Señales de Bogotá   

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Bogotá vista desde el vuelo a Riohacha

Lo primero que vi de Colombia fue Bogotá.

Bogotá de noche. Visión un poco distorsionada. Después de salir del aeropuerto en taxi junto a un amigo. Después de comer una tarta de tiramisú y otra de moras, tomar yogurt de fresas con granola y un capuccino, mientras esperaba en un café a que ese amigo que fue conmigo en el taxi me recogiera.

Llegué hambrienta y con sueño. Dos antihistamínicos en unas tres horas de vuelo. El avión me causó alergia. Pudo ser el humo ese que sueltan por los conductos de ventilación justo antes de despegar, me dijo mi amigo.

Pudo ser.

En el café, mientras esperaba, un extraño me ofreció azúcar. Lo interpreté como una buena señal. Me encanta ver señales en cosas mínimas. Antes, en la cola para comprar los dulces, me había dicho que un dólar estadounidense era casi 3000 pesos colombianos, porque andaba sacando cuentas. Luego, frente a mí en la misma mesa, ante mi cara de “esto está muy amargo”, sacó dos sobrecitos y me los ofreció.

La bisabuela de Claudia, esa amiga de la que casi nunca hablo, decía que el café se toma dulce, porque ya para amarga la vida. Y yo no recuerdo haberla oído diciéndolo, pero Claudia la cita de vez en cuando y he terminado compartiendo esa actitud ante el café. O ante la vida.

Cada vez más me gusta el café con bastante azúcar. No sé si es porque la vida se me está haciendo amarga o yo me estoy volviendo diabética.

Hoy en la mañana, antes de viajar a Riohacha, desayuné en otra terminal del mismo aeropuerto –o en otro aeropuerto- con el amigo que me recogió anoche, y cuando fue a buscarnos café me preguntó qué quería, si expreso o americano, y yo le dije que uno con crema, y él me dijo que yo lo que quería era un dulce y no un café, y yo, medio acomplejada, le dije que me trajera un expreso, pero él, medio complaciente, regresó con un capuccino. Y fui feliz con la inconsistencia de la espuma en la boca y el olor de la canela.

No, mi amigo no olvidó recogerme. Ni siquiera se retrasó. Creí que sí al principio, que estaba tarde y que se había olvidado, pero me explicó que Colombia tenía una hora menos que Cuba.

Me gustó que no le vi venir y se sentó al lado mío y me dio un beso. Estaba entretenida con mi capuccino y Facebook: recordando que chatear con gente que se quiere puede ser algo relajante, sin saltos en el estómago, que además puede combinarse con tartas y café. (No recomiendo combinar la conexión de Etecsa con ningún tipo de alimento). Por eso me asusté cuando él se sentó al lado mío y me dio un beso. Fue ahí que llegué a Colombia.

No se llega de verdad a ningún lugar hasta que alguien de ese lugar no te recibe. No es un avión que aterriza, no son tus pies en otro suelo, no es la corrección de tus relojes. Es el recibimiento. Alguien que te espera, o bien alguien que, sin esperarte, igual te acoge.

Yo, sin embargo, prefiero respetar la diferencia horaria y no alterar mis relojes. Es una tontería pero conservando la hora de Cuba siento que no estoy tan lejos. Como si el tiempo consiguiera mantenerme en ese espacio.

Miro mejor sabiendo de dónde no soy. A qué lugar regreso. Permanezco alerta, insomne, intentando captar el lugar.

Los lugares pueden ser exactamente lo que una espera que sean. Las personas de los lugares pueden ser exactamente lo que una espera que sean. Incluso lo inesperado puede ocurrir y resolverse exactamente de la manera que una espera.

Bogotá es una ciudad con ánimo de lluvia. Y aunque anoche no estaba lloviendo, la ciudad estaba como si recién hubiera escampado, sin que acabaran las lluvias. No la sentí tan húmeda como La Habana (mi pelo es un indicador infalible de humedad ambiental), pero sentí la presencia de la lluvia. Esa melancolía.

También me costó respirar. Respirar y caminar al mismo tiempo. Respirar al mismo tiempo de cualquier cosa.

Luego de La Paz y Quito, Bogotá es la capital más alta de América del Sur. Se encuentra a más de 2500 metros sobre el nivel del mar. El Pico Turquino, que es el punto más alto de Cuba, se encuentra a unos 1970 metros sobre el nivel del mar.

La altura y la lluvia generan estados de ánimo muy compatibles.

Empecé a escribir cosas como estas: “vivir es aprender a perder. El reto es no permanecer en duelo, preservar el dolor sin habitarlo”. Escribí toda una cuartilla sobre aprender a perder durante el viaje de una hora de Bogotá a Riohacha.

Tampoco tenía mucho que decir o contar. Bogotá en menos de 24 horas no es Bogotá. Menos Colombia. Sin embargo, me dejó  con ganas de escribir. De escribir sin editar. Por el simple placer de las palabras. Ganas de jugar.

Y que tenga ganas de escribir es otra buena señal. Como si el lugar, también, me recibiera.

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2 comentarios en “Señales de Bogotá   

  1. Me,encanto tu post!
    Eso del recibimiento y la verdadera llegada a Colombia, me conmovió.
    Espero que lleves en tu mochila los mejores recuerdos de este país y su gente.

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