Elogio de Auggie Wren y un epitafio

ImagenPara Ale, Leo y Rafa

Lo que más me importa en este mundo es el proceso de la creación. ¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?

G.G.M

No sé si Leo recuerda el cuento que le regalé cuando se instaló en Nueva York. Es muy probable que no. Se lo compartí vía Facebook sin cornetas ni platillos. Solté el enlace en su perfil sin atreverme a invocar los demonios de la historia. Quise confiar en el desequilibrio que se experimenta ante cada cambio brusco de realidad en las primeras semanas, o en los primeros meses, que busca en el pasado su pértiga para sortear el aturdimiento ante lo distinto. Porque por más funámbulo que consiga ser Leo, ni siquiera él podría pasearse por una cuerda desconocida como si fuera cuestión de coser y cantar. No me lo dijo, pero me arriesgo a asegurarlo. (Asegurar cualquier cosa sobre Leo es un riesgo.) Así fue que, en medio de ese presunto tambaleo, le arrojé El Cuento de navidad de Auggie Wren, escrito por Paul Auster, con la idea de compartirle una perspectiva auténtica, inusual, algo dislocada, de esa ciudad y también de la vida.

Igual no importa si lo leyó o no, si lo recuerda o no. Aunque Leo no esté de acuerdo, él tiene mucho de Auggie, de esa falta de pretensiones que ironiza el afán de trascendencia de los mortales. No es que sea un tipo raso, insensible, anodino, extranjerizado como el Monsieur Meursault de Albert Camus. No es eso. Auggie sí aprecia la existencia, los dolores y alegrías que trae en injusta proporción. Se encoleriza con su suerte, aunque nunca invierte demasiado tiempo en quejarse. Puede ser que el drama le provoque pereza, puede ser que lo considere de mal gusto. Su cosmovisión es más diáfana y minimalista. Dos más dos es cuatro. Si quieres un cinco, quita un dos y coloca un tres. Las cosas son como son y si no consigues cambiarlas: adáptate. Su franqueza es áspera, prescinde siempre de rodeos anestesiantes. Es muy fácil confundir su incapacidad para la hipocresía con falta de tacto.

En el cuento, Auggie tiene el hábito por arte o el arte por hábito. Al inicio parece un personaje de poca monta. Es apenas un vendedor de puros holandeses y revistas, que trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y siempre dice algo gracioso acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más. El narrador, un escritor de esos que publican y venden lo que escriben, lo que se dice un hombre de éxito, o una persona distinguida, es aparentemente el que agarra el toro por los cuernos. Tiene ese tono de voz típico de los entendidos del mundo, que derrochan compasión con los no entendidos, como si les hicieran un favor al tolerar su supuesto desentendimiento, cuando en verdad solo buscan establecer una distancia, dejar por sentado que un desentendido –¡pobre diablo!- nunca estará a la altura de un entendido, más si es un entendido con éxito. En resumen, que el escritor me cayó pesado.

Sin embargo, conforme avanza el relato, los roles comienzan a nivelarse, hasta que al final el lector alcanza un desconcierto rarísimo. Con el aristotelismo en alerta roja, quieres asegurar que en la historia no ocurrió nada o que está muy mal contada. Hay un ¡¿ya?! aguardando ansioso en tu garganta. Un canon artístico se siente acorralado por tanta falta de pretensión de Paul Auster. Rechazar suele ser la reacción primera. Abjurar de la lectura, llamarla porquería, estercolar al autor. Pero si nos queda un reducto de sensibilidad aún indómito, desconfiaremos de esa primera reacción, y no nos sentiremos defraudados sino sorprendidos. Entonces, quizás, notemos también que la belleza no está amontonada en los momentos en que suele amontonarse sino dispersa, como chispas intermitentes que crees haber visto y nunca encuentras si intentas verlas de nuevo.

Las expectativas a veces estorban. Incluso, pueden impedir acceder a una obra, como al Ulises de Joyce. Porque colocan una cerradura en la cabeza que solo abre un tipo específico de llave. Cualquier otro tipo, se joroba o quiebra en el intento. Exigimos que las creaciones artísticas se adecuen a nuestros parámetros, las validamos en la medida en que nos dan la razón, en lugar de levantarnos del trono desde donde juzgamos para indagar sus propios parámetros y propósitos.

(Já, nunca será cierto el “yo no quise decir nada”, si nos preguntamos por qué no quiso decir nada, de dónde viene la idea de no decir nada, sobre qué es lo que no quiere decir nada, cuál es el argumento del silencio que simula un absurdo. Incluso Andy Warhol decía mucho con su manera de no decir. Hay propósito en el despropósito).

El escritor que me cayó pesado en los primeros párrafos no pudo acceder de inmediato a la obra de Auggie precisamente por eso. Con su manojo de prejuicios, estereotipos y referentes bibliográficos le resultó imposible comprender algo que no había visto antes, comprender dónde estaba el arte latente en esos doce álbumes de fotos, negros e idénticos que le mostró con entusiasmo el vendedor de puros holandeses y revistas, devenido admirador suyo al enterarse de sus libros, mas no todavía su amigo.

Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

La persona distinguida hizo entonces lo mejor que pudo y despreció el implacable delirio de imágenes redundantes con cortesía. ¿Quién no lo haría? Siempre es más cómodo cuestionar una obra que admitir nuestra ineptitud, especialmente cuando no pertenece a una firma autorizada por el mercado o la academia. Pero sin tardarse demasiado, el escritor decide beneficiarse con la duda, o tomarse tiempo para mirar, que es más o menos lo mismo. Y es ahí cuando deja de caerme pesado.

En la medida en que el escritor desarticula la cerradura en su cabeza, Auggie comienza a definirse, redimensionarse. Sucede una expansión de uno a través del otro. Los libros no son más que los álbumes. El admirador del artista es también un artista, aunque no hecho de admiradores y arte sino exclusivamente de arte. Las cuatro mil fotografías ocultan algo que transforma la vulgaridad del hábito en magnificencia. Nada en lo que se deposita tanta pasión y esfuerzo queda infértil. Los dos personajes se hacen amigos.

A partir de ese giro sutil, el cuento se desprende como un vagón de montaña rusa tras ascender la primera vertiente, aunque sin provocarte sustos en el estómago. El narrador introduce otra historia. El verdadero cuento de Auggie Wren comienza. Auggie agarra el toro por los cuernos. Su amigo escritor se hallaba en un apuro, buscando un cuento navideño que le había encargado el New York Times, y él se ofrece a salvarlo relatándole el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca a cambio de un almuerzo. El otro acepta. Cede su rol de narrador. La historia abre como una anécdota de cantinas, con un Fue en el verano del setenta y dos, que te advierte que el lirismo no tendrá la menor oportunidad. Y así como es contada, tan desnuda y sin gangarrias, semeja solo el chisme de cómo Auggie resolvió la cámara con que trabaja y empezó a hacer fotografías. Eso si la literatura fuera tan solo acrobacia.

No voy a adelantar nada. La gente no deja de leer Romeo y Julieta por conocer de antemano que al final se matan por culpa de un mensajero impuntual –hay quienes aseguran que es por amor, a falta de pensar qué hubiera ocurrido si el mensajero hubiera llegado temprano-, pero Shakespeare le saca a Auster una ventaja de casi 400 años muerto; lo que significa que tiene más derecho al estante de los clásicos, es decir, al estante de los libros que ya sabemos cómo acaban, pero que igual decidimos leer para ver las piruetas y malabares (la acrobacia) que ejecuta el autor o la autora, o a veces sencillamente para mortificarnos.

Sí, a Auster le falta experiencia como cadáver. Todavía está muy vivo como para arruinarle a sus obras el suspenso.

Solo diré lo que ya dije antes, que la narración es desconcertante de rara manera. Yo aún no he leído ninguna novela de Paul Auster, así que no voy a ponerme a discursar sobre su estilo presumiendo especialización en su escritura, pero por ahí aseguran que suele hacer ese tipo de cosas, jugar con el azar, romper cerraduras y difuminar la belleza con una inclemencia apreciable. Tampoco he visto Smoke, película que codirigió con Wayne Wang en 1995, que se basó en El cuento de Auggie Wren. O al menos no recuerdo haberla visto. Ni esa, ni Lulu on the Bridge, de 1998. Lo digo por si alguien cercano las tiene y me las puede pasar.

No obstante, hay libros suyos que me aguardan en alguna unidad de almacenamiento masivo de Rafa. (Espero que la oferta se mantenga en pie). Es la tercera persona a quien regalo el cuento, después de Leo y Alejandro, aunque Alejandro es el único que recibió una versión física, bestialmente ilustrada, con hojas como de postales y tapas duras, porque coincidieron mi hallazgo, su cumpleaños, una rebaja sensata en la librería de L y 27 y un ingreso inesperado. Quizás la historia se me ha convertido en un detector de amistades.

ImagenLo cierto es que desde que leí el cuento, no he podido apartarme de él por demasiado tiempo. Aprendí a utilizarlo para las frustraciones tanto como a Niña Pastori y a Rosario Flores para el desamor, o para los amores contrariados –in memoriam del gigante-. Con cada lectura el texto se degenera más hacia la poesía. El lirismo del que adolece se justifica en la exactitud de su ternura. Metáforas bonitas lo amelcocharían. Hay realidades tan flores que no necesitan palabras con fragancia. En ocasiones, solo le acaricio las páginas al libro que tengo igual al de Alejandro. Lo hojeo como si no supiera leer y cada letra gana la prestancia venerable de lo imposible. Las ilustraciones me calman la incertidumbre fingida y simultáneamente excitan mi curiosidad. Lo cierro sin profanar. Me alegro de haberlo descubierto.

Para rematar, esta última evocación de Auggie Wren reprodujo la atmósfera azarosa de la historia. Todo se desencadenó con una fotografía que publicó Leo en Facebook de un lugar X de Nueva York. A mi amigo le ha dado por hacerle fotos a la gran manzana. Yo le digo que le escribiré algo a esa imagen y él me la regala. Iba a empezar describiendo una pecera desde la perspectiva de un pez proscrito. Una pecera y no un mar por los cristales. Eso me sugirió. Y luego hablaría de las sociedades como peceras y no sé qué más. Pero entonces Rafa me envía por correo la mejor crónica sobre una ciudad que he leído en mi vida: Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas, del cronista norteamericano Gay Talese. Me traumatizo con el ingenio de Talese y confirmo por milésima vez mi fe en la escritura para descifrar el mundo. Me repongo a tiempo para liquidar unos textos amargos –aunque dignos- con los que alegro un poco mi estipendio con ínfulas de salario. Después hablo con Rafa y no recuerdo por qué le digo que le compartiré un cuento bien colocado en mis afectos. Puede que haya sido antes de Talese. La memoria posee una cronología muy imprecisa. Y le hago llegar el cuento, que aprovecho para leer de nuevo.

ImagenLa foto de Leo, Talese y Auster se mezclaron y me dieron ganas de escribir. La manera en que Leo miraba la súper metrópoli me recordó a Auggie y una conversación existencial en una tarde sin hígado para amarguras devino también en Auggie.

Y justo cuando creo que el personaje de poca monta retornará tranquilo a la ficción, Rafa me envía un enlace de una noticia reciente con el siguiente titular: This Man Took 445 Photobooth Portraits of Himself Over 30 Years, and Nobody Knows Why. Pero, sin intenciones quirománticas, nosotros sí podríamos explicar por qué un hombre tomó 445 retratos de sí mismo en un fotomatón a lo largo de 30 años (de la década del 30 a la del 60). Hasta resultan irrisorios, en comparación con aquellas cuatro mil piezas en 12 años del vendedor de Brooklyn.

La reportera Megan Garber refiere la hipótesis de un historiador citado por otro historiador, que plantea la posibilidad de que el sujeto no identificado trabajara como técnico de esas cabinas públicas recaudadoras de sonrisas –y sabrá dios qué otras cosas- y que se retratara con el fin de examinar su funcionamiento. Pero a Garber no le convence tal hipótesis. Y a mí tampoco. Ella sospecha que el fulano asumió el fotomatón no como un divertimento momentáneo sino como un espejo permanente. Hay una simpatía, una franqueza, en muchos de los autorretratos del hombre; sientes un anhelo de conexión. Es como si estuviera tratando de mirarse a sí mismo por primera vez, todas esas veces. Y yo sospecho que si fuera un procedimiento habitual en quienes se dedicaban a arreglar esos equipos, hubieran muchas más colecciones similares por el planeta, y esta no hubiera terminado expuesta en la galería de un museo de arte en Nueva Jersey.

ImagenPero dejemos a los historiadores la angustia de acertar. Sea cual sea el motivo, el resultado no cambiará. No importa si este otro implacable delirio de imágenes redundantes es un hábito hecho arte o un arte hecho hábito. En la obra resalta lo que notara el escritor del cuento, tras permitirse observar. Auggie y este extraño buscaban capturar lo mismo.

(…) estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.    

Yo a Leo nunca le hubiera pedido un autorretrato porque su suspicacia se lo impediría sin explicaciones previas, debidamente desarrolladas, y lo único que podía decirle era que tenía ganas de escribir. Además, me hubiera bloqueado en Facebook si publicara su retrato junto con este texto. Lo más saludable -pensé- fue pedirle fotografías de esa minúscula esquina de Atlantic y Clinton que Auggie Wren hacía suya todos los días a las siete de la mañana. Que interpretara el personaje que él mismo había despertado. Nunca le revelé para qué las quería. Ni siquiera sabía si finalmente las emplearía. Mi solicitud no obedecía más que a un deseo irracional de entrecruzar la realidad real con la realidad literaria. Confiaba en que las fotos me concederían las justificaciones. Y como mi amigo accedió –me dijo que no tenía nada que hacer el fin de semana, pero también porque es buena gente, aunque a simple vista no se le note- obtuve un pedazo de historia para incorporar en mi propia historia, como si así pudiera colarme un rato dentro del cuento. La invención de las cámaras fotográficas ha venido a demostrar que a cualquiera le encantaría vivir en la ficción.

Entonces, cuando la cosa iba con el viento a su favor, a Gabriel García Márquez se le ocurre morirse. Yo que nunca lo creí capaz de semejante barbaridad. Hay personas que por la manera en que viven parecen no tener aptitud para la muerte. Con mi abuela sentí lo mismo. Demoré ocho años en entender que había muerto. Recibí la noticia a los cuatro y lloré a los doce por primera vez. Le llevaba flores al cementerio y correteaba entre las tumbas como si estuviera en un parque de diversiones. Aquello me resultaba entretenidísimo. De alguna manera, esperaba que apareciera de pronto en su antiguo cuarto, meciéndose en su majestuoso sillón de caoba y con un libro para leerme. El día que se llevaron el sillón porque no se acomodaba con el resto de los muebles, me percaté de que eso debía ser morirse.

Sin embargo, desde Úrsula Iguarán es muy peligroso utilizar abuelas en cualquier relato. Cien años de soledad ostenta la mejor abuela de la literatura latinoamericana. Quien la haya leído no podrá evitar traicionar con comparaciones a cualquier otra que conozca después. A la madre del primer Aureliano y el segundo José Arcadio se le agarra cariño muy rápido. El colombiano embrujó a la humanidad con esa novela. Cuando escribía Cien años de soledad soñaba estar inventando la literatura. Nadie lo duda. De paso, volvió la originalidad una cuestión de supervivencia.

Porque sabía que se me iba a infiltrar García Márquez, intenté enseguida escribirle su propio texto. Hasta redacté dos oraciones alegando lo que todo el mundo, que en la literatura vivirá por siempre y nunca lo olvidaremos. Pero pensando en qué podía decir distinto, los ojos se me tropezaron con dos libros suyos que me dejó Leo antes de irse. Se titulan Me alquilo para soñar y Cómo se cuenta un cuento, que recogen las sesiones de discusión –muy terapéuticas por cierto- de dos talleres de guión cinematográfico que dirigió en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Los desempolvé, los leí, los marqué y realicé extirpaciones bastante reveladoras. Buscaba un eje, un impulso, no sé si para arremeter contra su muerte o celebrar su vida, y luego de un esfuerzo útil a cualquier cosa menos a su objetivo, revisé las contratapas y encontré la clave, no para entender que había muerto sino para retornar a Auggie Wren.

Ahí en el inicio la coloqué, a modo de bienvenida. Es esa frase a la que le dicen exergo por costumbre, aunque se llama epígrafe. ¿Quedó bonita? A mí me encantó su confirmación de que es muy capaz de morirse. No hace falta reiterar las razones. También en su creación se verifican. Debió pasar que de tanto verterse en la literatura, la vida acabó por convertírsele en una redundancia de su obra, en una ubicuidad insoportable, o en cierto implacable delirio de imágenes redundantes. Que el nombre aplastó al hombre en un agigantamiento atroz no premeditado. La estatura es un daño colateral de la pasión. Morirse debió ser su última rebelión de mortal. Habrá que creerle, supongo.

Epitafio ficticio basado en hechos reales:

No hay verdadera creación sin riesgo y por lo tanto sin una cuota de incertidumbre. Yo nunca vuelvo a leer mis libros después que se editan, por temor a encontrarles defectos que pueden haber pasado inadvertidos. Cuando veo la cantidad de ejemplares que se venden y las lindezas que dicen los críticos, me da miedo descubrir que todos están equivocados –críticos y lectores-, y que el libro, en realidad, es una mierda. Es más –lo digo sin falsa modestia-, cuando me enteré de que me habían dado el Premio Nobel, mi primera reacción fue pensar: “¡Coño, se lo creyeron! ¡Se tragaron el cuento!”. Esa dosis de inseguridad es terrible pero al mismo tiempo necesaria para hacer algo que valga la pena. Los arrogantes que lo saben todo, que nunca tienen dudas, se dan unos frentazos, mueren de eso.  

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Un comentario en “Elogio de Auggie Wren y un epitafio

  1. Reblogueó esto en El microwavey comentado:
    No puedo hacer el ejercicio, hay demasiado afecto entrecruzando todas las líneas, hay demasiada alegría y cariño bajo las letras como para atreverme a emitir cualquier otro criterio. Que me gustó mucho, señorita de las trenzas al sol.

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