Homenaje abstracto

Encontré la película. Before the rain. Dirigida por Milcho Manchevski. 1994.

Como un vertedero adonde van a parar las glorias de otros tiempos, con sus luces inseguras, cansadas, parpadeantes. Como el fondo intenso de un pozo que perdió su superficie por evitar el sol. Como sillas majestuosas con las patas rotas y el tapiz raído. Andamos por las mismas escenas de granito gris verdoso donde en cierta época ocurriera poesía. Pero no encuentro ya el polvo de los zapatos que venían con entusiasmo de historias tremendas. De historias reales. Con personas vivas en sus discursos vivas. Y esas ganas de mundo, ganas de futuro, ganas libidinosas como deben ser las ganas, como si cada despertarse fuera un salto de altura desde una gran roca a las aguas del mar.

La libertad es la constante subversión de lo imposible. La vida no puede ser un estanque donde enjuagarse la cara. En los estanques la gente se ahoga. O se estanca. ¿Por dónde se nos habrá escurrido el mar? ¿Debajo de cuál maleza estará el camino a la gran roca? De vez en cuando hay cabezas que salen de su estanque y lanzan un grito que estremece a otras. Entonces se escuchan gritos dispersos que componen una serie de desafinaciones muy distantes aún de la música. La vida no puede ser la cabeza que se asoma en busca de aire, el grito breve y desesperado en un instante de oxígeno. El suelo no debe confundirse con el techo cuando andamos al revés.

Mientras, seguimos acudiendo al circo a aplaudir. Todas nuestras esperanzas las confiamos al circo. Reímos con cualquier chiste sobre la cosa –la cosa, trágicamente, somos nosotros mismos-, con cualquier chiste malo o bueno, siempre que sea desafiante. A veces el chiste no es ni sobre la cosa, o no es ni siquiera chiste sino un parlamento ordinario, pero es tanta la necesidad de rebeldía, de desmasificarnos, que nosotros creemos que sí, que cualquier cosa es sobre la cosa. Y la carcajada esporádica en una butaca oscura de teatro o cine, las carcajadas anónimas en mandíbulas que se descubren sin riendas, se convierten en los discursos más elocuentes de nuestra inconformidad.

Hemos facilitado el trabajo a los artistas. Sin embargo, a veces terminamos llorando, como si en algún interludio entre risas y punzadas estomacales, finalmente nos diéramos cuenta de que nos reímos de nosotros mismos. Y más como bufones, que como sabios. Que tejemos la soga que nos partirá el pescuezo. Es comprensible entonces, que a veces haya gente sin ganas de reír.

Continúo observando las escenas de granito gris verdoso. Recuerdo el manto delicado de la noche aquella en la plaza de las palomas, cuando me sorprendió la primera línea. Como un vertedero adonde van a parar las glorias de otros tiempos. Fue otra vez un susurro del viento. El único dictamen que obedezco. Y ahí, en un abandono inexorable, me puse a perseguir el susurro.     

Reviso la suela de mis zapatos. Les pregunto dónde han estado, adónde han ido, de dónde vienen. No son preguntas metafísicas sino humanas. La metafísica está deshumanizada. Ha olvidado importancias como la de conversar con los zapatos. Dime con qué zapatos trabajas y te diré quién eres. ¿Era así? Pero mis zapatos dicen quien quiero ser, no quien soy.

En la plaza de las palomas estuve más de una hora concentrada en la seria labor de deshilachar una frase susurrada. En las páginas de mi libretita mundana, entre horarios, no-olvidares, notas, declaraciones, dibujitos preescolares, quise conjurar un poema que definiera un estado de ánimo. Pero las cagadas de las palomas torpedeaban los adoquines de la plaza con una vehemencia envidiable y nada de lo que escribía superaba su hondura poética. Decidí ahorrarme las páginas.

Hay una película de vanguardia que construye un relato formidable en el contexto del conflicto en Bosnia -o en otro fragmento de la descuartizada Yugoslavia-, que tiene un periodista de antihéroe y una frase sobre la circularidad del tiempo, que viene a ser la tesis de la trama y la argumentación teórica de su estructura narrativa –la frase, no el periodista-. Llevo días intentando recordar el nombre de la película para intentar localizar la frase. Me hubiera gustado utilizarla. Por supuesto, al periodista lo matan al final.

Apuntes para un ensayo que me dignaré a no escribir:

La circularidad del tiempo en los estanques suele densificar sus aguas. Las criaturas endógenas de dicho hábitat no lo perciben de inmediato por el carácter paulatino de la densificación y las pocas posibilidades de experimentar el transcurso del tiempo en otros hábitats e interactuar con criaturas diferentes. Ocurre la adaptación.

Según Marx, las personas piensan como viven.

No es ningún secreto que las gallinas perdieron su capacidad para volar por causa de la domesticación. La biología indica que las facultades o funciones que no se utilizan tienden a atrofiarse hasta desaparecer. El estudio de la evolución de las especies nos enseña que el entorno media, y hasta determina en ocasiones, los cambios que se producen en las distintas especies para asegurar su adaptación y, por tanto, su sobrevivencia.

El mismo fenómeno de búsqueda de adaptabilidad se observa también a nivel psicológico.

Marx no era psicólogo pero entendió bastante bien a la humanidad.

Conclusiones de un ensayo improbable: si nos adaptamos a un estanque, terminaremos pareciéndonos al estanque. Nuestros comportamientos, actitudes, pensamientos y fisonomías, se desarrollarán en función de la sobrevivencia en el estanque.

Nota: es necesario apuntar que la evolución social, cultural y psicológica requiere muchos años menos que la biológica.    

Porque un día fue una tuerca. Al siguiente, un cristal. Al siguiente, una lámpara. Al siguiente, una puerta. Al siguiente, un tejado. Al siguiente, fue el mismo día siguiente. Hasta el colmo de colmos  de privar a un muerto de su derecho a autopsia, por falta de saco para echar sus vísceras (basado en hechos reales). Y continuamos discutiendo sobre la tuerca, el cristal, la lámpara, la puerta, el tejado, sin percibir el desmoronamiento sostenido en que existimos. Desmoronamiento espiritual, más que físico.

El escepticismo no es obra del espíritu santo. El escepticismo es engendro de las decepciones y solo se decepcionan quienes han creído. El escepticismo no es más que la genuina protesta de una fe lastimada.

Hoy la porfía de los conejos amenaza a la madriguera. Galgos, podencos. Galgos, podencos. Galgos, podencos. Tarea. Valore en un párrafo la actitud de los conejos. ¿Por qué los perros se los comieron? Respuesta. Cada conejo busca imponerse, no se escuchan, se entretienen peleando en lugar de salvar juntos sus vidas.

Un conejo insulta a otro conejo. Otro conejo acusa a otro conejo de juntarse con galgos y podencos. Hay conejos que se juntan con galgos y podencos y hay conejos que no se juntan con galgos y podencos, pero tampoco logran comunicarse ni dialogar con otros conejos que no se juntan con galgos y podencos porque unos dicen que galgos y otros que podencos. Galgos, podencos. Galgos, podencos. Galgos, podencos. La confusión se naturaliza. Los conejos se insultan y golpean en las calles. Conejos chiquitos, adultos y viejos observan. Los conejos aprenden a odiarse. Si piensas que son galgos odia al conejo que dice podencos. Si piensas que son podencos odia al conejo que dice galgos. Si no piensas nada odia al conejo que dice galgos y al conejo que dice podencos.

Pero los conejos jóvenes ya no saben bien qué creer, y algunos prefieren pensar, en vez de repetir lo que otros dicen. Y piensan que es mejor decir conejos, que nosotros somos todos conejos, antes que enredarse en que si aquellos son galgos o podencos. Y saben, porque piensan, que esos no son pleitos para reír.      

Las escenas de granito gris verdoso no tienen el cielo de los adoquines. Sufren la arbitrariedad de un techo inmóvil enemigo de las aves. Escucho a mis zapatos sus tristezas y desparramo la cabeza nuca atrás anhelando el cielo de la plaza. No cierro los ojos. Le doy al techo la ventaja de su presencia. Continúo mirando y escuchando hablar a mis zapatos, quejarse también del camino y de mis pies, pero yo ya no estoy ahí. Aquí. Dejé mi cuerpo un rato para escrutar la ambigüedad de una ventana, en el espacio que aún no alcanzo, aunque se que ese es mi espacio.

Es extraño haber vivido 24 veces, o 25 no se, la fecha de mi muerte. Es extraño de la misma manera conocer no tu futuro, sino tu sinremedio, y no pertenecerle, serle ajena. Es extraño sentir cosas para las que no sirven los nombres de siempre.

Adentro de la ventana estaba el mar, como esperando a los ojos que lo nacieran.

Como esperando a los ojos que lo nacieran.

Souvenir post mortem: “El tiempo no muere jamás, el círculo no se completa”.

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