El Salvador. Semana I. Puerto de La Libertad

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El puerto se fundó en la primera mitad del siglo XIX.

En el Puerto de La Libertad, a unos treinta y tantos kilómetros de San Salvador, la vida se me antojó estable. Tendrá que ver con la cultura de la pesca. Un pescador es pescador. Pescar no es un trabajo que se pierde o se conserva sino un estilo de vida que se aprende. Así como un campesino es campesino. La relación con el mar, o con la tierra, marca a las personas. Casi que las inventa, las forma. Es medio, sustento y sentido de vida. En especial sentido.

Todo pasa cerca del mar en el Puerto de La Libertad. Se come cerca del mar lo que el mar cría y los pescadores cazan. Se limpian y se venden cerca del mar los pescados, camarones, langostas, calamares, ostras, caracoles, mantas, rayas, tiburones. Se compra cerca del mar todo eso y más. Te venden sonajeros de conchas que suenan poco, collares coloridos y largos, aretes de morro con pinturas de flores y símbolos ancestrales, agua en bolsitas y frescos (jugos) en bolsitas atadas con absorventes. “A cobra, a cobra, a cobra”. “A dólar, a dólar a dólar”. En el viento siempre hay precios volando. “Pregunte niña, pregunte. Acérquese”.

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Ahí están cortando una manta.
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Nada de esto probé porque fui después de haber comido.

No dispongo de cifras exactas, pero en el comercio informal predominan las mujeres. Aquí en el muelle no cambia la distribución del trabajo. Las mujeres en su mayoría atienden a la clientela y los hombres salen a pescar o limpian los productos al final de los puestos de venta.

Algunas son muy jovencitas. Incluso niñas.

Aquel día hubo una que me pasó por delante con la cara revolcada de lágrimas. Tendría diez años a lo sumo. En la cabeza cargaba una palangana de plástico amarillo con unos plátanos fruta ya magullados. Yo estaba con los pies metidos en el mar y la vi pasar.

A esa hora no sé sabe bien qué hacer. Ante alguien que llora, cualquiera se inquieta. Algo te mueve a intentar ayudar.

Ella me miró a los ojos mientras yo la miraba tratando de averiguar si era correcto preguntarle qué le ocurría o no. ¿Hasta dónde la solidaridad sin transgredir la privacidad del dolor? ¿Hasta dónde el respeto sin reprimir la solidaridad? ¿Qué pregunta se le hace a alguien que llora?

Y en medio de mis titubeos una señora la aborda con autoridad desde la mesa donde comía, como a metro de alto de la orilla del mar. Y no la oye al principio por el canto increíblemente desafinado de una mujer que anima el restaurante, pero la niña se encarama sin soltar su palangana con plátanos y le cuenta.

“Qué te robaron! Aquí tienes, no llores más”. Y saca unas monedas de un dólar y también  las otras mujeres que le acompañan sacan monedas. Hasta un mesero se acerca y le entrega un menudo.

La niña muy diligente retribuye con sus plátanos. Se deja ayudar, pero no acepta limosnas. Tampoco es una venta. Se trata de un intercambio. Los plátanos no valen lo que le dan. Pero la niña los ofrece con cuidado y orgullo, como si fueran los más lindos de la zona.

Y yo miro aleccionada y le doy un poquito de crédito al instinto. Las lágrimas son universales. También la solidaridad.

No me gusta la posición de extranjera. No pretendo que me traten como salvadoreña, que no lo soy, pero tampoco quiero ser extranjera. Siempre me dan ganas de contar que yo vengo de Cuba, esperando que eso sea un abracadabras para que me vean distinto, con menos importancia, con más cercanía. Pero hay gente que no sabe bien qué cosa es Cuba, ni dónde queda, ni para qué sirve, y gente que no ha tenido tiempo para pensar que existen otros mundos más allá del cotidiano, que ya es bastante mundo.

Sin embargo, ahí estaba yo con mis 27 años, en rol de turista feliz, comprensiblemente entretenida en el mar que nos es tan necesario, jugando en los bordes del Pacífico a buscar piedras de distintas formas y tamaños y trozitos de conchas violetas semitornasoladas, para hacer regalitos y decoraciones. Y no supe a tiempo, que es como no saber, formular una pregunta básica que hubiera resuelto mis dilemas: ¿te puedo ayudar?

Igual cualquier pregunta hubiera servido. Siempre es preferible pecar por descortesía o indiscreción que por insensibilidad. Porque sí sentí, pero no actué, y sentimiento sin praxis para mí no cuenta. Y lo mismo con la idea.

El país poco a poco se me ha ido abriendo. No lo idealizo. Claro que hay gente mala. ¿Dónde no? Pero a pesar de que El Salvador puede registrar 34 asesinatos en un día, o 501 en un mes, y de que 2015 podría ser el año más violento desde que en 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la bondad se resiste a dejar de ejercer la compasión. Esta no es una sociedad agresiva sino atemorizada, pero que, en lo esencial, no se define por el miedo.

Las rocas que truenan.

Al Puerto de La Libertad le sobra encanto. Yo solo los atisbé, por la premura ajena que me arranca de los lugares. Ni siquiera pude caminar hasta el final del muelle y ver los barcos de pescadores a lo lejos, partir o arribar. Me demoré sacando fotografías y conversando con un hombre que vendía aretes -le compré dos pares, unos redondos con girasoles y otros cuadrados con margaritas-. Pero aparte de los aretes, un arroz con mariscos con un cangrejo encima que no me pude comer, un cartucho con variedad de piedras y caracolitos, y una botella de cerveza Suprema con un poco de arena prieta brillante dentro, lo más importante que me traje de allí, fueron las cosas que no me pude traer sino en la memoria: el sonido atronador del mar cuando se escurre con furia de las rocas pulidas y una historia diminuta muy inmerecida.

Pd: Esta semana I es en retrospectiva, pues estoy estrictamente en la semana II.

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