África y América

Mujeres multicolorSiempre he intuido que seré madre de mujeres. Puede que de gemelas, porque cuento en mi familia con el capital genético necesario. Ya hasta elegí sus nombres tras una serie de fascinaciones esporádicas: África y América. No me respalda el buen juicio de quienes conocen mis ideas onomásticas, pero siento que las mujeres más importantes de mi vida han comenzado desde el futuro a apoderarse de esas identidades y ahora es demasiado tarde como para pensar en Marías. Por si acaso me equivoco, o de pronto ellas cambian de parecer, les voy a colocar de repuesto nombres más ordinarios detrás, que puedan ponerse o quitarse según el ánimo o las circunstancias. Sin embargo, independientemente de cómo se hagan llamar, serán África y América.

África porque a África debo la conciencia de la injusticia humana. A los nueve o diez años, conforme me maravillaba con la civilización egipcia, con pirámides, momias y jeroglíficos, entendí de qué estaba hecho el mundo cuando me enteré de que anualmente allí morían de hambre millones de personas. Al principio creí que era un disparate. Me resultaba imposible creer en las imágenes de niños escuálidos, de un niño prendido a una teta seca y enjuta, con más parásitos que comida en la barriga, y que en el mismo planeta, a pocas horas de distancia, hubiera personas que cambiaran su armario completo cada tres meses ante un grito histérico de la moda. Todavía cuesta creer que haya tanta gente prestando más atención a un trapo que a una vida. Ese es el motivo de mi África. No solucionaré así ni la milésima parte de los problemas que lastiman el vientre de nuestra especie, pero intentaré educar a una mujer que ame la vida antes que todo. Además, de África arrancaron brutalmente a una parte de mis antepasados, que se injertó luego con tejido hispánico en la isla del Caribe donde nací.

Y América porque a América debo la esperanza en la humanidad. La sentí mucho más tarde que a África, ya en la universidad, cuando pretendía engavetar en mi cabeza el conocimiento del mundo. América, Latinoamérica, se me descubrió entonces como la volcadura irrevocable de todas las gavetas. Un universo cultural que se expande en búsqueda de sus propios límites. Las ínclitas razas ubérrimas de Rubén Darío, el continente descoyuntado de José Martí, o la agonía de corazones aplastados como negras naranjas rotas en su silencio de bodega de Pablo Neruda. Latinoamérica como una criatura amaestrada para mirarse en espejos made in anywhere, pero que de repente se cansa de ser la conjunción de reflejos impuestos y se espabila sumergiéndose en el agua de sus ríos, con una fe que no debe a la vigilancia de una cruz.

También eso que le dije cierta vez a una amiga en medio de un apagón categoría “se jodió la actividad”, eso que aquella noche sonó mucho más bonito y nunca he podido decir igual: que nosotros nos definimos en la reacción ante lo imprevisto, en la incapacidad para rendirnos cuando la adversidad estropea los planes -no sé si por hábito de resistir o exceso de creatividad-. Insisto que ese día salió más bonito, casi como un poema, pero no lo anoté y me lo quitó el olvido.

Ah, claro, la actividad al final no se jodió. No fue posible el concierto del trovador invitado, pero una guitarra mexicana –puede que otro instrumento con cuerdas que aquí por ignorancia llamaré guitarra- salvó la noche y las intenciones. Hubo quienes quedaron con ganas de demostrar su nivel de alternatividad cantando con los ojos engurruñados letras inteligentes. Hubo quienes se marcharon pensando que la actividad estaba incurablemente jodida sin el artista. Pero la mayoría se quedó a practicar el más patrióticos de nuestros deportes: el de inventarla en el aire.

Y como la música tiene que ver más con el aire y la imaginación que con la electricidad, la guitarra mexicana –porque la tocaba un mexicano- irrumpió con un Son Jarocho, con un Zapateado que las cubanas interpretamos como el chachachá de toda una vida, porque en un santiamén entendimos el ritmo del café con pan, café con pan, café con pan, y cuando regresó la luz éramos casi expertas bailando La guacamaya. Incluso, alguna que otra persona agradeció a la compañía eléctrica el detalle del apagón.

Son esas las razones que tengo para nombrar mis hijas, cuando vengan al mundo, de aquí a unos años. No pretenderé con el simbolismo de los nombres suplir la educación, pero me gustaría que con África y América aprendieran a reconocer lo que es realmente importante y consigan ser del tipo de mujer que conoce guacamayas porque no se queda lamentando apagones.

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