Cómo perder un avión y sentirse la persona más afortunada del mundo

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Con mi blusa teñida con añil, aunque no se ve la libélula.

En términos estrictos, no perdí el avión. Solo no me dejaron abordarlo por arribar al aeropuerto 20 minutos después de la hora reglamentada. Había empacado mis desórdenes desde el viernes. El bulto más grande estaba asegurado con precinta. Todos los regalos estaban en bolsitas independientes y organizadas de manera que no fueran a aplastarse, quebrarse, derramarse. Los niveles de preparación de mi retorno a La Habana eran inmejorables, casi de defensa civil en temporada de huracanes.

Pero en el último momento, una hora antes de que me recogieran, recordé que había guardado una pinza de cejas en una de las bolsitas de regalos, justo en uno de los bultos que llevaría por arriba en el vuelo, es decir, como equipaje de mano. Un amigo me explicó que si me la detectaban, que era lo más probable, me la decomisarían sin posibilidad de apelación, pues no podría guardarla en la maleta que ya había pasado para la parte de abajo del avión. ¿La barriga se llama? Y creí que solo me tomaría unos minutos encontrar la pinza y cambiarla de sitio, así que me puse manos a la obra, abrí mi bolsa plástica de un dólar comprada en tiendas de por docena, que había cerrado con un esfuerzo brutal junto a ese mismo amigo, y empecé a buscar la pinza.

Entonces se me ocurrió que como ya había abierto, mejor aprovechaba y apretujaba unas ropas que me habían quedado afuera, porque si acomodaba algunas cosas de esa bolsa reabierta en la otra maleta pequeña, que iría por abajo junto con el bulto grande, y de la otra maleta pequeña a la bolsa reabierta, podía ser mejor. Podía pesar menos, cargar menos, organizar más. No sé. Es ese impulso de que puedo hacer algo mejor sin importar cuánto presione el tiempo, porque simplemente, el tiempo desaparece de mi centro de atención.

Me acordé de Montes, mi ex jefe, amigo eterno, diciéndome “lo mejor en el menor tiempo posible”, refiriéndose a las rutinas productivas del periodismo. Pero me acordé de él casi como moraleja, después de que me dijeran que debía cambiar de boleto, porque ya no me daba tiempo de abordar. Y aunque no estaba escribiendo un texto, su consejo me hubiera sido bastante útil igual.

Claro que ahí me entraron ganas de llorar. Pensé en mi madre, en su “hija mía” emocionada que es casi un “estás viva”, en el almuerzo que seguro me tendría listo porque no hay mejor manera de volver a casa sino a través de la comida, y en su abrazo que siempre me encuentra flaca porque me alcanza los huesos. Y porque soy flaca y porque en los días antes de viajar se me quita el apetito.

Pensé en mi sobrina Penélope que ese día regresaría de la escuela directo a mi casa sin cambiarse el uniforme para ver a su tía.

Pensé en mis trabajos pendientes, en la gente con quien quiero conversar, en las entrevistas que debo coordinar, en las historias que me esperan vivas.

Pensé en las noches en FAC con Ana, incluso en las noches donde nos conformamos con estar y contemplar, mientras Lisandra y Ari andan en modo I will survive de sala en sala.

Pensé en Simone, mi jicotea, en mi planta de orégano, en mis libros sin acabar.

Pensé en los dulces caseros de El Salvador que llevaba, me preocupé porque supieran rancio cuando los fuera a compartir en el instituto.

Pensé en las velas amarillas de limón que compré para una vecina hija de Oshun, que siempre celebra el día la Virgen de la Caridad del Cobre.

Pensé en mi cama, en el mar, en los almendrones desbaratados y en esa intimidad mágica que siento con La Habana.

Pensé hasta en la visita del Papa Francisco y en las florecitas que estaban sembrando en los separadores de las avenidas principales antes de que me fuera.

Sin embargo, no lloré. Hubiera podido, pero no lloré. No ahí ni delante de la gente. En el aeropuerto mis lágrimas hubieran sonado a súplica, y por defectos de carácter, no consigo suplicar. Apenas pido favores. Apenas me dejo ayudar. Soy del tipo “yo puedo sola”, aunque bajo tratamiento. No es que me comporte como en el cuento del gato, pero si algo te enseña bien el periodismo es a identificar a quien no insistirle.

Yemayá no quería que cruzaras hoy el mar, algo le debes, me dijo una amiga cubana que se encuentra en El Salvador. Pues ayer lunes 7 de septiembre fue el día de la Virgen de Regla y ella cree, a su manera, y yo también.

Pero cuando algo se rompe o se pierde no se llora, me recordó. Y yo respondí “que en él se ensuelva”.

Para esa hora en que hablamos, ya yo había dormido y estaba en calma, como aquella tarde en la costa de 36 con Andrés y Paula, después del aguacero, que en el agua se notaba que había escampado.

Aunque a veces llorar no es llorar. A veces las lágrimas se te caen por gravedad, como si los ojos fueran tuberías rotas. No por perder un vuelo, ni por postergar una ciudad, ni por atrasar el trabajo, ni por la comida de mi madre. Así solo se llora por razones que se callan, que solo cuentas a tus incondicionales y que con los años se te escapan subliminales en algún relato no asociado cuando ya olvidaste sus nombres.

Tuve mi fase de autocrítica. De autorecriminación incluso. Admití, una vez más, que soy impuntual, lenta, perfeccionista, distraída, optimista. Casi siempre creo que me alcanza el tiempo para hacer algo más, o algo mejor, y que todo saldrá bien. Que puedo permitirme un intento de poema, o unos minutos más con un libro y un café, o una palabra extraordinaria que no es igual a una rebuscada, o cambiarme unos pantalones por otros que se me caigan menos, o sacar una pinza de un equipaje y, de paso, acomodar otras cositas. Que tengo todo bajo control.

Lo peor es que jamás me quedo dormida. Despierto -y me levanto- con tiempo suficiente. Con tanto, que confío en que me alcanza para salirme del programa. Tampoco la solución sería despertarme más tarde.

Según Montes, mi problema, y el de mucha gente en el mundo, es que no sabemos establecer prioridades y respetarlas. No obstante, su diagnóstico de mi caso es esperanzador, si consideramos mi conciencia del problema, mi edad y varias experiencias en que he logrado priorizar y concentrarme en las prioridades.

Ahora, el problema del problema es que a vivir solo se aprende de manera autodidacta. Nadie puede equivocarse por ti ni impedir que te equivoques. Equivocarse, además, es un derecho. Los errores no son crímenes, ni los crímenes meros errores.

“La vida no se mide, se vive”, me dijo desde Canadá un amigo  de Facebook con quien estuve conversando, una de esas personas inesperadas que te dicen cosas inesperadas en circunstancias inesperadas, y que con lo que te dicen vuelven lo inesperado algo significativo.

Tuve también una fase investigativa: la ventaja de que Internet sea un recurso cotidiano y no un recurso excepcional, de usarlo cuando lo necesitas y no cuando puedes sin necesitarlo.

En mi fase investigativa descubrí, aunque es extremadamente obvio, que no era la primera persona en perder un avión. O en no abordarlo a tiempo. Mi mamá ha perdido dos aviones. Una vez porque se demoró almorzando. Otra, porque se quedó dormida. La abuela de mi amiga Claudia también ha perdido aviones. Y su madre y su padre recién perdieron un autobús en una ruta interprovincial o interloquesea en España. En los dos primeros casos los viajes eran por motivos laborales. En el último, turísticos, familiares, recreativos, pero también cuenta. Todas son personas responsables. Sin embargo, la responsabilidad no te salva de equivocarte. Evita que repitas las equivocaciones.

Descubrí, además, a alguien que me hace reír con lo que escribe, por un texto que tiene que ver y no tiene que ver con lo que he venido escribiendo, y decidí compartir -un fragmento- por si a lo mejor alguien se ríe. Aquí les dejo con Jaime Rubio, escritor español nacido en 1977, “aunque aparenta 1981”, autor del blog La conspiración -que aún no he leído pero ya sigo-, y colaborador de la revista GQ, donde encontré esto:

¿Quién no ha perdido alguna vez el autobús, un tren o un avión, aparte de Malaysia Airlines? Cuando pierdo un avión, siempre me pregunto dónde fue la última vez que lo vi. La respuesta es: en el aeropuerto. El problema es que la gente los pierde todos ahí porque llegas y hay un montón. Es imposible saber cuál es el tuyo. Mi truco es escribir mi nombre en el morro para identificarlo. Luego me arrestan y paso ocho meses en Guantánamo, pero ya no he vuelto a perder ningún avión porque me han puesto en una lista negra y no puedo volar nunca más 🙂

Y siguiendo la pista del texto que motiva el texto de Jaime, que es un artículo aparecido en Wall Street Journal, terminé en BBC Mundo leyendo un refrito parcial del original, porque en Wall Street Journal hay que pagar para informarse.

De acuerdo con BBC Mundo, el artículo para mí inaccesible indaga en las causas por las que olvidamos dónde dejamos nuestras pertenencias. Pero ahora no me interesa referirlas. Lo curioso, hasta medio creepy, es una de las soluciones que ofrecen:

También resulta útil, según explica Mark McDaniel, profesor de psicología de la Universidad de Washington en Saint Louis, pensar o incluso decir en voz alta: “Estoy guardando mi billetera en el cajón del escritorio”. 

Es casi como hablar de una misma en tercera persona. Mónica se siente mal por perder el avión. Como si yo fuera la narradora extradiegética de una novela relatada en tiempo real o como si mi historia fuera un permanente work in progress. Bueno, sería otra manera de entenderla.

Así que realizando un balance, algo bueno salió,  o saqué, de todo esto. Una frase significativa inesperada. Un autor que me hace reír y su blog. (En su gravatar aparece con nariz roja de payaso!) Una táctica creepy para no olvidar donde dejo los espejuelos, el celular, el reloj. O bien para empezar a desarrollar una bonita esquizofrenia.

Pero si me siento afortunada no es por eso que saqué de la experiencia, sino por las amigas y amigos con que cuento, que me acompañaron en estos días, de cerca y de lejos. Mis incondicionales y los inesperados.

Lo que aprendí ya es otra materia. En resumen, mañana salgo a las seis de la mañana para el aeropuerto. Me pondré la blusa blanca y de azul añil con libélula pintada que me regalé aquí y prometo no abrir de nuevo el equipaje.

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2 comentarios en “Cómo perder un avión y sentirse la persona más afortunada del mundo

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