un pulóver, o una blusa, o un vestido, o una cinta de pelo. Un señor con esos carritos metálicos de diplomercado que transportan cualquier cosa. Los árboles, las hojas, las rejas, las casas. Y sentí que la ciudad de pronto se reía. Te lo quedaste, te lo quedaste. Incluso un carro era amarillo, y las placas de los taxis, y las líneas de la calle. El amarillo continuaba siendo amarillo y los otros colores que no lo habían sido, hoy eran, hoy son también amarillos.

No importa, ya alguien me dará alguna. Y seguí, porque comenzaba a olvidarme de que estaba apurada, que se me hacía tarde, que se me había hecho tarde.

Mi prima me había llamado en la mañana y me había contado de su hija, que cuando la dejó en la escuela todo el mundo de amarillo. Un perro, un hombre con un pantalón de cuadros, zapatos y pulóver, y Sofía con un lazo inmenso en la cabeza, que no se ni lo que parecía, me dijo mi prima. Pero cuando hablamos yo andaba escribiendo y grabé sus palabras, pero las dejé guardadas para interpretarlas cuando terminara con las que estaba trabajando. Y fue así que se me olvidó.

En cuanto llegué a la revista, lo mismo, la gente con su cinta y los cuentos de la cinta y el amarillo que es el color de la Caridad y Ochún es la Caridad y es amarilla. Por suerte el que atiende deporte me dio una, un trozo de cinta, y yo hice lo que pude con un tirante de mi camiseta y ya me sentí más en calma.

Con esa insignificancia iba feliz, hasta que abrí uno de los libros de cargar en la cartera que ahora leo, y allí adentro, como marcador, había un lazo que me habían regalado. Un lazo amarillo como de papel chino, que me pareció el mejor yellow ribbon del mundo porque era el mío. Creí que lo tenía dentro de otro libro, pero no, de alguna manera, no recuerdo cómo, estaba en el que traía. Y bueno, me lo enganché y ya lo traigo puesto.

Este hoy me ha gustado. La gente se ha unido a través del amarillo. La mayoría seguro no sabe los cinco nombres de los cinco héroes ni sus años de condenas ni las caras de sus madres ni el nombre de las prisiones ni las causas ni otra serie de elementos que dominan quienes escriben y hablan de los cinco héroes. Pero saben que lo justo es estar a favor de que regresen y estén con su familia, porque antes que héroes son cubanos, como cualquier otro, y ya entendemos que los juicios no han sido con justicia, que llevan mucho tiempo fuera, y que en el mundo mucha gente está de acuerdo con que regresen. Lo demás queda para quienes tienen que ganarse la vida con la política.

No obstante, la política de verdad, la que importa, la del diario, es tan sencilla como atarse algo amarillo y saber que con eso eres parte de algo bueno, aunque no baste. La política es un roble, una canción, un poema, un concierto, un desayuno, un café, un amigo que te presta un yellow ribbon si se te queda el tuyo, una ciudad movida por algo pequeñito y a la vez muy grande, incluso si no conseguimos explicarlo.

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2 comentarios en “Yellow ribbon

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