Cómo perder un avión y sentirse la persona más afortunada del mundo

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Con mi blusa teñida con añil, aunque no se ve la libélula.

En términos estrictos, no perdí el avión. Solo no me dejaron abordarlo por arribar al aeropuerto 20 minutos después de la hora reglamentada. Había empacado mis desórdenes desde el viernes. El bulto más grande estaba asegurado con precinta. Todos los regalos estaban en bolsitas independientes y organizadas de manera que no fueran a aplastarse, quebrarse, derramarse. Los niveles de preparación de mi retorno a La Habana eran inmejorables, casi de defensa civil en temporada de huracanes.

Pero en el último momento, una hora antes de que me recogieran, recordé que había guardado una pinza de cejas en una de las bolsitas de regalos, justo en uno de los bultos que llevaría por arriba en el vuelo, es decir, como equipaje de mano. Un amigo me explicó que si me la detectaban, que era lo más probable, me la decomisarían sin posibilidad de apelación, pues no podría guardarla en la maleta que ya había pasado para la parte de abajo del avión. ¿La barriga se llama? Y creí que solo me tomaría unos minutos encontrar la pinza y cambiarla de sitio, así que me puse manos a la obra, abrí mi bolsa plástica de un dólar comprada en tiendas de por docena, que había cerrado con un esfuerzo brutal junto a ese mismo amigo, y empecé a buscar la pinza.

Entonces se me ocurrió que como ya había abierto, mejor aprovechaba y apretujaba unas ropas que me habían quedado afuera, porque si acomodaba algunas cosas de esa bolsa reabierta en la otra maleta pequeña, que iría por abajo junto con el bulto grande, y de la otra maleta pequeña a la bolsa reabierta, podía ser mejor. Podía pesar menos, cargar menos, organizar más. No sé. Es ese impulso de que puedo hacer algo mejor sin importar cuánto presione el tiempo, porque simplemente, el tiempo desaparece de mi centro de atención.

Me acordé de Montes, mi ex jefe, amigo eterno, diciéndome “lo mejor en el menor tiempo posible”, refiriéndose a las rutinas productivas del periodismo. Pero me acordé de él casi como moraleja, después de que me dijeran que debía cambiar de boleto, porque ya no me daba tiempo de abordar. Y aunque no estaba escribiendo un texto, su consejo me hubiera sido bastante útil igual.

Claro que ahí me entraron ganas de llorar. Pensé en mi madre, en su “hija mía” emocionada que es casi un “estás viva”, en el almuerzo que seguro me tendría listo porque no hay mejor manera de volver a casa sino a través de la comida, y en su abrazo que siempre me encuentra flaca porque me alcanza los huesos. Y porque soy flaca y porque en los días antes de viajar se me quita el apetito.

Pensé en mi sobrina Penélope que ese día regresaría de la escuela directo a mi casa sin cambiarse el uniforme para ver a su tía.

Pensé en mis trabajos pendientes, en la gente con quien quiero conversar, en las entrevistas que debo coordinar, en las historias que me esperan vivas.

Pensé en las noches en FAC con Ana, incluso en las noches donde nos conformamos con estar y contemplar, mientras Lisandra y Ari andan en modo I will survive de sala en sala.

Pensé en Simone, mi jicotea, en mi planta de orégano, en mis libros sin acabar.

Pensé en los dulces caseros de El Salvador que llevaba, me preocupé porque supieran rancio cuando los fuera a compartir en el instituto.

Pensé en las velas amarillas de limón que compré para una vecina hija de Oshun, que siempre celebra el día la Virgen de la Caridad del Cobre.

Pensé en mi cama, en el mar, en los almendrones desbaratados y en esa intimidad mágica que siento con La Habana.

Pensé hasta en la visita del Papa Francisco y en las florecitas que estaban sembrando en los separadores de las avenidas principales antes de que me fuera.

Sin embargo, no lloré. Hubiera podido, pero no lloré. No ahí ni delante de la gente. En el aeropuerto mis lágrimas hubieran sonado a súplica, y por defectos de carácter, no consigo suplicar. Apenas pido favores. Apenas me dejo ayudar. Soy del tipo “yo puedo sola”, aunque bajo tratamiento. No es que me comporte como en el cuento del gato, pero si algo te enseña bien el periodismo es a identificar a quien no insistirle.

Yemayá no quería que cruzaras hoy el mar, algo le debes, me dijo una amiga cubana que se encuentra en El Salvador. Pues ayer lunes 7 de septiembre fue el día de la Virgen de Regla y ella cree, a su manera, y yo también.

Pero cuando algo se rompe o se pierde no se llora, me recordó. Y yo respondí “que en él se ensuelva”.

Para esa hora en que hablamos, ya yo había dormido y estaba en calma, como aquella tarde en la costa de 36 con Andrés y Paula, después del aguacero, que en el agua se notaba que había escampado.

Aunque a veces llorar no es llorar. A veces las lágrimas se te caen por gravedad, como si los ojos fueran tuberías rotas. No por perder un vuelo, ni por postergar una ciudad, ni por atrasar el trabajo, ni por la comida de mi madre. Así solo se llora por razones que se callan, que solo cuentas a tus incondicionales y que con los años se te escapan subliminales en algún relato no asociado cuando ya olvidaste sus nombres.

Tuve mi fase de autocrítica. De autorecriminación incluso. Admití, una vez más, que soy impuntual, lenta, perfeccionista, distraída, optimista. Casi siempre creo que me alcanza el tiempo para hacer algo más, o algo mejor, y que todo saldrá bien. Que puedo permitirme un intento de poema, o unos minutos más con un libro y un café, o una palabra extraordinaria que no es igual a una rebuscada, o cambiarme unos pantalones por otros que se me caigan menos, o sacar una pinza de un equipaje y, de paso, acomodar otras cositas. Que tengo todo bajo control.

Lo peor es que jamás me quedo dormida. Despierto -y me levanto- con tiempo suficiente. Con tanto, que confío en que me alcanza para salirme del programa. Tampoco la solución sería despertarme más tarde.

Según Montes, mi problema, y el de mucha gente en el mundo, es que no sabemos establecer prioridades y respetarlas. No obstante, su diagnóstico de mi caso es esperanzador, si consideramos mi conciencia del problema, mi edad y varias experiencias en que he logrado priorizar y concentrarme en las prioridades.

Ahora, el problema del problema es que a vivir solo se aprende de manera autodidacta. Nadie puede equivocarse por ti ni impedir que te equivoques. Equivocarse, además, es un derecho. Los errores no son crímenes, ni los crímenes meros errores.

“La vida no se mide, se vive”, me dijo desde Canadá un amigo  de Facebook con quien estuve conversando, una de esas personas inesperadas que te dicen cosas inesperadas en circunstancias inesperadas, y que con lo que te dicen vuelven lo inesperado algo significativo.

Tuve también una fase investigativa: la ventaja de que Internet sea un recurso cotidiano y no un recurso excepcional, de usarlo cuando lo necesitas y no cuando puedes sin necesitarlo.

En mi fase investigativa descubrí, aunque es extremadamente obvio, que no era la primera persona en perder un avión. O en no abordarlo a tiempo. Mi mamá ha perdido dos aviones. Una vez porque se demoró almorzando. Otra, porque se quedó dormida. La abuela de mi amiga Claudia también ha perdido aviones. Y su madre y su padre recién perdieron un autobús en una ruta interprovincial o interloquesea en España. En los dos primeros casos los viajes eran por motivos laborales. En el último, turísticos, familiares, recreativos, pero también cuenta. Todas son personas responsables. Sin embargo, la responsabilidad no te salva de equivocarte. Evita que repitas las equivocaciones.

Descubrí, además, a alguien que me hace reír con lo que escribe, por un texto que tiene que ver y no tiene que ver con lo que he venido escribiendo, y decidí compartir -un fragmento- por si a lo mejor alguien se ríe. Aquí les dejo con Jaime Rubio, escritor español nacido en 1977, “aunque aparenta 1981”, autor del blog La conspiración -que aún no he leído pero ya sigo-, y colaborador de la revista GQ, donde encontré esto:

¿Quién no ha perdido alguna vez el autobús, un tren o un avión, aparte de Malaysia Airlines? Cuando pierdo un avión, siempre me pregunto dónde fue la última vez que lo vi. La respuesta es: en el aeropuerto. El problema es que la gente los pierde todos ahí porque llegas y hay un montón. Es imposible saber cuál es el tuyo. Mi truco es escribir mi nombre en el morro para identificarlo. Luego me arrestan y paso ocho meses en Guantánamo, pero ya no he vuelto a perder ningún avión porque me han puesto en una lista negra y no puedo volar nunca más 🙂

Y siguiendo la pista del texto que motiva el texto de Jaime, que es un artículo aparecido en Wall Street Journal, terminé en BBC Mundo leyendo un refrito parcial del original, porque en Wall Street Journal hay que pagar para informarse.

De acuerdo con BBC Mundo, el artículo para mí inaccesible indaga en las causas por las que olvidamos dónde dejamos nuestras pertenencias. Pero ahora no me interesa referirlas. Lo curioso, hasta medio creepy, es una de las soluciones que ofrecen:

También resulta útil, según explica Mark McDaniel, profesor de psicología de la Universidad de Washington en Saint Louis, pensar o incluso decir en voz alta: “Estoy guardando mi billetera en el cajón del escritorio”. 

Es casi como hablar de una misma en tercera persona. Mónica se siente mal por perder el avión. Como si yo fuera la narradora extradiegética de una novela relatada en tiempo real o como si mi historia fuera un permanente work in progress. Bueno, sería otra manera de entenderla.

Así que realizando un balance, algo bueno salió,  o saqué, de todo esto. Una frase significativa inesperada. Un autor que me hace reír y su blog. (En su gravatar aparece con nariz roja de payaso!) Una táctica creepy para no olvidar donde dejo los espejuelos, el celular, el reloj. O bien para empezar a desarrollar una bonita esquizofrenia.

Pero si me siento afortunada no es por eso que saqué de la experiencia, sino por las amigas y amigos con que cuento, que me acompañaron en estos días, de cerca y de lejos. Mis incondicionales y los inesperados.

Lo que aprendí ya es otra materia. En resumen, mañana salgo a las seis de la mañana para el aeropuerto. Me pondré la blusa blanca y de azul añil con libélula pintada que me regalé aquí y prometo no abrir de nuevo el equipaje.

Salarrué (o en busca de Roque Dalton)

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No estoy segura del nombre de esta obra, pero creo que es Maya.

Cuando caí en este país, pensé que Roque Dalton iba a ser el primer escritor que me convocaría. Roque Dalton era para mí la literatura salvadoreña. En la jungla de mis fértiles ignorancias, la literatura salvadoreña era Roque Dalton. Pero para empezar, me dejé a Roque en casa. Yo quería traerlo conmigo de vuelta a sus orígenes, para que ese librito rojo editado por Casa de las Américas -tan pérfido, ingrato, pretencioso- se espiritualizara con las energías del país que fecundó esa poesía. Sinsentidos míos. No me pidan porqués. Yo quería echarme a Roque en un bolso y atravesar los 20 742 km² de El Salvador y apuntar con un poema a cualquier parte y experimentar otra lectura de mis páginas marcadas y quería que Roque me enseñara a mirar su patria amada y preguntarme si allí donde un poema jalonea quizá un rastro suyo que reclama.

Pero Roque se me quedó en casa. Me han regalado una fotocopia de una fotocopia de unos poemas suyos que inspiraron en los tiempos de la guerrilla, pero todavía no me lo devuelve. En una venta de libros encontré un ejemplar de Tabernas y otros lugares, algo caro para lo que acostumbramos a pagar por un libro en Cuba, aunque pude fisgonear un rato en actitud de compradora indecisa. Sin embargo, siento que todavía no nos hemos encontrado.

Así andaba en estas semanas, a la expectativa de “la literatura salvadoreña”, cuando una amiga santiaguera me desubica en medio del Museo de la Palabra y la Imagen, frente a una pared oceánica donde nadaban palabras aberrantes, ¿deformes?, de una desobediencia escandalosa, reacias a traducciones. Bellas, en definitiva.

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Esto es en una pared el museo. Muy caluroso, pero con archivos tremendos.

– Eso de ahí es de Salarrué.

– ¿Salarrué?

 – Salvador Salazar Arrué -me explica como si hubiera escuchado mi desconcierto-.

Salarrué… Mucho gusto señor. Discúlpeme la tardanza. Vaya obra. Sí que se esmeró desbarajustando el mundo. Prometo reivindicarme.

Y comienzo a reivindicarme en la lectura.

Descubrir a un autor que te explosiona es como descubrir un color nuevo. Yo nunca he descubierto un color nuevo, apenas combinaciones, tonalidades, pero imagino que debe sentirse similar. Esa es una de mis sensaciones favoritas. Superior incluso a despertar sin alarmas, o a comer con hambre y mucha calma. No es otro nombre. Es una soledad más compartida. Menos singular.

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Antes de irme espero conocer su casa en Los Planes, ya traeré fotos.

Salarrué, al igual que Roque, murió en 1975. (Lo cual -qué vergüenza- en el lenguaje de mi ignorancia podría traducirse como que en 1975 acaba “la literatura salvadoreña”: no he dicho nada). No lo mataron “sus compañeros” bajo la acusación de ser agente de la CIA a pocos días de cumplir cuarenta años. Salarrué  murió a los setenta y seis de un cáncer en el páncreas, viudo y galardonado por la pobreza, en su casa cuasi retiro, en el cantón Los Planes de Renderos.

“Yo soy un graduado en pobreza -advertía en un periódico desde 1935-. He pasado la prueba y tengo mi doctorado. Pocos, muy pocos estudiamos esta maravillosa ciencia que confiere tanta satisfacción y tanto desembarazo. Es cuestión vocacional, digo yo; la pobreza es una profesión muy delicada. Los hombres han dado en temer a la pobreza, desprecian a quien elige tal derrotero para simplificar su vida espiritual”.

Salarrué tampoco tuvo el tipo de “compañeros” y compañeros que Roque tuvo, ni se adentró en las turbulencias de la política. Salarrué se adentró en el pueblo de El Salvador y armó un mapa de su cultura con relatos, pinturas y poemas. Salarrué no se implicó con Cuba como Roque, pero gracias a Roque, Casa de las América publicó Cuentos, en 1968, con prólogo de Roque. Pero uno y otro, a pesar de tener destinos tan dispares, nunca antagónicos, comparten el motivo de su trascendencia: fueron siempre consecuentes con sus principios. Salarrué y Roque no son dos tipos de artistas sino un mismo tipo de hombre.

Fragmento de Carta de Roque a Salarrué

Praga, 27 de Octubre de 1967.

Estimado Salarrué:

Me dio mucha alegría recibir su amable respuesta. Inmediatamente me puse en contacto con la gente de Casa de las Américas para hacerles saber su opinión al respecto.

Por mi parte me he puesto a trabajar ya y ya seleccioné el material en lo que corresponde a Cuentos de Barro. Ahora selecciono los Cuentos de Cipotes. Le ruego me envíe, por paquete postal aéreo (supongo que costara por ahí por los tres colones) Trasmallo y La Espada y otras narraciones, que no tengo conmigo.

En la Biblioteca de la Casa de las Américas en La Habana si están pero yo no podré ir allá hasta Enero, para el Congreso Cultural. Asimismo me urge una ficha biobibliográfica suya, lo más completa posible. Y si desea mandar material nuevo, inédito, o no, hágalo por favor.

(…)

Me gusta mucho trabajar con su material: aquí el otoño comienza a mostrar sus canas y hay que encerrarse en casa. Se imaginará la nostalgia que soporto, yo que no conozco mejor concepto del paraíso que una playa guanaca donde se puedan comer ostras y curiles, camarones de río y huevos de tortuga. Estas semanas próximas tendré calor del país en el escritorio, a través de sus páginas.

(…)

Estaré contento de recibir más letras suyas. Esté Ud. seguro de mi afecto y admiración:

Roque Dalton

….

Fragmento inicial del cuento El negro, en Cuentos de barro (1933)

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El negro Nayo había llegado a la costa dende lejos. Sus veinte años, morados y murushos, reiban siempre con jacha fresca de jícama pelada. Tenía un no sé qué que agradaba, un don de dar lástima; se sentía uno como dueño de él. A ratos su piel tenía tornasombras azules, de un azulón empavonado de revólver. Blanco y sorprendido el ojo; desteñidas las palmas de las manos, como en los monos; gachero el hombro izquierdo, en gesto bonachón. El sombrero de palma dorada le servía para humillarse en saludos, más que para el sol, que no le jincaba el diente. Se reiba cascabelero, echándose la cabeza a la espalda, como alforja de regocijo, descupiéndose toduel y con gárgaras de oes enjotadas.

El negro Nayo era de porái…: de un porái dudoso, mezcla de Honduras y Berlice, Chiquimula y Blufiles de la Costelnorte. De indio tenía el pie achatado, caitudo, raizoso y sin uñas —pie de jengibre—; y un poco la color bronceada de la piel, que no alcanzaba a velar su estructura grosera, amasada con brea y no con barro.

Le habían tomado en la hacienda como tercer corralero. No podía negársele trabajo a este muchacho, de voz enternecida por su propio destino. Nada podía negársele al negro Nayo: así pidiera un tuco e dulce, como un puro o un guacal de chicha. Pero, al mismo tiempo, era —pese a su negrura— blanco de todas las burlas y jugarretas del blanquío; y más de alguna vez lo dejaron sollozante sobre las mangas, curtidas con el barro del cántaro y la grasa de los baldes. Su resentimiento era pasajero, porque la bondad le chorreaba del corazón, como el suero que escurre la bolsa de la mantequilla. Se enojaba con un “no miablés”… y terminaba al día siguiente el enojo, con una palmada en la paletiya y su consiguiente: “¡veyan qué chero, éste!”… y la tajada de sonrisa, blanca y temblona como la cuajada.

       (…)

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El Salvador. Semana I. Puerto de La Libertad

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El puerto se fundó en la primera mitad del siglo XIX.

En el Puerto de La Libertad, a unos treinta y tantos kilómetros de San Salvador, la vida se me antojó estable. Tendrá que ver con la cultura de la pesca. Un pescador es pescador. Pescar no es un trabajo que se pierde o se conserva sino un estilo de vida que se aprende. Así como un campesino es campesino. La relación con el mar, o con la tierra, marca a las personas. Casi que las inventa, las forma. Es medio, sustento y sentido de vida. En especial sentido.

Todo pasa cerca del mar en el Puerto de La Libertad. Se come cerca del mar lo que el mar cría y los pescadores cazan. Se limpian y se venden cerca del mar los pescados, camarones, langostas, calamares, ostras, caracoles, mantas, rayas, tiburones. Se compra cerca del mar todo eso y más. Te venden sonajeros de conchas que suenan poco, collares coloridos y largos, aretes de morro con pinturas de flores y símbolos ancestrales, agua en bolsitas y frescos (jugos) en bolsitas atadas con absorventes. “A cobra, a cobra, a cobra”. “A dólar, a dólar a dólar”. En el viento siempre hay precios volando. “Pregunte niña, pregunte. Acérquese”.

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Ahí están cortando una manta.
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Nada de esto probé porque fui después de haber comido.

No dispongo de cifras exactas, pero en el comercio informal predominan las mujeres. Aquí en el muelle no cambia la distribución del trabajo. Las mujeres en su mayoría atienden a la clientela y los hombres salen a pescar o limpian los productos al final de los puestos de venta.

Algunas son muy jovencitas. Incluso niñas.

Aquel día hubo una que me pasó por delante con la cara revolcada de lágrimas. Tendría diez años a lo sumo. En la cabeza cargaba una palangana de plástico amarillo con unos plátanos fruta ya magullados. Yo estaba con los pies metidos en el mar y la vi pasar.

A esa hora no sé sabe bien qué hacer. Ante alguien que llora, cualquiera se inquieta. Algo te mueve a intentar ayudar.

Ella me miró a los ojos mientras yo la miraba tratando de averiguar si era correcto preguntarle qué le ocurría o no. ¿Hasta dónde la solidaridad sin transgredir la privacidad del dolor? ¿Hasta dónde el respeto sin reprimir la solidaridad? ¿Qué pregunta se le hace a alguien que llora?

Y en medio de mis titubeos una señora la aborda con autoridad desde la mesa donde comía, como a metro de alto de la orilla del mar. Y no la oye al principio por el canto increíblemente desafinado de una mujer que anima el restaurante, pero la niña se encarama sin soltar su palangana con plátanos y le cuenta.

“Qué te robaron! Aquí tienes, no llores más”. Y saca unas monedas de un dólar y también  las otras mujeres que le acompañan sacan monedas. Hasta un mesero se acerca y le entrega un menudo.

La niña muy diligente retribuye con sus plátanos. Se deja ayudar, pero no acepta limosnas. Tampoco es una venta. Se trata de un intercambio. Los plátanos no valen lo que le dan. Pero la niña los ofrece con cuidado y orgullo, como si fueran los más lindos de la zona.

Y yo miro aleccionada y le doy un poquito de crédito al instinto. Las lágrimas son universales. También la solidaridad.

No me gusta la posición de extranjera. No pretendo que me traten como salvadoreña, que no lo soy, pero tampoco quiero ser extranjera. Siempre me dan ganas de contar que yo vengo de Cuba, esperando que eso sea un abracadabras para que me vean distinto, con menos importancia, con más cercanía. Pero hay gente que no sabe bien qué cosa es Cuba, ni dónde queda, ni para qué sirve, y gente que no ha tenido tiempo para pensar que existen otros mundos más allá del cotidiano, que ya es bastante mundo.

Sin embargo, ahí estaba yo con mis 27 años, en rol de turista feliz, comprensiblemente entretenida en el mar que nos es tan necesario, jugando en los bordes del Pacífico a buscar piedras de distintas formas y tamaños y trozitos de conchas violetas semitornasoladas, para hacer regalitos y decoraciones. Y no supe a tiempo, que es como no saber, formular una pregunta básica que hubiera resuelto mis dilemas: ¿te puedo ayudar?

Igual cualquier pregunta hubiera servido. Siempre es preferible pecar por descortesía o indiscreción que por insensibilidad. Porque sí sentí, pero no actué, y sentimiento sin praxis para mí no cuenta. Y lo mismo con la idea.

El país poco a poco se me ha ido abriendo. No lo idealizo. Claro que hay gente mala. ¿Dónde no? Pero a pesar de que El Salvador puede registrar 34 asesinatos en un día, o 501 en un mes, y de que 2015 podría ser el año más violento desde que en 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), la bondad se resiste a dejar de ejercer la compasión. Esta no es una sociedad agresiva sino atemorizada, pero que, en lo esencial, no se define por el miedo.

Las rocas que truenan.

Al Puerto de La Libertad le sobra encanto. Yo solo los atisbé, por la premura ajena que me arranca de los lugares. Ni siquiera pude caminar hasta el final del muelle y ver los barcos de pescadores a lo lejos, partir o arribar. Me demoré sacando fotografías y conversando con un hombre que vendía aretes -le compré dos pares, unos redondos con girasoles y otros cuadrados con margaritas-. Pero aparte de los aretes, un arroz con mariscos con un cangrejo encima que no me pude comer, un cartucho con variedad de piedras y caracolitos, y una botella de cerveza Suprema con un poco de arena prieta brillante dentro, lo más importante que me traje de allí, fueron las cosas que no me pude traer sino en la memoria: el sonido atronador del mar cuando se escurre con furia de las rocas pulidas y una historia diminuta muy inmerecida.

Pd: Esta semana I es en retrospectiva, pues estoy estrictamente en la semana II.

El Salvador. Semana I. En espera del miedo.

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Desde una ventana del Puerto La libertad, el mar del Pacífico.

Me advirtieron que no saliera sola. A ninguna parte. Que no me confiara. Que me entretuviera con Internet. Que descargara videos y juntara bibliografía. Que trabajara siempre. Porque este no es país para conocer. Mejor quedarse quieta y a salvo. San Salvador no es San José, donde me permitía perderme y preguntar a la gente direcciones y cambiar de rumbo y montarme en cualquier guagua sin saber bien dónde bajarme. Ahí sí te matan sin preguntar, me dijeron. Quien menos tú te esperas, un niño casi, te saca un arma y te la vacía en el cuerpo. Las pandillas realizan pruebas de iniciación azarosas. No es como una guerra, pero se siente exactamente como una guerra. Una guerra sembrada hace años en las colonias donde habita la gente pobre, pero que se desborda sin reglas ni patrones ni advertencias. Una guerra caprichosa e impredecible. No entre dos ejércitos ni entre tres ni entre cuatro. Las pandillas están armadas pero no funcionan igual a un ejército. Tienen otra ética distinta a la militar. Una ética de la sobrevivencia en el sentido extremo. Son expresiones de un sistema torcido, que costará tiempo y trabajo enderezar a quienes hoy no duermen para construir un país seguro y justo. Más bonito. Donde no se impongan mansiones en las tierras más fértiles, por ejemplo. O donde se respete la inocencia de la infancia, cuidándola del trabajo y la violencia.

Sin embargo, no he sentido miedo. Ni una sola vez. Ya he visto armas de fuego bien listas, a la entrada de casi todos los negocios que se pagan carteles publicitarios grandes, a la entrada de una buena parte de residencias clase-media-altas y cuesta arriba. He sentido el miedo ajeno. Lo he olido. Ese silencio de la vigilia constante, a cualquier hora, los ojos desordenando todas las cosas, buscando el peligro. El paso rápido. La desesperación. Los cuerpos tensos, como prestos a agacharse o a correr, algunos a abrazarme, incluso a empujarme. Sin embargo, no he sentido miedo.

El país me parece hermoso. No tanto en términos geográficos como humanos. He visto a la gente y he visto su humanidad. Es toda dulzura. Puro “princesa”, “amorcito”. Hablan con una suavidad invencible. También son fuertes y hablan de sus dolores con la misma suavidad. Y una sonrisa que les achina, como si tuvieran cara de seda. No pierden la ecuanimidad. No he escuchado a la primera persona gritar. Supongo que lo hacen, pero yo no lo he visto. O que el grito se ha dispersado en la dulzura.

Es que me he acordado también de Escaramujo. Desde Escaramujo entiendo la violencia distinto. No la justifico, pero algo raro le ha ocurrido a mi miedo, que no aparece cuando me hablan de pandillas o de niños violentos. Pienso en qué suerte tendrían si contaran con un proyecto como ese. Pienso en qué suerte tenemos en Cuba también.

Igual todavía El Salvador me resulta esquivo. No he podido andarlo y yo conozco los lugares con los pies. Apenas me han dejado mirar. Me quitan los ojos de las cosas muy rápido y los oídos de las voces de los pueblos muy rápido.

He intentado sentir miedo. Casi que he pujado. Pero ha sido en vano. Los únicos instantes en que me he sentido insegura han sido dentro de un auto. Aquí “los motoristas” -léase choferes de lo que sea- conducen como si el tráfico urbano fuera parte de un videojuego, o de un programa de simulación automovilística. O peor. Casi nadie coloca intermitentes para cambiar de senda y se adelantan de pronto pronunciando la velocidad con las llantas. Eso sí me asusta. Nada más.

Dejo unas disculpas porque no he podido revisar este texto. Afuera me esperan para llevarme al centro. A lo de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. También al mercado de artesanías y adonde se siente mejor la gente.

Basura

Flower party
Flower party

Hay gente que no sabe lo que arroja a la basura. La semana antepasada, en la esquina de Línea y J, encontré varias cajas de madera atiborradas con litros de leche. Vacíos, claro. De esos que venían antes con su chapita metálica encima, que traían leche de verdad y costaban –según mi madre- 20 centavos por la libreta de abastecimiento y un peso por la libre. En ese entonces me faltaba edad para entender de precios, pero recuerdo los litros de leche tan bien como los trozos de caramelo duro azucarado, la gelatina de naranja, las africanas, los huevitos de colores o los cakes de chocolate del día de las madres. Son componentes cruciales en la arquitectura de recuerdos que sostiene mi infancia. ¿Cómo iba a ignorar aquellas reliquias patrimoniales de la cultura alimentaria cubana, muy injustamente abandonadas junto a un basurero en el centro del Vedado?

La ubicación marginal de los envases despistaba de su valor. Casi nadie cree posible descubrir perlas en cochiqueras. La lógica indica que el lugar donde se coloca cada cosa es expresión del valor de la cosa. Y a veces también motivo de desgracia para el lugar. La humanidad mantiene la extraña costumbre de restringir el acceso a lo que considere valioso, aunque sea algo inútil, como un lingote de oro. Algo de esto se habla en economía política. Pero las teorizaciones, con sus millones de páginas publicadas, no han servido para comprender determinados comportamientos de las sociedades modernas. Menos para convencer de su racionalidad.

El problema es detectable con una simple consulta a Wikipedia. Dice la enciclopedia libre que “la basura es todo material, residuo o producto no deseado considerado como desecho y que se necesita eliminar porque carece de valor económico”. En otras palabras, basura significa mercancía muerta. Basura es lo que deja de ser comercializable porque nadie te va a dar dinero por ello. Incluso, en algunos países, debes pagar por producirla –lo cual, atendiendo al contexto, resulta un método de regulación inteligente-. Basura, en síntesis, es lo que el mercado impone y no necesariamente lo que deja de ser útil, pues también el concepto de utilidad se encuentra un poco bastante distorsionado por la publicidad y las industrias culturales.

Confieso que a mí me daba pena recoger aquellos litros de leche, que parecían accesorios funerarios exhumados de una tumba noventera. Su hediondez era impecable. Las piezas desprendían una mezcla de aromas indefinibles, donde la toxicidad de algún veneno desafiaba la perdurable esencia encartuchada del rastro de cucaracha. Finos tejidos de arañas alternaban con incrustaciones sobre vidrio de cigotos de cucarachas y eses fecales de salamandras o ratones, que son materiales de consistencia y figura similares, y un revestimiento minimalista a base de polvo gris funcionaba como el acento de originalidad que se extraña en el arte postmoderno. Oh… ¡Dios mío! ¿Se habrá tratado de una escultura urbana de la Bienal de La Habana que mi intelecto poco adiestrado en trasgresiones no supo identificar?

Había dos mujeres sentadas en un muro. Observándome sin la menor discreción. Examinándome de zapatos a peinado. Intentando adivinar qué yo haría. Bueno, en realidad las mujeres estaban hablando antes de que yo apareciera, pero como yo pasé cuando estaban hablando y me detuve frente a la basura con el disimulado entusiasmo con que me detendría –pero mucho menos tiempo- frente a un billete de 100 cucs para recogerlos del suelo como si recién se me hubieran caído y dar brincos de alegría en mi cabeza y preguntarme si es falso o verdadero pero sin atreverme a colocarlos a trasluz hasta llegar a un sitio seguro donde celebrar o sufrir el resultado, es decir, como me detuve, me detuvo la basura, es natural que me convirtiera en objeto de observación.

Yo los quería –no los 100 cucs, aunque también, sino los litros-. Estaba segura de que los quería. Los había transparentes, en ámbar y en verde. Empecé a pensar en corchos, siemprevivas, caracoles, cuentas de collares rotos. En tantas cosas que podría colocarles dentro. Lo lindo que se vería uno en la repisa que no tengo en el hall, al lado de los cientos de libros que ahora se me enmohecen en un clóset. Y hasta para servir un jugo o limonada a mis visitas. Las jarras de vidrio están tan caras en las tiendas y nunca he comprado una pero ya temo olvidarla en el congelador y que se me rompa, o que fregándola se me resbale de las manos como tantas cosas se me resbalan de mis manos escuálidas y pretenciosas. Si los lavaba bien, utilizando detergente espumoso y cloro y desengrasante, y luego los hervía y los volvía a hervir, quedarían relucientes. Hasta podría acompañar la limonada a mis visitas con la historia fabulosa de mis recipientes (antisistémicos, alternativos, iconoclastas) y presumir de mi sensibilidad ecológica. Sí, sí, sí. Yo quería aquellos formidables, hermosos y elegantes focos de infección.

Enseguida recordé a Lauren Singer, la joven neoyorkina que vive sin generar basura desde hace unos tres años. Una archienemiga del plástico graduada de Estudios Ambientales, que un día se miró frente al refrigerador y quedó horrorizada por su reflejo contradictorio en los múltiples productos con envases desechables que almacenaba y comenzó a comprar sus alimentos a granel en los mercados, a preparar en casa sus productos de higiene y limpieza con ingredientes naturales y a socializar experiencias y recetas para fabricar detergente o pasta dental en su blog Trash is for Tossers. No habrá resuelto la paz mundial -¿quién lo ha hecho?-, pero sí es un testimonio de vida diferente. Una inspiración.

Esta es Laura Singer

Y aunque yo no soy Lauren Singer, ni La Habana es Nueva York, ni el reciclaje de litros de leche implica una proeza, superé pronto los complejos que frenaban mis deseos. Me dije: Mónica, no hay por qué avergonzarse. Recoger basura no te va a demeritar porque en principio no es una actividad demeritoria. No escuches los prejuicios sociales. Olvídate de las mujeres sentadas en el muro. Si estuvieras robando si deberías sentir vergüenza, pero estás contribuyendo a la campaña contra el Aedes aegypti eliminando potenciales criaderos, a la higiene de tu ciudad y a salvar el planeta del consumismo contaminante. ¡El poder es tuyo! Mantén en tu mente las siemprevivas, los corchos, los caracoles, las cuentas de collares rotos, la limonada a tus visitas, la historia fabulosa, el precio de las jarras de vidrio en las tiendas, tus manos escuálidas y pretenciosas.

Banda Sonora: Man! I Feel Like a Woman, by Shania Twain.

Extraje del bolso mi jaba de nylon “mujer precavida vale por dos”, una hoja de papel (usada) que me sirvió de guante en mi labor de reciclaje, avancé con timidez de neófita en el asunto, de falta de costumbre –prejuicios ON-, y comencé a escoger y a guardar los litros de leche que me cupieron en la jaba. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. De diferentes tonalidades, para combinar con el color del jugo y con los otros adornos de la repisa. Y siete: en la otra mano me puede llevar otro.

Si hubiera tenido uno de esos carritos con ruedas para cargar mandados que sacaron en las tiendas, ahí si iba a aprovechar para hacer regalos a mis amigas y amigos con quienes comparto la pasión por reciclar. O el estilo de vida, más bien. Y pensar que todavía nos quejamos del salario. No acabamos de entender que con los salarios nuestros no se busca incentivar el trabajo sino la imaginación. Cuba es una eterna Bienal.

Oh, oh, oh, go totally crazy – forget I’m a lady
Men’s shirts – short skirts
Oh, oh, oh, really go wild – yeah, doin’ it in style
Oh, oh, oh, get in the action – feel the attraction
Color my hair – do what I dare
Oh, oh, oh, I wanna be free – yeah, to feel the way I feel
Man! I feel like a woman!

Una vez complacida continué mi camino al trabajo como si me hubiera acabado de bajar de una montaña rusa. Avanzaba con dificultad. Los litros chocaban lindo y hasta valoré hacer un sonajero. Rayos de sol. Juegos de luces en mi sala. Yo sudaba como corresponde al mediodía. Alucinaba casi. Deja que le cuente a Lisandra. A Anabel. A Alejandro. A Jarlis. Deja que en el trabajo vean lo que encontré y les cuente todo lo que pretendo hacer. Por suerte quedaban más. Todo el mundo va a ir corriendo a recoger litros de leche.

La adrenalina me energizaba. Mi cabeza ejercitaba la ubicuidad. Atrás habían quedado las mujeres observándome. Ellas seguro también agarrarían algunos si supieran la cantidad de maravillas que se pueden hacer. Qué lástima dejar las cajas. Esas cajas se lijan bien y se construyen unos estantes preciosos. Como libreros no tienen precio. Yo encontré en Internet unos diseños que me encantaron. Abajo se les pueden poner unos pie-de-amigo de hierro con volutas que logran un contraste entre lo rústico y lo sofisticado que es para morirse. Pero no sé cuánto me cobrará un herrero por hacerme esos pie-de-amigo. En las ferreterías no hay de ningún tipo. Mira que llevo meses buscando.

Oh, oh, oh, go totally crazy – forget I’m a lady
Men’s shirts – short skirts
Oh, oh, oh, really go wild – yeah, doin’ it in style
Oh, oh, oh, get in the action – feel the attraction
Color my hair – do what I dare
Oh, oh, oh, I wanna be free – yeah, to feel the way I feel
Man! I feel like a woman!

Sin embargo, en el trabajo mis reliquias no causaron la sensación que esperaba. Yohanka sí se antojó de una, que le obsequié con esa alegría rara y fervorosa de quien reparte agua a gente sedienta olvidándose de su propia sed. Le di una transparente. Ella, acuariana legítima, también es de las que recopila tesoros camuflados de basura. Gina es distinta. Es tauro. Convive con todo el zodiaco y habla el lenguaje de todos sus signos pero se mantiene tauro. Ella me dijo que creía conservar en su casa dos más, que si los encontraba me los iba a traer. Con lo cual, me podría permitir regalar un tercero a Anabel: piscis de aletas alegres.

El segundo lo regalé a Lisandra. Otra tauro. Porque en su guarida, monumento público del reciclaje creativo, que tiene la (des)dicha de hacer camino a cualquier destino, tuve que guardar ese día los seis litros de leche para poder ir a un concierto sin tener que desviarme antes a mi casa. No podía continuar cargándolos. Se me hubieran quebrado. Además, sabía que Lisandra se antojaría de otro y eso me causaba una emoción inexplicable. Casi reviento su puerta o amorato mis dedos tocándole. No recuerdo si le grité. Seguro dormía. Insistí. Insistí. Insistí. Hasta que me abrió. ¿Dormías? Dormía. ¿A esta ahora? Me puso cara de ogra. Pero no me asusté. Lisandra es pésima enojándose. No dura nada. Enseguida cualquier tontería le afloja la risa. Es una contenta incorregible. Igual le hice un favor despertándole -me creo yo-, porque se le estaba haciendo tarde para una exposición.

También a ella le entusiasmó mi hallazgo. Le revelé la fuente. Hay que apurarse porque seguro cualquier artista pasa y se los lleva, le dije. O el carro de la basura por la noche, me dijo. A mí aquella observación me resultó demoledora. Castrante. Me hizo rebobinar el episodio hasta el mismísimo inicio. Me topé con dudas fantasmagóricas.

Siempre andas recogiendo porquerías Mónica.

¿Quién dijo eso? No es cierto que sean porquerías. Todo depende del alcance de la perspectiva.

Y si lo son, no me importa. No las recojo por lo que son sino por lo que podrían ser. Incluso cuando no consigo imaginar eso que podrían ser y no me mueve a recogerlas nada más que una fe desmedida en la transformación de la belleza. Me conmueven las cosas abandonadas y la confidencialidad en que preservan sus historias. También las personas, los perros, los gatos, las plantas. Pero el mundo no me cabe en los bolsillos. Hay abandonos que la fe no conjura.

Luciérnagas cortazarianas

Luciernagas

Para Leydi Botellas al mar, porque es fiel a su rareza.

Llevo un mes estrenando mis mañanas con Cortázar. Gracias a uno de esos amigos pospuestos por falta de circunstancias, que me obsequió la edición afortunada que armó Casa de las Américas de/sobre Julio Cortázar, en un evento muy solemne en el que coincidimos, pero que propició la circunstancia de un libro desparpajado y una dedicatoria subversiva.

La compilación contiene cartas, muchas cartas, abrazos, confidencias, viajes, conspiraciones literarias, complicidades con Retamar, maullidos, turbulencias, asombros con Paradiso, relatos, ensayos, discrepancias, arenas movedizas, lealtades, lecciones escriturales, amores, metamorfosis, trampas, borbotones de magia. Me recuerda una casa colonial de extremidades largas y habitaciones como intervalos de tiempo, en la que corretea un viento tumbando las cosas de su sitio oficial. Y hay que agarrarse a los hilos del viento, bien suave para no deshilacharlo en brisas, si se quiere efectuar una lectura con el método ecocardiograma, en vez de emplear el convencional método arqueológico.

El viento, en ocasiones, por pura maldad se atorbellina y te revuelca por las páginas, hasta que no sabes en cuáles has estado y en cuáles no, porque hacia delante se empata con hacia atrás, y se tornan una rueda inexorable que te encierra dentro. Ahí te acuerdas de que existe el índice: acta de disfunción del libro. Ese engendro luciferino que es como las descripciones desamuebladas que aparecen en los documentos de propiedad de las casas, que provocan una sensación de desahucio tremenda porque cuesta identificar ese papelucho con tu hogar, aunque te asegura en casos de confusión.

El índice me conduce entonces a cruzar la frontera del de al sobre. Comienza Roque Dalton con una reseña de Historias de Cronopios y de Famas, que resuelve con palabras cronometradas, en ese tono suyo tan escalofriante de quien se apura a confrontar la muerte sin restar un minuto a lo esencial de la vida. Continúa Eliseo Diego, justo, sabio, entrañable, hablándonos de Todos los fuegos el fuego, de la narrativa y lo fantástico. El siguiente es José Lezama Lima, ser milenario, epítome de universo, que me alza en sus brazos convirtiéndome en una criatura diminuta para que pueda sentarme un rato con él y mecernos juntos en su sillón volador.

La escritura de Lezama oscila de una realidad a otra. El mundo y la historia del mundo son apenas un patiecito interior que conoce milimétricamente. Su lenguaje es ese aliento prolongado entre los extremos que él mismo define en condición de péndulo.

En esta escala, como se nota, es natural olvidarse de todo y sobrecogerse.

Detengo la lectura y me pongo a elucubrar sobre por qué no consigo terminar el Ulises de James Joyce. En cada intento de leerlo, la novela se me hace más interminable. Hay momentos en que consigo deslizarme feliz y desprevenida por sus páginas, pero entonces no entiendo qué ocurre, que le empiezan a crecer unas espinas negrísimas y unas púas de alambre electrificadas, y ya no puedo avanzar un paso más. Entonces me aparto del libro y lo coloco en un lugar ostensible desde donde me atormente, como el siniestro “ojo de buitre” de una víctima de Poe, o peor, como el corazón tenaz que te convierte en delator de tu propio crimen.

Ulises es mi Everest. Solo que no se escala hacia arriba sino hacia dentro. Nada valdría leerlo como si me tomara un purgante. Para leer de verdad un libro es indispensable la comunión con la obra y su autor. De lo contrario, demeritaría la experiencia vital de la lectura a una mera cuestión de formación literaria.

Prefiero la literatura como jungla indómita, en la que todos los autores de todas las épocas conviven inmortales, sin la castidad de las clasificaciones, ni las incandescencias de los premios; es decir, libres de cualquier tipo de cachivache. De toda dictadura. No se puede andar por los libros con ese apetito grosero de hipertextualidades, para luego arrojarlas como eructos en la escritura y, por consiguiente, en la cara de sus posibles lectores. La literatura se asimila en intimidad. No se mastica con la boca abierta. Resurge de ti porque quiere, sin espavientos ni chirridos, cuando hay palabras, temas, situaciones, que la invocan. Las referencias para ser armónicas necesitan nacer por parto natural. El resto es alarde de urraca que descubre un pasador de brillantes.

A Joyce, evidentemente, aún no consigo asimilarlo. Quizás no es su hora. Presiento que requiero armarme con otras lecturas para decodificar su acceso. Aunque en cada intento siempre me inquieta la pregunta de si no será Ulises un enigma invencible, y seguido, me imagino a su autor riéndose a carcajadas de sus lectores y sus interpretaciones. Porque es imposible no sentir, al menos una vez, que Joyce se burla despiadadamente de ti. He leído ensayos formidables sobre el Ulises, impresiones de escritores, reseñas, prólogos, pero nada me ofrece las claves necesarias para lograr mantener la comunión con el espíritu de la obra en las más de 900 páginas que tiene la edición –que me prestaron- del Instituto Cubano del Libro.

Hace como un año leí un ensayo del escritor y crítico español Eduardo Lago, que se titula El íncubo de lo imposible, que logró esperanzarme con el libro. Pensé que finalmente esas luces fecundarían mi imaginación y conseguiría recorrer el Ulises. Pero nada. Era como si la novela que yo leía, excepto por sus nombres, fuera otra muy distinta a la que analizaba el ensayo. Y ocurrió lo mismo de siempre, empezó a comprimirse en una oscuridad perfecta, hasta quedar yo frente a montones de letras muertas, como los escombros de un coloso que aún no alcanzo a ver del todo.

El mismísimo Joyce en una carta dirigida a la editora Harriet Weaver –citada por Lago en su estudio-, revela:

“Hace varios años que no leo nada de literatura. Tengo la cabeza llena de guijarros, desperdicios, cerillas rotas y esquirlas de vidrio… Me he impuesto el reto técnico de escribir un libro desde dieciocho puntos de vista diferentes, cada uno con su propio estilo, todos aparentemente desconocidos o aún sin descubrir por mis colegas de oficio. Eso, y la naturaleza de la leyenda que he escogido, bastarían para hacerle perder el equilibrio mental a cualquiera”.

 Y no hacía falta que lo dijera. Desde la primera lectura, en un arranque de comprensión efímero, apunté al final del libro –con lápiz-: “Para leer Ulises tienes que desatar los cordones de la razón o tienes que saber correr con los cordones desatados sin caerte”. Pero sigo cayendo y cuando caigo, casi por reflejo, me ato los cordones.

 Un amigo muy querido que estudió Literatura, al confesarle mi incapacidad, me aconsejó ir directo al monólogo interior de Molly Bloom, algo así como ir al capítulo VIII de Paradiso. Y casi acepto su consejo. Más por curiosidad, que por pereza. Sin embargo, eso equivaldría a ir a la cima del Everest en helicóptero. Y no me gustan los atajos. Los helicópteros sí, aunque nunca he montado en uno. Me dan la sensación, los atajos, de que me pierdo algo. Porque distorsionan las genuinas dimensiones del final. Detesto cuando el tiempo se convierte en un mecanismo de presión que violenta los ritmos de cada vida porque no distingue su singularidad.

Por suerte, a un libro nunca se llega tarde, ni temprano. Porque en la literatura no existe ese demonio de la puntualidad. Las obras cambian con cada lectura. El Principito debería leerse todos los años, porque en primer lugar no debería existir la categoría literatura infantil. Y la poesía muta más todavía. Las academias deberían organizar sus programas atendiendo al entrenamiento de sensibilidades, más que a razones cronológicas que faciliten la memorización de los títulos. Lo que conmociona no se olvida. Claro, las conmociones no las puedes evaluar con una escala de números.

Retorno a la lectura de Lezama. A la lujuria infinita de su imaginación. Escribe sobre Cortázar ubicándolo en el contexto complejo de la humanidad. Nunca aparta ni distancia. Integra, relaciona, fertiliza, refunda. Es un rizoma. (Para no quedarme atrás en la moda de “lo rizomático”). Pero no me extrañaría que en un futuro los rizomas empezaran a describirse como lezamianos. O en vez de decir enfoque holístico, digamos enfoque lezamiano.

Pero yo lo único que quería era compartir unas ideas y fragmentos de/sobre lo que estaba leyendo. No preví que Cortázar y Lezama me remitieran a Joyce, ni que los tres juntos me sabotearan la lógica del texto. De todas formas, no me mortificaré por el desbarajuste de las ideas y adjuntaré los fragmentos. Advierto, no pretendo con ello desmenuzar el libro, sino liberar frases como luciérnagas que den ganas de seguir hasta los umbrales del universo de Cortázar. Porque una vez allí, con suma humildad, las luciérnagas se disipan en una permanente lluvia de estrellas.

De Cortázar

  • “En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores”. P. 21.
  • “Gracias por haberle mostrado a Lezama cuánto me acuerdo siempre de él y lo mucho que lo admiro. Hace tiempo que quiero escribirle, pero me intimida un poco; vuelvo a acordarme de la noche en que cené con él y lo escuché decir cosas maravillosas, como un lento volcán de palabras. Sí, él es uno de los que me hacen tener confianza en nuestras tierras, en lo que habrá de ser finalmente esa América misteriosa”. P. 34.
  • “Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. Probablemente Ícaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónimo, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada”. P. 50.
  • “Nietszche, que era un cronopio como pocos, dijo que solo los imbéciles no se contradicen tres veces al día. No hablaba de las falsas contradicciones que apenas se rasca un poco son hipocresía deliberada (el señor que da limosna en la calle y explota a cincuenta obreros en su fábrica de paraguas), sino de esa disponibilidad para latir con los cuatro corazones del pulpo cósmico que van cada uno por su lado y cada uno tiene su razón y mueve la sangre y sostiene el universo, ese camaleonismo que todo lector rehúsa el coleóptero”. P. 55.
  • “Un niño lustrabotas en la India es una sonrisa traviesa, una voz que suplica riendo, toda la miseria del mundo en unos huesos como palitos y unos ojos de inevitable mansedumbre”. P. 109.
  • “Hablar con Roque era como vivir más intensamente, como vivir por dos”. P.137.
  • “Las inauguraciones, no sé bien por qué, tienen siempre un aire grave, una solemnidad que nunca me ha gustado. Después de todo, inaugurar algo es sacarlo de la nada para lanzarlo a la vida, y sería bueno recordar que los pediatras modernos nos han enseñado que el alumbramiento tradicional no tiene nada de bueno, y que es injusto recibir a un bebé con una ceremonia que empieza en forma de paliza para que el bebé se ponga a llorar y llene así de aire sus pulmones”. P. 191.
  • “Las historias literarias de corte académico resumen ese museo glacial que de tanto en tanto un terrorista hace saltar por el aire; pero como todo esto es una metáfora, hay que completarla con la descripción de lo que ocurre cuando se disipan los vapores de la bomba Cervantes, de la bomba Byron, de la bomba Baudelaire, de la bomba Vallejo, de la bomba Joyce: las estatuas violentamente proyectadas en todas direcciones vuelven a caer en un orden diferente, y los nuevos visitantes del museo de la literatura descubren que una cantidad de monstruos sagrados han ido a parar al sótano mientras que muchos de los “malditos”, de los relegados por la vara del dómine de turno, se alzan ahora en pleno corazón del museo y abren en sus galerías una perspectiva por completo diferente”. P. 257.