Indulto para el 14 de febrero

Yo me amo

Yo iba a escribir una sarta de recriminaciones al señor 14 de febrero, alias San Valentín, alias Día del amor, alias Día de los enamorados.

Yo iba a escribir que la comparsa de rosas, globos, postales, chocolates, velas, inciensos, ositos de peluche, corazones geométricos, perfumes, aceites aromáticos, portarretratos con ailovius, cenas románticas, afrodisíacos, vinos, cintas rizadas, profilácticos con saborizantes, pintalabios color carmín y etcéteras que se apoderan de la fecha, no era sino una burda coreografía del sistema capitalista para incentivar el consumo desenfrenado de mercancías inútiles que atentan contra la sostenibilidad y la sustentabilidad ecológica del planeta.

Yo iba a escribir que no celebro el 14 de febrero porque me resisto a ser una marioneta maniobrada por la publicidad y frívolas convenciones sociales, que racionalizan el amor y el romance a un día del año y reducen la expresión de afecto a la compra e intercambio de regalos pedestres, que ni siquiera te tomas el trabajo de imaginar porque eliges entre las opciones que ya alguien más imaginó apelando a las tradiciones que funcionan.

Yo iba a escribir que el paradigma de amor que promueve es una falacia de merolico patentizada por Walt Disney –célebre delator de presuntos comunistas en la época en que John Edgar Hoover lideraba la cacería de brujas desde el FBI-, que con un ratón negro y timorato –de autoría en disputa con el dibujante Ubbe Iwerks-, y unas princesas blancas y flacuchas que solo pueden liberarse de sus opresiones casándose con un príncipe o con un bandolero muerto de hambre siempre que una lámpara maravillosa lo haga millonario, ha traumatizado por décadas a generaciones de mujeres y hombres que buscan relaciones al estilo happy ending.

Yo iba a escribir que yo no creo en el amor eterno, ni creo que la duración de una historia sea un indicador infalible de la autenticidad de un sentimiento, ni creo que no se puede hacer el amor con extraños, aunque no se ame a quien no se conoce, ni creo que para hacer el amor sea indispensable amar, ni creo que si el amor se acaba es porque no fue amor, porque a nadie se le ocurre decir que lo que muere no fue vida, porque si muere -o acaba- fue precisamente porque fue vida -o amor-, ni creo que existe un solo amor de tu vida sino cuantos te permitas amar, ni creo que se pueda amar más a una persona que a otra sino de maneras diferentes.

Yo iba a escribir que adoro la soledad de mis amaneceres, que mi felicidad es autónoma, que no necesito que nadie “me complete” porque la plenitud no es cuantitativa ni depende de terceros, que no busco “un hombre que me represente” porque no soy ninguna institución ni partido político, y para presentarme y representarme me basto yo con el nombre que me pusieron y con la cabeza que me tocó.

Yo iba a escribir todo eso y más, porque me revienta los ovarios la imposición de una cultura que coloniza desde los ritos de seducción hasta las expresiones faciales del placer sexual. Que determina qué es amor y qué no y serializa las vivencias emocionales. Que domestica los sentimientos. Pero hoy no estoy con ese ánimo. De veras que no. Al menos no tanto.

Resulta que Anabel, una amiga mía, está insistiendo desde hace tiempo en que al universo hay que hablarle fuerte, preciso y claro para que escuche, entienda y conceda. Supongo que las vías humano-galácticas de comunicación con el universo deben estar abarrotadas de mensajes y solicitudes, con tanta calamidad en el mundo. Así que decidí hacer el intento, aprovechando que es gratis y no hay que pagar impuestos, y hasta convoqué a Leydi Torres, otra amiga con ovarios intolerantes a las mismas cosas, para darle una oportunidad al 14 de febrero en una especie de complot blogosférico, ella arrojando una de sus botellas al mar y yo halándole los rayos al sol.

No es que me vaya a retractar de las cosas que no iba a escribir. Confirmo cada pedazo de protesta. Suscribo lo que dije, si eso fuera posible. Sin embargo, casi que con espíritu de nota al pie, voy a aclararle algo al universo y a quien sea que esté detrás del dichoso Día del amor.

Primero, que me gustan las flores -no los ramos- y si son de distintos colores, mejor. Y excepto los globos, las cintas rizadas, los ositos de peluche, los corazones geométricos y los portarretratos con ailovius, me gusta todo lo demás que integra la comparsa que mencioné al inicio, pero en su versión alternativa.

Segundo, que la soledad de mis amaneceres la puedo compartir. No hay que andarse con egoísmos que los amaneceres son siempre descomunales y admiten todos los ojos de la humanidad. Además, en mi cama cabe no uno, sino dos hombres junto conmigo. Aunque no voy a pedir tanto, que hay muchas mujeres y muchos hombres en mi situación y de todas maneras no dispongo de tiempo para dos. Mujeres no me interesan, desafortunadamente. Las como yo me parecen criaturas hermosas pero nunca me he enamorado de ninguna, no me excitan y ni siquiera me provocan morbo. Lo cual lamento porque siempre he creído que la bisexualidad amplía tus opciones.

Tercero, y atiende bien universo que esta parte es importante: me da lo mismo un hombre negro, que blanco, que mestizo, que azul, que amarillo. No me importa si el pelo largo, si calvicie prematura. No me importa que “me llene” intelectualmente, que para eso acudo a libros y amigos. No me importa que no piense la realidad desde mis mismas coordenadas, ni que coincidamos o no en nuestras opiniones. Solo importa que nos unan valores fundamentales. Confieso que siento predilección por los altos y debilidad por los que me hacen reír, y tengo un ligero fetiche con las caricias postcoitales que perpetran las manos grandes, pero estoy dispuesta a escuchar proposiciones. Ya sé que he sido muy exigente, que lo sigo siendo, y bueno, por eso es que apelo a la suprema corte del universo.

Cuarto, que no necesito que me completen pero sí compañía. Ocasionalmente. Hay cierto encanto en eso de acompañarse por la vida, aunque no hasta que separe la muerte, sino mientras que el amor dure. Lo de la muerte más que elección, parece sentencia.

Y quinto y último, permítame advertirle universo, que si para el próximo 14 de febrero sigo en las mismas, sola sin estar sola ni en celibato, te voy a cantar las cuarenta y te aseguro que no va a ser bonito –canto terrible y con entusiasmo-.

De cualquier manera Leydi, siempre podemos fundar un club cuando seamos unas viejas escleróticas, de las que se emperifollan para ir a estrenos de obras en los teatros, de las que se enganchan sus bisuterías mejor preservadas y una estola de flecos por la frialdad y el sereno, de las que se untan colorete porque los años no perdonan pero sueltan la edad como si fueran a desvestirse, de las que gozan con 14 de febrero, 31 de diciembre y hasta con un 10 de octubre, de las que no dejan de amar aunque el amor que les falte les sea esquivo.

Que si es tan despistado como tú y como yo, no nos debe extrañar que se haya olvidado de nosotras. A lo mejor se conocieron en algún camino tu amor y mi amor y andan dando cháchara como locos. Probablemente quejándose de lo mismo.

Mientras, me sigo amando a mí misma con todas mis fuerzas. Y en este caso, sí será hasta que la muerte se interponga.

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Un comentario sobre “Indulto para el 14 de febrero

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  1. bueno Mónica, el año que viene cantamos (aunque no sigas en las mismas) que también me hace falta decirle unas cuantas cosas al tal “universo”

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