Luciérnagas cortazarianas

Luciernagas

Para Leydi Botellas al mar, porque es fiel a su rareza.

Llevo un mes estrenando mis mañanas con Cortázar. Gracias a uno de esos amigos pospuestos por falta de circunstancias, que me obsequió la edición afortunada que armó Casa de las Américas de/sobre Julio Cortázar, en un evento muy solemne en el que coincidimos, pero que propició la circunstancia de un libro desparpajado y una dedicatoria subversiva.

La compilación contiene cartas, muchas cartas, abrazos, confidencias, viajes, conspiraciones literarias, complicidades con Retamar, maullidos, turbulencias, asombros con Paradiso, relatos, ensayos, discrepancias, arenas movedizas, lealtades, lecciones escriturales, amores, metamorfosis, trampas, borbotones de magia. Me recuerda una casa colonial de extremidades largas y habitaciones como intervalos de tiempo, en la que corretea un viento tumbando las cosas de su sitio oficial. Y hay que agarrarse a los hilos del viento, bien suave para no deshilacharlo en brisas, si se quiere efectuar una lectura con el método ecocardiograma, en vez de emplear el convencional método arqueológico.

El viento, en ocasiones, por pura maldad se atorbellina y te revuelca por las páginas, hasta que no sabes en cuáles has estado y en cuáles no, porque hacia delante se empata con hacia atrás, y se tornan una rueda inexorable que te encierra dentro. Ahí te acuerdas de que existe el índice: acta de disfunción del libro. Ese engendro luciferino que es como las descripciones desamuebladas que aparecen en los documentos de propiedad de las casas, que provocan una sensación de desahucio tremenda porque cuesta identificar ese papelucho con tu hogar, aunque te asegura en casos de confusión.

El índice me conduce entonces a cruzar la frontera del de al sobre. Comienza Roque Dalton con una reseña de Historias de Cronopios y de Famas, que resuelve con palabras cronometradas, en ese tono suyo tan escalofriante de quien se apura a confrontar la muerte sin restar un minuto a lo esencial de la vida. Continúa Eliseo Diego, justo, sabio, entrañable, hablándonos de Todos los fuegos el fuego, de la narrativa y lo fantástico. El siguiente es José Lezama Lima, ser milenario, epítome de universo, que me alza en sus brazos convirtiéndome en una criatura diminuta para que pueda sentarme un rato con él y mecernos juntos en su sillón volador.

La escritura de Lezama oscila de una realidad a otra. El mundo y la historia del mundo son apenas un patiecito interior que conoce milimétricamente. Su lenguaje es ese aliento prolongado entre los extremos que él mismo define en condición de péndulo.

En esta escala, como se nota, es natural olvidarse de todo y sobrecogerse.

Detengo la lectura y me pongo a elucubrar sobre por qué no consigo terminar el Ulises de James Joyce. En cada intento de leerlo, la novela se me hace más interminable. Hay momentos en que consigo deslizarme feliz y desprevenida por sus páginas, pero entonces no entiendo qué ocurre, que le empiezan a crecer unas espinas negrísimas y unas púas de alambre electrificadas, y ya no puedo avanzar un paso más. Entonces me aparto del libro y lo coloco en un lugar ostensible desde donde me atormente, como el siniestro “ojo de buitre” de una víctima de Poe, o peor, como el corazón tenaz que te convierte en delator de tu propio crimen.

Ulises es mi Everest. Solo que no se escala hacia arriba sino hacia dentro. Nada valdría leerlo como si me tomara un purgante. Para leer de verdad un libro es indispensable la comunión con la obra y su autor. De lo contrario, demeritaría la experiencia vital de la lectura a una mera cuestión de formación literaria.

Prefiero la literatura como jungla indómita, en la que todos los autores de todas las épocas conviven inmortales, sin la castidad de las clasificaciones, ni las incandescencias de los premios; es decir, libres de cualquier tipo de cachivache. De toda dictadura. No se puede andar por los libros con ese apetito grosero de hipertextualidades, para luego arrojarlas como eructos en la escritura y, por consiguiente, en la cara de sus posibles lectores. La literatura se asimila en intimidad. No se mastica con la boca abierta. Resurge de ti porque quiere, sin espavientos ni chirridos, cuando hay palabras, temas, situaciones, que la invocan. Las referencias para ser armónicas necesitan nacer por parto natural. El resto es alarde de urraca que descubre un pasador de brillantes.

A Joyce, evidentemente, aún no consigo asimilarlo. Quizás no es su hora. Presiento que requiero armarme con otras lecturas para decodificar su acceso. Aunque en cada intento siempre me inquieta la pregunta de si no será Ulises un enigma invencible, y seguido, me imagino a su autor riéndose a carcajadas de sus lectores y sus interpretaciones. Porque es imposible no sentir, al menos una vez, que Joyce se burla despiadadamente de ti. He leído ensayos formidables sobre el Ulises, impresiones de escritores, reseñas, prólogos, pero nada me ofrece las claves necesarias para lograr mantener la comunión con el espíritu de la obra en las más de 900 páginas que tiene la edición –que me prestaron- del Instituto Cubano del Libro.

Hace como un año leí un ensayo del escritor y crítico español Eduardo Lago, que se titula El íncubo de lo imposible, que logró esperanzarme con el libro. Pensé que finalmente esas luces fecundarían mi imaginación y conseguiría recorrer el Ulises. Pero nada. Era como si la novela que yo leía, excepto por sus nombres, fuera otra muy distinta a la que analizaba el ensayo. Y ocurrió lo mismo de siempre, empezó a comprimirse en una oscuridad perfecta, hasta quedar yo frente a montones de letras muertas, como los escombros de un coloso que aún no alcanzo a ver del todo.

El mismísimo Joyce en una carta dirigida a la editora Harriet Weaver –citada por Lago en su estudio-, revela:

“Hace varios años que no leo nada de literatura. Tengo la cabeza llena de guijarros, desperdicios, cerillas rotas y esquirlas de vidrio… Me he impuesto el reto técnico de escribir un libro desde dieciocho puntos de vista diferentes, cada uno con su propio estilo, todos aparentemente desconocidos o aún sin descubrir por mis colegas de oficio. Eso, y la naturaleza de la leyenda que he escogido, bastarían para hacerle perder el equilibrio mental a cualquiera”.

 Y no hacía falta que lo dijera. Desde la primera lectura, en un arranque de comprensión efímero, apunté al final del libro –con lápiz-: “Para leer Ulises tienes que desatar los cordones de la razón o tienes que saber correr con los cordones desatados sin caerte”. Pero sigo cayendo y cuando caigo, casi por reflejo, me ato los cordones.

 Un amigo muy querido que estudió Literatura, al confesarle mi incapacidad, me aconsejó ir directo al monólogo interior de Molly Bloom, algo así como ir al capítulo VIII de Paradiso. Y casi acepto su consejo. Más por curiosidad, que por pereza. Sin embargo, eso equivaldría a ir a la cima del Everest en helicóptero. Y no me gustan los atajos. Los helicópteros sí, aunque nunca he montado en uno. Me dan la sensación, los atajos, de que me pierdo algo. Porque distorsionan las genuinas dimensiones del final. Detesto cuando el tiempo se convierte en un mecanismo de presión que violenta los ritmos de cada vida porque no distingue su singularidad.

Por suerte, a un libro nunca se llega tarde, ni temprano. Porque en la literatura no existe ese demonio de la puntualidad. Las obras cambian con cada lectura. El Principito debería leerse todos los años, porque en primer lugar no debería existir la categoría literatura infantil. Y la poesía muta más todavía. Las academias deberían organizar sus programas atendiendo al entrenamiento de sensibilidades, más que a razones cronológicas que faciliten la memorización de los títulos. Lo que conmociona no se olvida. Claro, las conmociones no las puedes evaluar con una escala de números.

Retorno a la lectura de Lezama. A la lujuria infinita de su imaginación. Escribe sobre Cortázar ubicándolo en el contexto complejo de la humanidad. Nunca aparta ni distancia. Integra, relaciona, fertiliza, refunda. Es un rizoma. (Para no quedarme atrás en la moda de “lo rizomático”). Pero no me extrañaría que en un futuro los rizomas empezaran a describirse como lezamianos. O en vez de decir enfoque holístico, digamos enfoque lezamiano.

Pero yo lo único que quería era compartir unas ideas y fragmentos de/sobre lo que estaba leyendo. No preví que Cortázar y Lezama me remitieran a Joyce, ni que los tres juntos me sabotearan la lógica del texto. De todas formas, no me mortificaré por el desbarajuste de las ideas y adjuntaré los fragmentos. Advierto, no pretendo con ello desmenuzar el libro, sino liberar frases como luciérnagas que den ganas de seguir hasta los umbrales del universo de Cortázar. Porque una vez allí, con suma humildad, las luciérnagas se disipan en una permanente lluvia de estrellas.

De Cortázar

  • “En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores”. P. 21.
  • “Gracias por haberle mostrado a Lezama cuánto me acuerdo siempre de él y lo mucho que lo admiro. Hace tiempo que quiero escribirle, pero me intimida un poco; vuelvo a acordarme de la noche en que cené con él y lo escuché decir cosas maravillosas, como un lento volcán de palabras. Sí, él es uno de los que me hacen tener confianza en nuestras tierras, en lo que habrá de ser finalmente esa América misteriosa”. P. 34.
  • “Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. Probablemente Ícaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónimo, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada”. P. 50.
  • “Nietszche, que era un cronopio como pocos, dijo que solo los imbéciles no se contradicen tres veces al día. No hablaba de las falsas contradicciones que apenas se rasca un poco son hipocresía deliberada (el señor que da limosna en la calle y explota a cincuenta obreros en su fábrica de paraguas), sino de esa disponibilidad para latir con los cuatro corazones del pulpo cósmico que van cada uno por su lado y cada uno tiene su razón y mueve la sangre y sostiene el universo, ese camaleonismo que todo lector rehúsa el coleóptero”. P. 55.
  • “Un niño lustrabotas en la India es una sonrisa traviesa, una voz que suplica riendo, toda la miseria del mundo en unos huesos como palitos y unos ojos de inevitable mansedumbre”. P. 109.
  • “Hablar con Roque era como vivir más intensamente, como vivir por dos”. P.137.
  • “Las inauguraciones, no sé bien por qué, tienen siempre un aire grave, una solemnidad que nunca me ha gustado. Después de todo, inaugurar algo es sacarlo de la nada para lanzarlo a la vida, y sería bueno recordar que los pediatras modernos nos han enseñado que el alumbramiento tradicional no tiene nada de bueno, y que es injusto recibir a un bebé con una ceremonia que empieza en forma de paliza para que el bebé se ponga a llorar y llene así de aire sus pulmones”. P. 191.
  • “Las historias literarias de corte académico resumen ese museo glacial que de tanto en tanto un terrorista hace saltar por el aire; pero como todo esto es una metáfora, hay que completarla con la descripción de lo que ocurre cuando se disipan los vapores de la bomba Cervantes, de la bomba Byron, de la bomba Baudelaire, de la bomba Vallejo, de la bomba Joyce: las estatuas violentamente proyectadas en todas direcciones vuelven a caer en un orden diferente, y los nuevos visitantes del museo de la literatura descubren que una cantidad de monstruos sagrados han ido a parar al sótano mientras que muchos de los “malditos”, de los relegados por la vara del dómine de turno, se alzan ahora en pleno corazón del museo y abren en sus galerías una perspectiva por completo diferente”. P. 257.
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