Sobre cómo leer poesía II. Método del dragón

Quien ha vivido en Cuba, un poco más delante, un poco más detrás, tiene que haber visto, recordar, al dragón de números animado, un dragón sonsobélico, grande por gusto, un reptil inofensivo apenas, que no espantaba ni provocaba pesadillas, que la formícida más invertebrada de este mundo hubiera mangoneado, sujetado por la cola y dado vueltas en torno suyo, en un mismo eje, cual olímpica lanzadora del martillo redondo, porque nadie puede negar que cargar 50 veces el peso propio clasifica hasta para juegos intergalácticos, cuando existan algún día, cuando la comunicación con otras especies inteligentes, inteligentes según nosotros pero va y les parecemos primates, cuando la comunicación con otras especies inteligentes se establezca, y entonces nosotros seamos salvados del mayor peligro humano, del de bizquear por siempre, por causa de una mosca que se cruza delante de los ojos, en el instante exacto en que profundizamos en la mismísima punta de nuestra nariz, una comunicación, consciencia de compañía, que nos salve del abismo de la nariz, porque una hormiga supo derrotar un dragón, sin alcanzar a matarlo, y en la derrota el dragón aprende como ser dragón de verdad, sin intervención de una hada azul, ¿qué podemos hacer si la hormiga se desayunó al grillo?, por suerte el dragón cayó cerca de un libro de poesía, de versos inflamables, y es aquí donde intervendremos, pues no tardó en soplarles fuego, y descubrir en la consecución de explosiones, un nuevo método de lectura de poemas, del tipo aguillotinante, víspera de decapitaciones con armas de poco filo, paredones de fusilamiento con soldados miopes, hogueras en días de nubes tartamudas, pero alejen ahora el libro ardiente, medio metro de los ojos, un texto corto elijan, una postura solemne en pie, alisten sus manos, desentumezcan los dedos, por unos minutos podrá sentirse dragón verdadero, cazará con la vista las palabras, escupirá por la boca las palabras, no será la nariz, ¿cómo cree?, no olvide el peligro atroz de bizquear por siempre, ocúltela antes, ¡por si las moscas!, con una roja de payaso: armadura idónea contra estulticias, piense que sus dedos deberán oxigenar las llamaradas leídas en voz alta, catapultas al infinito son sus manos, abre cierra abre cierra alternados, como si imitara flores despertando, encímese en el ritmo de un vals, ¿ya entiende?, la gracia de un mago, ¡aire a esos versos!, un poco de dignidad que podría morir mañana, imagínese en un frente de combate, tarde lúgubre llanura, que desafía a un ejército de necios inquisidores de poesías, reproductores de manuales sobre manuales, y debe conmover, por favor, deberá conmover o morir con el último verso asesinado, escupa la palabra, no permita que caiga, merezca el itiofálicos del joven Arthur, purifique los corazones, ¡Oleajes abracadabrantescos llevadme el corazón, que sea lavado!, al mundo le falta la belleza que le sobra, dirigid la orquestación de la belleza, no se me apoque en el esfuerzo, que no le intimiden los peinados severos, miradas acorbatadas, academias nobiliarias, razones con cuño autorizadas, expanda sus brazos y arremeta, jamás tome una lectura a la ligera, avance en fuego y palabra, que no triunfen mañana las almas frígidas, la realidad no es la que le enseñaron, precipítese nariz arriba, nariz al lados, y al final del poema, si supo no seguir las indicaciones mías, una burbuja inmensa encendida flotará en el aire, y al final del poema, si no se almidonó en el camino, el silencio reventará la poesía, ya verás que es cierto, para que miles de mariposas nazcan en el vuelo, si no cedió a leer las letras como números, y avisen a las formícidas, las mariposas, de su gran éxito como redentoras de dragones, y entonces nosotros, ¿qué será de nosotros?, yo aprenderá a ser tú y tú aprenderá a ser yo, y lo que más importa, la inteligencia consistirá en percibir la nariz ajena, porque las moscas ya no bizquearán los ojos.              

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