El Salvador. Semana I. En espera del miedo.

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Desde una ventana del Puerto La libertad, el mar del Pacífico.

Me advirtieron que no saliera sola. A ninguna parte. Que no me confiara. Que me entretuviera con Internet. Que descargara videos y juntara bibliografía. Que trabajara siempre. Porque este no es país para conocer. Mejor quedarse quieta y a salvo. San Salvador no es San José, donde me permitía perderme y preguntar a la gente direcciones y cambiar de rumbo y montarme en cualquier guagua sin saber bien dónde bajarme. Ahí sí te matan sin preguntar, me dijeron. Quien menos tú te esperas, un niño casi, te saca un arma y te la vacía en el cuerpo. Las pandillas realizan pruebas de iniciación azarosas. No es como una guerra, pero se siente exactamente como una guerra. Una guerra sembrada hace años en las colonias donde habita la gente pobre, pero que se desborda sin reglas ni patrones ni advertencias. Una guerra caprichosa e impredecible. No entre dos ejércitos ni entre tres ni entre cuatro. Las pandillas están armadas pero no funcionan igual a un ejército. Tienen otra ética distinta a la militar. Una ética de la sobrevivencia en el sentido extremo. Son expresiones de un sistema torcido, que costará tiempo y trabajo enderezar a quienes hoy no duermen para construir un país seguro y justo. Más bonito. Donde no se impongan mansiones en las tierras más fértiles, por ejemplo. O donde se respete la inocencia de la infancia, cuidándola del trabajo y la violencia.

Sin embargo, no he sentido miedo. Ni una sola vez. Ya he visto armas de fuego bien listas, a la entrada de casi todos los negocios que se pagan carteles publicitarios grandes, a la entrada de una buena parte de residencias clase-media-altas y cuesta arriba. He sentido el miedo ajeno. Lo he olido. Ese silencio de la vigilia constante, a cualquier hora, los ojos desordenando todas las cosas, buscando el peligro. El paso rápido. La desesperación. Los cuerpos tensos, como prestos a agacharse o a correr, algunos a abrazarme, incluso a empujarme. Sin embargo, no he sentido miedo.

El país me parece hermoso. No tanto en términos geográficos como humanos. He visto a la gente y he visto su humanidad. Es toda dulzura. Puro “princesa”, “amorcito”. Hablan con una suavidad invencible. También son fuertes y hablan de sus dolores con la misma suavidad. Y una sonrisa que les achina, como si tuvieran cara de seda. No pierden la ecuanimidad. No he escuchado a la primera persona gritar. Supongo que lo hacen, pero yo no lo he visto. O que el grito se ha dispersado en la dulzura.

Es que me he acordado también de Escaramujo. Desde Escaramujo entiendo la violencia distinto. No la justifico, pero algo raro le ha ocurrido a mi miedo, que no aparece cuando me hablan de pandillas o de niños violentos. Pienso en qué suerte tendrían si contaran con un proyecto como ese. Pienso en qué suerte tenemos en Cuba también.

Igual todavía El Salvador me resulta esquivo. No he podido andarlo y yo conozco los lugares con los pies. Apenas me han dejado mirar. Me quitan los ojos de las cosas muy rápido y los oídos de las voces de los pueblos muy rápido.

He intentado sentir miedo. Casi que he pujado. Pero ha sido en vano. Los únicos instantes en que me he sentido insegura han sido dentro de un auto. Aquí “los motoristas” -léase choferes de lo que sea- conducen como si el tráfico urbano fuera parte de un videojuego, o de un programa de simulación automovilística. O peor. Casi nadie coloca intermitentes para cambiar de senda y se adelantan de pronto pronunciando la velocidad con las llantas. Eso sí me asusta. Nada más.

Dejo unas disculpas porque no he podido revisar este texto. Afuera me esperan para llevarme al centro. A lo de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. También al mercado de artesanías y adonde se siente mejor la gente.

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