Revolución se escribe con uve

Penélope, hija de Patricia mi hermana, el miércoles pasado no quería ir a la escuela. Su madre llamó a las ocho de la mañana para contarme lo que había ocurrido el día anterior. Algo que ya se veía venir. No por prejuicios ni revelaciones divinas sino por pura lógica deductiva. Resulta, que el martes en la tarde cuando fue a recogerla, encontró que otra niña la había golpeado con un cubito plástico en la cara, provocándole una herida en la nariz. Penélope la había pisado y cuando fue a disculparse recibió el trastazo por anticipado. La maestra explicó que todo sucedió en un segundo. –Ese tipo de cosas siempre sucede en segundos-. Ella estaba a pocos metros revisando las libretas y cuando reaccionó ya mi sobrina estaba llorando, seguro más por susto que por dolor, y con la nariz magullada. No fue algo grave, apenas un rasguño que no clasifica para suturas, pero acá su familia agradece la coincidencia de que, en ese momento justo, su compañerita de clases no hubiera tenido ánimos de aventurarse a colorear. Un cubito plástico siempre será menos peor que un lápiz. Y aclaro, no es que la otra niña sea mala, ni que manifieste una afición temprana no canalizada por la estética Esfinge, sino que, según su tía, en la casa le enseñaron el clásico de si te dan, tú das.

¿Entonces qué hizo la maestra? Le pregunté a mi hermana, como esperando escuchar sobre una especie de intervención salomónica. Yo con mi mahomía del evangelio vivo quise saber qué hizo. Sin embargo, para mi sorpresa, esta vez la salomónica fue mi hermana, que quien la ha conocido, sabe que en una circunstancia así nadie suele actuar más apartada de la sensatez que ella, que siempre ha sido, por mucho, más emotiva que racional. Su respuesta -aguántense- fue la siguiente: imagínate, la maestra también es un ser humano. Así mismo, como que su nombre es Patricia. Y agregó que es ella sola con 26 niños, en un cucurucho que cuando se va la luz no hay quien esté dentro, menos con uniformes de poliéster; que Centro Habana sí que no es Playa; que el otro día llegó a las cuatro de la tarde y la maestra le pidió que le cuidara el aula para poder ir al baño porque en todo el día no había ido para no dejar solos a los niños; que no tiene auxiliar y en lo que va de curso ya se han ido de la escuela como tres o cuatro maestros.  

Tú no sabes como está la situación con los maestros –sigue mi hermana-. Y después hay que aguantar que digan por la televisión que las condiciones están creadas para el inicio del curso escolar. Aquí –me cuenta- si quieres que tu hijo aprenda de verdad tienes que ponerlo con un repasador particular y pagar cinco ceucé mensuales por una hora diaria. ¿Tú crees que un maestro va a aguantar lo que tiene que aguantar en la escuela, pudiendo cobrar en su casa 50 ceucé por 10 niños y trabajando una hora al día sin buscarse problemas? Que si el municipio, que si las reuniones, que si los padres, que si el calor, que si las sanciones. No hay ser humano que resista eso. Para que al final el salario no alcance ni para comer mal.

-Esto es más o menos como yo recuerdo la conversación. Si prefieren no confían en las aproximaciones de mi memoria y dan una vuelta por donde vive mi hermana hace par de años-.

No, y eso no es nada. Ahora por los que se fueron pusieron unos emergentes a dar clases a cuarto grado, que están más perdidos que un forro de catre. Yo creo que no tienen ni 16 años y cuando están escribiendo en la pizarra de pronto se viran para atrás a preguntar si revolución es con be o con uve. ¿Tú sabes cómo están los padres por la cantidad de disparates que tienen los hijos en las libretas?       

Para que sepas cómo está el tinglao. Y que se va a poner cada vez más malo. –Frases exactas-. La semana pasada tres chiquitos asaltaron un rutero y le dieron una puñalada al chofer por doscientos y pico de pesos que era lo que tenía. A plena luz del día en Galeano y Zanja. La gente anda desesperada, como loca. Y ahora a los que venden ropa importada en la calle se les acabó el negocio. Productos nacionales es lo único que pueden ofertar. Llégate a Zanja que vas a encontrar rebajas de todo. Hasta el domingo nada más que pueden vender. El lunes ya empieza un inspector con policía al lado, a revisar negocio por negocio, y si te cogen con ropa importada, te hacen una primera notificación. Te cogen una segunda, y te decomisan la mercancía. Yo quisiera saber para qué dejaron que la gente invirtiera en eso si lo iban a prohibir. Son del carajo. ¿Ahora de qué va a vivir esa gente? Se embarca el que alquila el local, el que vende y el que trae la ropa. No es una sola persona la que se queda sin trabajo. En vez de poner impuestos lógicos para legalizarlo, ah no. ¿Y qué ganan? Que la ropa de afuera se vuelva a vender clandestina, como se ha hecho siempre.

-Fueron unos quince minutos hablando por teléfono. Quince minutos de la más genuina actualización sobre el acontecer nacional-.

Hasta que un beso chao, chao un beso, y colgamos como si cualquier cosa, con la inquietante calma de quienes se resignan a la perseverancia de una gotera provocada por roturas en el piso de arriba, y que el vecino, por X o por Y razones, o por la raíz cuadrada de XY, no se decide a reparar, a pesar de tus reclamos. Hay ecuaciones que solo permiten por respuesta una cazuela de metal. Una prescripción de analgésicos de los laboratorios Mientrastanto. Porque no importa si te graduaste como ingeniero en tuberías y filtraciones, o si conoces al mejor plomero del barrio, a quien, además, le precede una reputación de no ser carero –siempre preferible a la de ser barato-. Si tu vecino de arriba considera que es más urgente arreglar los marcos de sus ventanas, o alega que el problema radica en tu placa y no en sus tuberías, la gotita terminará formando parte de la familia y el enmohecimiento de las paredes será pronto despejado en par de chistes o versos. Y, en algún giro del proceso, es posible que hasta la gravedad sea declarada culpable.             

Yo, como periodista titulada, hubiera querido decirle a mi hermana que iba a hacer algo al respecto. Decir, por ejemplo, no te preocupes, yo me encargo. Mostrar la determinación de una legítima integrante de la Cosa Nostra, de la estirpe de los Corleone, aunque con otro sentido de la justicia, no subordinada a tarifas ni intoxicada de plomo. Mi hermana, unas veces, me informa porque soy su hermana, y otras, porque soy periodista. Todavía cree que el periodismo existe, que no es mitología popular, y que incluso sirve para algo. También yo creo en la útil existencia de los unicornios. No hay periodista que no crea que con su trabajo es posible salvar el mundo, al menos una vez en la vida. Salvarlo del aburrimiento, la banalidad, la mentira, la violencia, el calentamiento global, los políticos corruptos, las reiteraciones, el anonimato, la uniformidad, el puritanismo o la chapucería. De cualquier peligro, de silencios ensordecedores o algarabías silenciadoras. Como intentar generar una polifonía con las ideas acorazonadas de una sociedad.          

Puede deberse a un complejo de héroes y heroínas –sin identidades ocultas-, que aman la aventura y se excitan ante los riesgos porque se repugnan con la monotonía. ¿Quién no quisiera ser corresponsal de guerra? Por principio condenamos la guerra -que no sea en defensa de la libertad ante invasiones-, pero encontramos cierto encanto en las entregas a las causas justas. La verdad es nuestra causa justa. Que no por subjetiva, es imposible. La mentira es lo deshonesto. Cuantas verdades surjan de una posición deshonesta ante la realidad, buscando más lo conveniente para el poder hegemónico que lo necesario para un país, son falsas. La historia que omite con consciencia de las omisiones, con consciencia de la importancia de lo omitido en la construcción de una verdad, miente. Ni siquiera la ignorancia justifica. El periodista deja de ser periodista cuando se convierte en cómplice consciente de la mentira.

Quizás soy yo, que quedé traumatizada hace unos meses, tras la lectura de Operación Masacre, del argentino Rodolfo Walsh. Sí, terminé la carrera sin leerlo. Mea culpa. Sin embargo, siempre he tenido la impresión de que los libros son tan exactos como la muerte. Nadie se muere en la víspera, nada se lee en la víspera. Años antes, la obra de Rodolfo Walsh me hubiera referido al futuro. Su reflexión final en Operación Masacre me hubiera desconcertado y con una ilusión suspirante hubiera concluido la última página. Después de graduarme, la reflexión final de Walsh, su obra entera, sencillamente me avergüenza. Sin consolarnos con que los contextos son distintos, ni mucho menos con que Walsh fue Walsh, la escritura, el talento y la progenitora de los tomates, lo trascendental es que fue un hombre comprometido con la verdad, que escribió sobre lo que debía escribirse en circunstancias hostiles a todo acto de honestidad, de ejercicio de la libertad, que cumplió con el deber social del periodismo jugándose la vida, al que no detuvieron sino matándolo, y que después de muerto, los años, Internet, Facebook y el descubrimiento de la nacionalidad de Gardel, todavía es capaz de provocarnos traumas.   

Ciertamente, en un sistema que asume una utopía socialista para organizar la vida en sociedad, la práctica y expresión de la verdad desde la prensa tiene sus complejidades. Pero la pregunta no es cómo comprometerse con la verdad –o ejercer la crítica- sin arriesgar el proyecto político, sino por qué se percibe una contradicción entre el compromiso con la verdad o el ejercicio de la crítica y un proyecto político socialista. El problema no son los modos de solución del problema sino la comprensión misma del problema. Es auténticamente humano sentir miedo, protegerse ante el asedio constante de un enemigo y querer garantizar no solo la conservación de lo alcanzado sino también su superación y continuidad. Porque hablamos de una revolución. Ya eso lo sabemos desde que Félix Varela empezó a insistir en lo de pensar, en el siglo XIX. No obstante, la protección ante lo externo no puede devenir en agresión interna. Un daño no se sana causando otro daño aun más grave. Una revolución no puede definirse solo a partir de la defensa, a partir de la posición adonde le ha conducido su enemigo, a partir de la sobrevivencia. El desafío de una revolución es ser revolución, antes que reacción.  

En el socialismo a que yo aspiro, la honestidad siempre será preferible a la mentira, no por más linda sino por indispensable. Lo que se construye sobre mentiras se derrumba más temprano que tarde ante cualquier ventolera, porque nada construido sobre mentiras es real. La verdad, en cambio, sí tiene pilares sólidos y perdurables. Es un riesgo enfrentarla, sin dudas, pero dado que apostamos a un sistema socialista, elijo los riesgos de la verdad antes que la supuesta seguridad de la mentira.  

Todo cambio implica riesgos. Cambiar la mentalidad, cambiar todo lo que debe ser cambiado, no significa actualizar los mecanismos de protección ante agresiones, ni volvernos complacientes con quienes no comulgamos. Si el enemigo –no el diferente- nos critica, deberíamos agradecerle por preocuparse por nuestro mejoramiento; responderle si disentimos y es pertinente, apelando a nuestra ya demostrada inteligencia y no a la trampa impúber de la omisión. Si el enemigo nos difama, sus difamaciones no causarán grandes alborotos y podremos desmentirles de inmediato, si nuestros medios han sabido ganar antes la confianza de los receptores con honestidad. En cualquier caso, lo que más nos debería preocupar es que resultáramos indiferentes a quienes representan el sistema que queremos transformar. Su hostilidad hacia nuestro proyecto es un indicador de nuestra radicalidad.    

Tras tantos años de ocultar la basura debajo del sofá –las alfombras no nos son propias-, no podemos pretender subsanar el abandono con par de estocadas de un plumero. Para cambiar hay que subirse las mangas, quitarse los zapatos y meterse en la inmundicia. El periodismo actual nuestro es todavía demasiado escrupuloso y periférico. Se aproxima con timidez virginal a los conflictos. Toca la cola del perro y sale corriendo de prisa. No se queda a pelear con el perro. No enseña los dientes. No muerde ni lo muerden. No profundiza. Tenemos apenas unas picaditas de mosquito y las exhibimos como ataques de rinoceronte. Y cuando el mosquito contagia con el dengue, otra vez, salvo algunas excepciones muy tenues –excepciones al fin-, nos colgamos de las ramas cual chimpancés y empezamos a balancearnos de un lado a otro. ¿De verdad estaremos dispuestos a cambiar, a contener el miedo, a cometer el arrojo sin llegar a inmolarnos?

Bueno, se ha escrito mucho sobre socialismo, y nunca han dicho que sea fácil.                              

Pero lo que sí es evidente, es que no podemos continuar chapoteando en la orilla, porque todo el mundo está al tanto de las profundidades del mar. Hablar de los repasadores particulares, y cuestionar a quienes descuidan sus clases para luego cobrar por los contenidos que dejaron de impartir, hubiera sido un aporte muy válido por parte de Granma, porque todos tenemos derecho a recibir una educación digna, porque muchos estudiantes no pueden pagar clases extras, porque los maestros tienen la obligación, no se si constitucional pero sí ética, de atender las dudas de sus estudiantes y sentirse responsables, en un cincuenta por ciento, por su aprendizaje. No obstante, si el trabajo periodístico ignora las preguntas de por qué los estudiantes, en todos los niveles de enseñanza, requieren clases particulares para completar su educación, y por qué los maestros, en todos los niveles de enseñanza, necesitan impartir clases particulares y cobrar por ello, sería mejor no publicarlo.

¿Es que no percibimos el ridículo que hacemos al amputar tan burdamente la realidad? ¿Cómo hablar de la disminución de la natalidad sin redactar siquiera un párrafo sobre las razones económicas por las que las mujeres cubanas traemos menos, o no traemos, hijos al mundo? ¿Cómo hablar del aumento de la esperanza de vida, sin hablar sobre la calidad de vida de nuestros ancianos? –Como reflexionara hace poco una investigadora en un evento sobre feminismo en el que estuve-. ¿Cómo hablar de quienes “roban”, o resuelven, sin dedicar un solo pensamiento a cómo se mantiene una familia promedio, dos hijos –enterremos a los abuelos-, cuatro bocas y dos pies que crecen, con dos salarios que no suman los 50 ceucé?

¿Existirá alguna investigación que determine la diferencia entre la corrupción y el resolver? ¿Será lo mismo robar millones a una empresa estatal que aceptar una merienda que se vende luego en un ceucé por una consulta médica?

No justifico lo mal hecho. Pero antes de señalar a un maestro o a un médico, primero hay que intentar comer, asearse, vestirse y sostener un hogar con salario de médico o maestro, o con salario de cualquier profesional que no recibe ayuda del extranjero, ni puede arreglar una computadora, ni programar un sitio Web, ni diseñar la imagen de una cafetería, ni coreografiar meneos en el escenario de un reguetonero, ni colaborar con tres o cuatro medios, ni tocar las maracas en un restaurante, ni alquilar un cuarto, ni nada de nada. Antes de juzgar a cualquiera de los tres adolescentes que asaltaron el rutero, hay que vivir hacinado en Centro Habana; saber qué se siente dormir en un edificio con peligro de derrumbe, que tiembla completo cuando pasa un carro por la calle o el televisor está muy alto; saber cómo se comparte un mismo baño con diez familias; saber a qué sabe el agua de tomar que se mezcló con la mierda de las albañales porque las tuberías de un siglo y tanto se rompieron; y mil cosas más. Y la mente genial que prohibió, en vez de regular, la venta de ropa importada, seguro tampoco sabe nada.  

Insisto, no justifico lo mal hecho. Solo critico la omisión deliberada de sus causas, esa visión medieval que condenaba al pobre que robaba para alimentarse, sin cuestionar el estado de cosas que conducía al pobre a robar, y por tanto, redefinía lo mal hecho. La realidad no puede agarrarse con pinzas. No es blanca ni negra. Nuestro sistema necesita mirarse en un espejo, para detectar en sí, los fallos que conducen a personas honestas a robar o a obrar en contra de sus principios, porque la mayoría de los cubanos no resuelve por placer, ni para comprarse bastones de golf y jugar en campeonatos. Nuestro sistema -gubernamental, económico, social, jurídico, cultural- necesita parecerse más al pueblo al cual se debe. No pretender lo que no es real. Y nuestra prensa, no puede esperar a que el sistema se mire en el espejo para también parecerse al pueblo al cual se debe como prensa. Tiene que funcionar ella misma como espejo, evidenciar las deformaciones sociales que deben cambiarse, porque de otra forma, continuará siendo, continuaremos siendo, un garabato de muy mal gusto.     

Nadie tiene la verdad acerca de lo que debe ser cambiado, porque lo que debe ser cambiado, cambia constantemente. La verdad no son solo los lineamientos de la política… y más allá. La verdad se construye con todas las verdades en diálogo. No hay películas ni tutoriales sobre cómo hacer un país socialista en una isla del Caribe con raíces latinas y africanas. El socialismo no tiene profeta, ni lo tendrá nunca. La única certeza, que la tarareó Martí unas cuantas veces, es que es necesario crear, y toda creación –Martí estaría de acuerdo- conlleva riesgos, más cuando es colectiva. No es posible cambiar, en aras de crear una sociedad original y digna, sin arriesgarnos a ser honestos, a ser libres. El socialismo que yo imagino no consiste en no equivocarse. No se conforma de seres perfectos, sino de mujeres y hombres que, cuando se equivocan, lo hacen con transparencia, que asumen sus fracasos con la misma entereza con que asumen sus victorias, que temen a la verdad, claro, pero no permiten que su miedo sea más poderoso que su compromiso.   

El día que nuestra prensa se sumerja en el océano, penetre en las causas de los problemas, con autonomía pero con respaldo legal e institucional, ese día estaremos un poquito más cerca del socialismo. Los periodistas habremos dejado de ser transmisores para ser comunicadores. Ya nadie tendrá la culpa de la mediocridad, de las amputaciones burdas. Ni el estado, ni nosotros. La culpa desaparecerá en el aire. Los periodistas que se acomodaron en lo mal hecho, o se desacomodan, o se dedican a otra cosa. El periodismo que producen los blogs independientes, se replicará en una revista impresa que circulará por todo el país. Yo llamaré a mi hermana para avisarle de la publicación de mi historia sobre asaltantes adolescentes. Una estampida de unicornios recorrerá la isla desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio y el suceso será portada en todos los periódicos. El periodismo será periodismo, como quiso el ilustre Rafa, allá por el lejano 2013, y los periodistas seremos entonces periodistas. Con eso seguro nos bastará.

Y con eso nos bastó.   

Pero Penélope, hija de Patricia mi hermana, le dijo a la niña que le pegó con un cubito plástico en la cara, que si volvía a pegarle, le mordería una oreja, a lo que la niña respondió que no, que no le iba a pegar de nuevo, que no le mordiera una oreja, porque quería ser su amiguita, y colorín colorado, el problema fue acabado.

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