Basura

Flower party
Flower party

Hay gente que no sabe lo que arroja a la basura. La semana antepasada, en la esquina de Línea y J, encontré varias cajas de madera atiborradas con litros de leche. Vacíos, claro. De esos que venían antes con su chapita metálica encima, que traían leche de verdad y costaban –según mi madre- 20 centavos por la libreta de abastecimiento y un peso por la libre. En ese entonces me faltaba edad para entender de precios, pero recuerdo los litros de leche tan bien como los trozos de caramelo duro azucarado, la gelatina de naranja, las africanas, los huevitos de colores o los cakes de chocolate del día de las madres. Son componentes cruciales en la arquitectura de recuerdos que sostiene mi infancia. ¿Cómo iba a ignorar aquellas reliquias patrimoniales de la cultura alimentaria cubana, muy injustamente abandonadas junto a un basurero en el centro del Vedado?

La ubicación marginal de los envases despistaba de su valor. Casi nadie cree posible descubrir perlas en cochiqueras. La lógica indica que el lugar donde se coloca cada cosa es expresión del valor de la cosa. Y a veces también motivo de desgracia para el lugar. La humanidad mantiene la extraña costumbre de restringir el acceso a lo que considere valioso, aunque sea algo inútil, como un lingote de oro. Algo de esto se habla en economía política. Pero las teorizaciones, con sus millones de páginas publicadas, no han servido para comprender determinados comportamientos de las sociedades modernas. Menos para convencer de su racionalidad.

El problema es detectable con una simple consulta a Wikipedia. Dice la enciclopedia libre que “la basura es todo material, residuo o producto no deseado considerado como desecho y que se necesita eliminar porque carece de valor económico”. En otras palabras, basura significa mercancía muerta. Basura es lo que deja de ser comercializable porque nadie te va a dar dinero por ello. Incluso, en algunos países, debes pagar por producirla –lo cual, atendiendo al contexto, resulta un método de regulación inteligente-. Basura, en síntesis, es lo que el mercado impone y no necesariamente lo que deja de ser útil, pues también el concepto de utilidad se encuentra un poco bastante distorsionado por la publicidad y las industrias culturales.

Confieso que a mí me daba pena recoger aquellos litros de leche, que parecían accesorios funerarios exhumados de una tumba noventera. Su hediondez era impecable. Las piezas desprendían una mezcla de aromas indefinibles, donde la toxicidad de algún veneno desafiaba la perdurable esencia encartuchada del rastro de cucaracha. Finos tejidos de arañas alternaban con incrustaciones sobre vidrio de cigotos de cucarachas y eses fecales de salamandras o ratones, que son materiales de consistencia y figura similares, y un revestimiento minimalista a base de polvo gris funcionaba como el acento de originalidad que se extraña en el arte postmoderno. Oh… ¡Dios mío! ¿Se habrá tratado de una escultura urbana de la Bienal de La Habana que mi intelecto poco adiestrado en trasgresiones no supo identificar?

Había dos mujeres sentadas en un muro. Observándome sin la menor discreción. Examinándome de zapatos a peinado. Intentando adivinar qué yo haría. Bueno, en realidad las mujeres estaban hablando antes de que yo apareciera, pero como yo pasé cuando estaban hablando y me detuve frente a la basura con el disimulado entusiasmo con que me detendría –pero mucho menos tiempo- frente a un billete de 100 cucs para recogerlos del suelo como si recién se me hubieran caído y dar brincos de alegría en mi cabeza y preguntarme si es falso o verdadero pero sin atreverme a colocarlos a trasluz hasta llegar a un sitio seguro donde celebrar o sufrir el resultado, es decir, como me detuve, me detuvo la basura, es natural que me convirtiera en objeto de observación.

Yo los quería –no los 100 cucs, aunque también, sino los litros-. Estaba segura de que los quería. Los había transparentes, en ámbar y en verde. Empecé a pensar en corchos, siemprevivas, caracoles, cuentas de collares rotos. En tantas cosas que podría colocarles dentro. Lo lindo que se vería uno en la repisa que no tengo en el hall, al lado de los cientos de libros que ahora se me enmohecen en un clóset. Y hasta para servir un jugo o limonada a mis visitas. Las jarras de vidrio están tan caras en las tiendas y nunca he comprado una pero ya temo olvidarla en el congelador y que se me rompa, o que fregándola se me resbale de las manos como tantas cosas se me resbalan de mis manos escuálidas y pretenciosas. Si los lavaba bien, utilizando detergente espumoso y cloro y desengrasante, y luego los hervía y los volvía a hervir, quedarían relucientes. Hasta podría acompañar la limonada a mis visitas con la historia fabulosa de mis recipientes (antisistémicos, alternativos, iconoclastas) y presumir de mi sensibilidad ecológica. Sí, sí, sí. Yo quería aquellos formidables, hermosos y elegantes focos de infección.

Enseguida recordé a Lauren Singer, la joven neoyorkina que vive sin generar basura desde hace unos tres años. Una archienemiga del plástico graduada de Estudios Ambientales, que un día se miró frente al refrigerador y quedó horrorizada por su reflejo contradictorio en los múltiples productos con envases desechables que almacenaba y comenzó a comprar sus alimentos a granel en los mercados, a preparar en casa sus productos de higiene y limpieza con ingredientes naturales y a socializar experiencias y recetas para fabricar detergente o pasta dental en su blog Trash is for Tossers. No habrá resuelto la paz mundial -¿quién lo ha hecho?-, pero sí es un testimonio de vida diferente. Una inspiración.

Esta es Laura Singer

Y aunque yo no soy Lauren Singer, ni La Habana es Nueva York, ni el reciclaje de litros de leche implica una proeza, superé pronto los complejos que frenaban mis deseos. Me dije: Mónica, no hay por qué avergonzarse. Recoger basura no te va a demeritar porque en principio no es una actividad demeritoria. No escuches los prejuicios sociales. Olvídate de las mujeres sentadas en el muro. Si estuvieras robando si deberías sentir vergüenza, pero estás contribuyendo a la campaña contra el Aedes aegypti eliminando potenciales criaderos, a la higiene de tu ciudad y a salvar el planeta del consumismo contaminante. ¡El poder es tuyo! Mantén en tu mente las siemprevivas, los corchos, los caracoles, las cuentas de collares rotos, la limonada a tus visitas, la historia fabulosa, el precio de las jarras de vidrio en las tiendas, tus manos escuálidas y pretenciosas.

Banda Sonora: Man! I Feel Like a Woman, by Shania Twain.

Extraje del bolso mi jaba de nylon “mujer precavida vale por dos”, una hoja de papel (usada) que me sirvió de guante en mi labor de reciclaje, avancé con timidez de neófita en el asunto, de falta de costumbre –prejuicios ON-, y comencé a escoger y a guardar los litros de leche que me cupieron en la jaba. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. De diferentes tonalidades, para combinar con el color del jugo y con los otros adornos de la repisa. Y siete: en la otra mano me puede llevar otro.

Si hubiera tenido uno de esos carritos con ruedas para cargar mandados que sacaron en las tiendas, ahí si iba a aprovechar para hacer regalos a mis amigas y amigos con quienes comparto la pasión por reciclar. O el estilo de vida, más bien. Y pensar que todavía nos quejamos del salario. No acabamos de entender que con los salarios nuestros no se busca incentivar el trabajo sino la imaginación. Cuba es una eterna Bienal.

Oh, oh, oh, go totally crazy – forget I’m a lady
Men’s shirts – short skirts
Oh, oh, oh, really go wild – yeah, doin’ it in style
Oh, oh, oh, get in the action – feel the attraction
Color my hair – do what I dare
Oh, oh, oh, I wanna be free – yeah, to feel the way I feel
Man! I feel like a woman!

Una vez complacida continué mi camino al trabajo como si me hubiera acabado de bajar de una montaña rusa. Avanzaba con dificultad. Los litros chocaban lindo y hasta valoré hacer un sonajero. Rayos de sol. Juegos de luces en mi sala. Yo sudaba como corresponde al mediodía. Alucinaba casi. Deja que le cuente a Lisandra. A Anabel. A Alejandro. A Jarlis. Deja que en el trabajo vean lo que encontré y les cuente todo lo que pretendo hacer. Por suerte quedaban más. Todo el mundo va a ir corriendo a recoger litros de leche.

La adrenalina me energizaba. Mi cabeza ejercitaba la ubicuidad. Atrás habían quedado las mujeres observándome. Ellas seguro también agarrarían algunos si supieran la cantidad de maravillas que se pueden hacer. Qué lástima dejar las cajas. Esas cajas se lijan bien y se construyen unos estantes preciosos. Como libreros no tienen precio. Yo encontré en Internet unos diseños que me encantaron. Abajo se les pueden poner unos pie-de-amigo de hierro con volutas que logran un contraste entre lo rústico y lo sofisticado que es para morirse. Pero no sé cuánto me cobrará un herrero por hacerme esos pie-de-amigo. En las ferreterías no hay de ningún tipo. Mira que llevo meses buscando.

Oh, oh, oh, go totally crazy – forget I’m a lady
Men’s shirts – short skirts
Oh, oh, oh, really go wild – yeah, doin’ it in style
Oh, oh, oh, get in the action – feel the attraction
Color my hair – do what I dare
Oh, oh, oh, I wanna be free – yeah, to feel the way I feel
Man! I feel like a woman!

Sin embargo, en el trabajo mis reliquias no causaron la sensación que esperaba. Yohanka sí se antojó de una, que le obsequié con esa alegría rara y fervorosa de quien reparte agua a gente sedienta olvidándose de su propia sed. Le di una transparente. Ella, acuariana legítima, también es de las que recopila tesoros camuflados de basura. Gina es distinta. Es tauro. Convive con todo el zodiaco y habla el lenguaje de todos sus signos pero se mantiene tauro. Ella me dijo que creía conservar en su casa dos más, que si los encontraba me los iba a traer. Con lo cual, me podría permitir regalar un tercero a Anabel: piscis de aletas alegres.

El segundo lo regalé a Lisandra. Otra tauro. Porque en su guarida, monumento público del reciclaje creativo, que tiene la (des)dicha de hacer camino a cualquier destino, tuve que guardar ese día los seis litros de leche para poder ir a un concierto sin tener que desviarme antes a mi casa. No podía continuar cargándolos. Se me hubieran quebrado. Además, sabía que Lisandra se antojaría de otro y eso me causaba una emoción inexplicable. Casi reviento su puerta o amorato mis dedos tocándole. No recuerdo si le grité. Seguro dormía. Insistí. Insistí. Insistí. Hasta que me abrió. ¿Dormías? Dormía. ¿A esta ahora? Me puso cara de ogra. Pero no me asusté. Lisandra es pésima enojándose. No dura nada. Enseguida cualquier tontería le afloja la risa. Es una contenta incorregible. Igual le hice un favor despertándole -me creo yo-, porque se le estaba haciendo tarde para una exposición.

También a ella le entusiasmó mi hallazgo. Le revelé la fuente. Hay que apurarse porque seguro cualquier artista pasa y se los lleva, le dije. O el carro de la basura por la noche, me dijo. A mí aquella observación me resultó demoledora. Castrante. Me hizo rebobinar el episodio hasta el mismísimo inicio. Me topé con dudas fantasmagóricas.

Siempre andas recogiendo porquerías Mónica.

¿Quién dijo eso? No es cierto que sean porquerías. Todo depende del alcance de la perspectiva.

Y si lo son, no me importa. No las recojo por lo que son sino por lo que podrían ser. Incluso cuando no consigo imaginar eso que podrían ser y no me mueve a recogerlas nada más que una fe desmedida en la transformación de la belleza. Me conmueven las cosas abandonadas y la confidencialidad en que preservan sus historias. También las personas, los perros, los gatos, las plantas. Pero el mundo no me cabe en los bolsillos. Hay abandonos que la fe no conjura.

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13 comentarios en “Basura

  1. Que te des cuenta de cómo en cualquier convivencia sigo siendo Tauro me tranquiliza mucho, porque me puedo ahorrar explicaciones contigo si alguna vez no te gusto como soy. Disfruta tus litros

  2. amiga, tanta sencillez y sabiduría que compartir,, por eso eres preciosa,, lástima no alcancé a ese tesoro que encontraste en los deshechos ,,pero cuento contigo 😉

  3. Caramba, leo esto tarde pero no puedo dejar de comentar, !!FANTÁSTICO!! no se si esas reliquias lácteas llegaron a ser lo que pensaste pero ya te dieron la musa de este relato. FELICIDADES.

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