Panegírico

Murió conformando el infinito. Anoche la había visto deslizándose por la sala de mi casa, como desorientada, ahí en la zona justo debajo de la ventana donde se ubican casi todas mis plantas. Vivía en la maceta de mis primeras malangas, en la que creía ya no quedaba bicho alguno, de tanta agua enjabonada que había echado en la tierra para exterminar plagas potenciales. Nosotras nos conocimos por un descuido suyo, un día en que asomó la cabeza o su cola -nunca sabré diferenciar cada extremo- y pude percibir el tamaño de su existencia. Debía contar par de meses de vida subterránea, de acurrucarse entre raíces y abrir túneles sin luz al final. ¿Envenenándose con espuma perfumada? ¿Protegiendo su patria de invasores vecinos? Pena que ya no podré saberlo. Si se hubiera dejado ver más seguido le hubiera prestado un nombre. Pero lo de ella eran las profundidades. La discreción. Las penumbras. Por eso me extrañé tanto al verla extendida en la loza fría, expuesta, mojada por la lluvia que se escurrió por el marco de la ventana, intentando no se bien qué. No se intentando qué. Quise salvarla, como he salvado orugas que no entienden que no me alcanzan las hojas para el hambre de sus alas, como he salvado ciempiés, como he salvado arañas, como he salvado caracoles, lo salvable. Pero cuando fui a agarrarla, no con la mano -porque su delicadeza alarma-  sino con un trozo de papel, comenzó a convulsionar de miedo. Era una danza frenética, vertiginosa, que debía doler en cada golpe de suelo. Daba brincos gimnásticos como circulando el aire. Mis ojos iban más lento. Calma, calma. De ser tú tampoco confiaría en mí pero vas a terminar matándote, calma. No se calma y al segundo intento ella insiste y yo desisto. ¿Entonces es con ese tornarse incapturable como se defienden las de tu especie? Bravo por ustedes. Supongo que si juntamos millones en un teatro obtengamos un mar aturbonado. Ah, no te hace gracia. No le hace gracia. Bueno, a mucha gente tampoco le haría gracia algo así. Después de todo no somos tan diferentes. Aquí también nos aplastan, nos aplastamos, y también nos defendemos. Me resulta hermosa la capacidad intrínseca de cada ser para luchar por su vida. Yo la respeté por eso, porque sabía ser libre. No todo puede controlarse, casi nada vivo, de hecho. Nada vivo. Ella no era dócil como los ciempiés, ni ingenua como las orugas (algunas). A ella tuve que dejarla ahí arrastrándose y conformarme. Conformarme con no poder devolverla a la tierra ventana afuera abajo. Ni siquiera a su maceta. Pero la conformidad se me hace difícil y en un último intento, no por falta de otras ideas, coloqué un periódico muy cerca, por si lograba confiar en las letras, y una vez sobre noticias yo podría apurarme y dejarla caer en la tierra, en la mía, en la nuestra, porque ya no quería botarla. Y hubo un momento ínfimo en que dudó, levantó su cabeza –supongo-, e indagó la superficie interpuesta en su camino. Sin embargo, en vano fue. El periódico no la convenció. Muy áspero sospecho para su cuerpo agamuzado. Su expresión fue de desprecio. A lo mejor si publicáramos más flores, o si las flores fueran noticia. Tampoco quise una botella ni cosa semejante. Ya me había resignado y perdido las ganas de atraparla. Salvarla ya no era salvarla. Dejé que la naturaleza siguiera su curso –nunca había dicho esto: recomiendo hacerlo- y me marché a dormir. Antes dejé la luz encendida, de pura ignorancia mía, porque claro, qué tonto creer que un ser que habita bajo tierra, requiere unos bombillos para orientarse. Pero en ese instante creí que ayudaría, a lo que fuera a ser su retorno o muerte, ayudaría una luz, la que nunca buscó en sus túneles, para que no sintiera soledad, la que nunca evitó en la tierra. También, confieso, para que no se escondiera en el sofá. Me dio terror la posibilidad de estar leyendo a Fausto discutiendo con Mefistófeles y que de pronto apareciera ella dando brincos de desesperación y que cayera en el libro y luego en la taza de café caliente y muriera ahogada o de un infarto por cafeína y quedara flotando en la taza. La escena me causó pavor. Fue también por eso la luz, lo admito. Pero no la maté. Eso sí que no. Lo pensé, pero no lo hice. Pudo ser un puñado de sal o un zapatazo. Pudo ser, si mi sensibilidad lo permitiera. Mato cucarachas y lo que deba por mera necesidad higiénica. No siento el menor placer acabando la vida de ningún ser coterráneo. Además, ella seguro lograría regresar a su planta para quedar tan ajena como siempre a mí. Pensé que esa noche debía ser como otras tantas en que saliera sin enterarme, a explorar, cruzar fronteras, constatar que el mundo no acaba en el barro de una maceta, dar vueltas por otras plantas o a reconocerse en una semejante suya. ¿Quién sabe? Y que al rato retornaría agotada de estirarse y encogerse tanto para andar y de los sustos que inquietan su cuerpo. Sin embargo, ayer en la mañana, cuando fui hacia la zona justo debajo de la ventana, la encontré enroscada en sí misma, más pequeñita, mucho más pequeñita que sus majestuosos 10 centímetros. ¡Qué digo, doce centímetros! La toqué con el mismo papel que intenté agarrarla –no me atreví a sentirla-, y levantó su cabeza o su cola –no hay remedio-, y volvió a tumbarse. Creí entonces que dormía, que estaba cansada, y me fui a mi día cualquiera olvidándome de su suerte. Hasta que al final de la tarde, cuando regresé a casa, la descubrí más oscura, casi negra, como un pedacito de cordel inservible. Estaba tiesa, arrugada, y se había pegado al piso como una costra de fango seca. Como una costra de fango muy tierna, no como las burdas que embarran. Había muerto en un signo inconfundible de infinito. Palabra que sí. Debió ser esa su hora, le dije a una amiga a quien le conté su historia. Me queda ahora deshacerme del cuerpo que yace en mi sala. O quizás no deshacerme. ¿Por qué la basura si sabía ser libre? Me queda ahora darle honrosa sepultura, en la misma tierra de donde vino, de donde venimos. Me quedaba escribirle un panegírico. Que su espíritu renazca humano.

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