Al borde de la poesía

(texto publicado en la Cartelera de Cine y Video del ICAIC en agosto u otro mes)

Alcanzar la poesía de las revoluciones es como intentar descifrar el aleteo de un colibrí. Más que un reto a los ojos, significa un reto a la sensibilidad. Entender que la cuestión no es cuantitativa sino lírica. Hay que saber desplazarse por una frontera bien artificiosa. La expresión artística de una realidad transformada por un proyecto político liberador, requiere casi cualidades de funámbulo para poder evadir la apología. Por eso cruzar esa cuerda vibrante sin desaliñarse y obtener una obra digna, ya es mérito suficiente. Pero si se atrapa la poesía, el vivo aleteo del colibrí, entonces sí descubriremos un trabajo extraordinario.

El documental Al borde de la vida, del realizador cubano Juan Carlos Travieso, asumió el riesgo de equilibrarse por las alturas para abordar el convenio de cooperación en salud entre Cuba y Venezuela. Una de esas temáticas tan magulladas por noticieros industrialistas, que poco se ocupan de buscar lo humano en lo que transmiten. Quizás ahí identificaron sus autores la primera tensión. Debían contar una historia mal contada, sin descarrilarse por oscuros manierismos. Prejuicios y estereotipos conspiraban en su contra. Por eso no les quedó otra alternativa que alumbrarse con creatividad.

El director apeló  a lo emotivo. Elección muy sabia en el cine. Organizó el relato audiovisual a partir de seis personajes aferrados a sus ganas de vivir, que encuentran en el programa médico bilateral una vía para curar distintas afecciones del cuerpo. Para dejar de ser mercancías de un sistema sanitario capitalista que se sustenta en la prolongación del sufrimiento. Lo nacional en conflicto se narra así desde lo personal. A la revolución socialista se le ponen nombres y rostros de pueblo.

Mediante la observación y el testimonio, la cámara nos asoma a los distintos mundos de los pacientes. Sus afectos, miedos y esperanzas se transmutan en imágenes, voces y sonidos que van enredando la atención en la trama. No se cometen intrusismos bruscos. Los momentos de intimidad familiar filmados revelan el signo de la confianza que supo ganarse el equipo de realización. Precisamente, esa proximidad natural que propicia la obra entre protagonistas y espectadores, al lograr que la tecnología no violente los diferentes entornos, constituye uno de sus más relevantes aciertos.

Los 72 minutos de duración del material no desgastan. El documental fluye y avanza hasta el final sin deambular en imágenes. Quizás hay algunos recursos expresivos de los que podría prescindir -ciertas irrupciones musicales en escenas lo suficientemente emotivas, o las entrevistas tardías a fuentes oficiales, que desentonan con la atmósfera familiar construida-. Quizá en la contextualización de Cuba se debió explorar en otras simbologías y sonidos identitarios más contemporáneos. Pero Al borde de la vida tiene el mérito de haberse salvado de la apología, al comunicar lo humano de las revoluciones, contar un contexto latinoamericano de integración solidaria que es muy nuevo en muchos sentidos y descifrar a intervalos el aleteo del colibrí. Lo que aún permanece ahí, al borde, como indicio para posteriores voluntades fílmicas, empujando, haciendo el borde menos borde, hasta que un día no muy lejano, nos abismemos sin retorno a la poesía de nuestra época.

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