Por las trenzas de Lila Downs

ImagenPrimero fue el concierto de la lluvia. Imprudente y excesivo. No fue uno de esos chinchines que adornan la noche, del tipo que presagia lo extraordinario, como una alteración fortuita en el ritmo de los días. Fue un auténtico chubasco. Con la típica grandilocuencia que inunda las calles y nos oculta bajo un techo. A la gente de La Habana no le gusta que el cielo la moje. Menos sin avisar. Nos falta ánimo londinense. O quizás zapatos, paraguas y transportes londinenses, para tener el ánimo. Da igual. Lo importante es que si llueve, la reacción nuestra es esperar a que escampe. A nadie se le ocurre salir de casa. Ahora está lloviendo. Alegamos. Y los planes se atrasan o cancelan. También, intuyo, pasa que la lluvia nos embelesa. Nos sugiere la contemplación. Como si nos meciéramos en una hamaca que cuelga amarrada al tiempo. Que llueve puede ser la excusa que buscaba la pereza o la razón que necesitaba el cansancio.

Sin embargo, hay veces en que el canto de la lluvia no logra disuadirnos. Hay veces que en verdad son una sola vez, como que Lila Downs quiera cantarnos, y no podemos ceder a los sortilegios del clima. Entonces, toca explicarle a la lluvia, para evitarle tristezas pueriles, que no rechazamos sus proposiciones, que no se tome a mal la fuga, que continuamos considerándola irresistible, pero que hay otra mujer en nuestra vida –al menos por una sola vez- y que esa mujer es muy parecida a ella y a lo mejor hasta son familia. Al principio, es posible que no entienda –en el Caribe suele ser testaruda-, y que en el minuto elegido para salir, sienta un impulso operístico y nos retrase peligrosamente. -Yo que justo ese viernes iba a ser puntual-. Pero, de ser el caso, no hay que perder la compostura. Por lo general, en algún momento, se muestra comprensiva, magnánima, y comienza a apaciguar su tono. Languidece. Nos concede una tregua.

O quién sabe si la lluvia no habrá sido la canción primera del concierto de Lila Downs.

Recuerdo ahora que cuando conocí a la mexicana, hace un año y tanto, su intervención también la preludió la lluvia. Digo conocí por escuchar, no porque me haya invitado a su casa, porque ella no vive en la República de Alamar, que era donde estaba yo, jugando a hacer un documental como tesis de licenciatura, en el apartamento-beca de Claudia, una amiga nacida en la misma Oaxaca de la Downs, que había accedido a participar como personaje en la historia que quería contar. Y aunque aquella tarde había un sol totalitario, algo despótico, que parecía invencible, ciertas nubes rebeldes aliadas al viento tomaron el poder de repente y subvirtieron el panorama. El mar que se avistaba desde esa altura abolió su horizonte en un gris azuloso. Las aves que merodeaban desaparecieron. Mi amiga oaxaqueña y una amiga de mi amiga comenzaron a forcejear con las puertas del balcón, mientras páginas venidas a menos revoloteaban en el aire como hojas ordinarias. Fue ahí, en medio de ese jaleo, cuando la lluvia se olía a pocos minutos y ya avanzaba desdibujándolo todo, que emergió la voz de Lila Downs junto a otra voz femenina y un piano –no se de qué sexo-, para colar varios perhaps en la escena, como si se tratara de la calma invadiendo la tempestad.

Por eso el viernes pasado no iba a dejar de ir a verla. Incluso, había sacado entradas. No me aventuraría, como en otras ocasiones, a buscar un alma que se apiadara a venderme alguna al mismo precio de taquilla, para tener que sentarme luego entre extraños y sin poder comentar nada comentable. De ninguna manera. Ese viernes tenía la mía propia y tres más para no estar sola. Un poco de agua no frustraría mis planes, así tuviera que fingir un ánimo londinense con mis sandalias tropicales. Pero, afortunadamente, no hizo falta llegar a tanto. Tras veinte minutos de insolencia, la lluvia quedó extenuada, volviose llovizna, y pudimos salir hacia el Teatro Nacional. No las cuatro entradas juntas, porque allá esperaban dos, una adentro y otra afuera, y la de adentro ya había avisado sobre la irremediable pérdida de nuestros asientos en tercera fila, por haberse iniciado la función.

Es lo inconcebible de los conciertos en teatros, que casi siempre cumplen con la hora programada, con la disciplina que aplican a una obra dramática. Sus relojes son muy férreos. Puede reventarse el cielo y estar La Habana pretendiéndose Venecia, que si hay dos o tres espectadores en la sala, la cosa arranca. En cualquier otro sitio –los jardines, la tribuna, la escalinata, el salón rosado- lo más probable hubiera sido que Lila Downs no empezara a cantar hasta una hora después de lo previsto, y más a una multitud, que a un público. Al menos de esa tradición provengo yo. Pero en la Covarrubias no. En la Covarrubias, a las nueve de la noche, cada persona se encuentra sentada en donde indica el papelito, o en puestos más privilegiados: cortesía de los rezagados. Quienes entran tarde –los rezagados- solo pueden ubicarse en los pasillos o conformarse con asientos menospreciados. Nosotras, importunadas por el chubasco –no rezagadas-, decidimos conformamos con asientos menospreciados de la segunda fila. Injustamente menospreciados, acoto. Unos equipos de sonido nos impiden divisar a la mismísima virgen de Guadalupe colocada atrás, en el centro, y a ratos se nos pierde la protagonista en la extensión que los ojos no alcanzan, pero la mayor parte del tiempo la tenemos muy cerca, o la sentimos muy cerca, que cuenta más.

La hija de la cantante mixteca Anita Sánchez y del cineasta y profesor estadounidense Allen Downs, no es una artista de raíces estáticas. No se acomoda en un pedacito sino que se esparce sin limitaciones por cada cuadrícula de espacio. Lo ocupa todo y no coloniza nada. El escenario simboliza su mundo. Fluye en él desinhibida, con la naturalidad con que el agua se torna río. Seguro expresando ese afán suyo de universalizar su música, de comunicarse con disímiles culturas y sensibilidades. Aunque su canto es autóctono, bastante peculiar, sus sentidos logran conmover lo humano que prevalece sobre las diversidades. Su arte, por genuino, se legitima como arte al deshacer fronteras estigmatizadoras. Sin perder la identidad propia, con Lila Downs es posible reconocerse también de otras identidades, sentirse parte de esas comunidades originarias de América Latina y, sobre todo, descubrir otro tipo de belleza que no comulga con la promovida por el mercado hegemónico y que, contando siglos de existencia, todavía resulta innovadora en su cosmovisión, y hasta anticipada a su época.

La compositora y cantante mexicana demuestra que el arte es superior a la industria. En mixteca, zapoteca, maya, purépecha, náhuatl, español, inglés, francés, portugués y euskera, ha dejado claro que las emociones que motivan la creación tienen una patria única, aunque múltiples sean sus lenguas y medios. Su música no es folklórica sino sencillamente música. El folklor siempre es folklor con respecto a la cultura dominante, pero nunca con respecto a sí mismo. Los indígenas no consideran sus canciones y bailes como folklóricos, ni tampoco los afrodescendientes. No porque lo folklórico posea una connotación negativa sino porque se define desde una perspectiva externa, situada fuera de esa realidad, y que juzga pensando en los referentes de su propia realidad y no de la que observa. Por eso para percibir el valor y belleza de las manifestaciones de cada cultura es necesario desprenderse de los cánones –que prefiguran lo lindo y feo, lo bueno y malo- con que nos hemos educado y aprender a mirar desde dentro. Cada obra se define en su contexto original.

Cuando Lila Downs canta junto a su banda La Misteriosa temas como Mezcalito, Zapata se queda, Cruz de olvido –en homenaje a Chavela Vargas-, Cucurrucucú Paloma, La cucaracha, Tren del cielo o La llorona, está reivindicando a los pueblos ancestrales de su país. Su voz recoge cientos de años de historia. Sin embargo, no actúa con nostalgia del pasado. Sus inspiraciones no son arqueológicas, porque surgen de lo vivo, de una cultura que resiste y se transforma para preservar sus esencialidades. Sucede con Lila Downs lo que sucediera con la pintora Frida Kahlo, que en ella se exterioriza el mestizaje que nos define como continente. Su vestuario en el concierto combinaba elementos distintivos de las naciones donde creció y se formó y en las que hoy vive. No hay ambivalencia sino integración. Sus letras y melodías son el resultado de la incorporación de diferentes saberes y tradiciones musicales. En esa fusión armónica radica su autenticidad.

Y el prestigio que ha ganado –con el Oscar y el Grammy sí, pero en especial con un público internacional- no ha sido gracias a ser distinta, sino a ser rigurosamente distinta. Sus logros son grandes no solo por hacerse un lugar en un mundo muy inflexible en sus fórmulas de éxito, sino por hacerse ese lugar con profesionalismo y sin renunciar a sus concepciones artísticas. “Vengo de un México profundo, donde reina el mundo de los pueblos originarios y afromestizos, pero defender esas raíces e imponerse en un escenario dominado por ritmos comerciales implica una guerra”, ha dicho durante su estancia en Cuba.

Cualquiera puede entonces declinar su propuesta ética y estética. Odiarla incluso: cuando simula un ave selvática, o cuando baila el son jarocho, o cuando bate el rebozo sobre sus hombros, o cuando se mueve por el suelo sin pudor, o cuando se muerde la lengua entre compases, o cuando aparece así peinada como niña, con su cerquillo cortito y sus largas trenzas, (hay artistas así, que se odian o se aman, sin términos medios). Pero en caso de no quererla, será por cuestiones de apreciación, química, afinidad, o lo que se prefiera, porque su virtuosismo es incuestionable. Y sobre un escenario, al menos en un escenario de La Habana, tiene un efecto prodigioso en sus espectadores. Hubo algo en toda ella esa noche de lluvia, que nos cautivó para siempre con su música. No he oído de nadie que se haya salvado. Lila Downs cantó como si fuera un ser que estaba volviendo a la vida. Y no se cómo cantan las personas que vuelven a la vida, pero eso sentí con ella, y seguro debe ser algo muy similar. Fue inevitable pues. Yo tuve que amarla.

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